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poesía y poder

La concesión del Premio Juan Rulfo al escritor cubano Cintio Vitier hace justicia a 65 años de entrega a la literatura y la historia, desde una idea poética del mundo, que hoy nos parece más la herencia apagada del siglo XIX que alguna posibilidad de escritura para el siglo XXI. Julio Ortega, presidente del jurado, ha dicho que Vitier es "el último escritor que cree en la poesía como un camino esencial de perfección y que, como Mallarmé, a quien tradujo, cree que los poetas pueden devolverle a su tribu un lenguaje más cierto".1 De modo que este premio, además de un acto de justicia, es un ritual de nostalgia, en el que asistimos al ungimiento de una criatura en extinción: el Poeta, en tanto Príncipe del Parnaso, Monarca Secreto de la Ciudad, que atisba las encarnaciones de la Metáfora en la Historia y reclama una educación lírica para que el ciudadano vislumbre al fin la Imagen de la República. Quien conozca la elocuencia de Vitier sabrá por qué estas mayúsculas no son meros artilugios de la prosa.
     El mejor crítico y biógrafo de Vitier ha sido el propio Cintio. En la estela de sus autointelecciones se ubican las lecturas de sus discípulos cubanos más jóvenes: Emilio de Armas, Enrique Saínz, Jorge Luis Arcos, Enrique Ubieta.2 Esta múltiple condición, de poeta, narrador, ensayista y crítico crea vasos comunicantes entre los géneros de su escritura, pero también propicia una ambigüedad, un espejismo de valoraciones, en el que la crítica y la historia se vuelven vías de afirmación de un discurso poético o histórico e, incluso, de una ideología. Esto último es perceptible, sobre todo, en las lecturas que Vitier ha realizado de sus dos genios tutelares: José Martí y José Lezama Lima. El Martí y el Lezama de Vitier son rígidos emblemas de una concepción poética de la historia de Cuba que no tolera refutaciones, ni siquiera, en el propio terreno de la poesía.
     En Experiencia de la poesía (1944), Vitier evocó su iniciación lírica bajo la sombra de Juan Ramón Jiménez. Sus dos primeros cuadernos, Poemas (1937-1938) y Sedienta cita (1943), fueron escritos en plena invocación del autor de Lírica de una Atlántida, quien ofrecía a su joven discípulo cubano "aquella ternura natural por lo mínimo armonioso y sugerente de una nostalgia absoluta convertida en método y forma insensibles".3 Fue a partir de Extrañeza de estar (1944) y De mi provincia (1945) como la lectura de dos poetas hispanoamericanos, César Vallejo y José Lezama Lima, hizo a Vitier abandonar esa "distancia óptica, que le aseguraba un reposo y una libertad encubridores de su rigidez última".4 En el primero encontró la carnalidad de una imaginación cristiana, el "hombre poético que pulsa los nervios del pecado"; en el segundo descubrió la noción del poema como marea o espiral ascendente de metáforas, que "sube propagándose y a veces girando mediante un proceso activísimo de saturación".5
     Así, con sólo veintitrés años, Cintio Vitier se hizo de una mínima poética. Entre 1944 y 1952, Vitier escribió la que es, para mi gusto, su mejor poesía: Extrañeza de estar (1944), De mi provincia (1945), Capricho y homenaje (1946), El hogar y el olvido (1946-49) y, sobre todo, Sustancia (1950) y Conjeturas (1951), dos cuadernos formidables, que deslumbraron a Octavio Paz, atravesados por el extrañamiento y la duda, en los que el poeta narraba la batalla espiritual que se libraba en su interior: la guerra íntima entre la sustancia y el imposible, "la batalla honda y angustiosa / entre lo izquierdo y lo derecho... / entre los infiernos suaves y los atroces paraísos / y las acciones rápidas como rayos / o lentísimas como descomunales nubes / que se disputan el tesoro".6
     Toda esta poesía se miraba en el espejo intelectual del primer fragmento de la Poética de Vitier, titulado Mnemósyne y escrito entre 1945 y 1947. Aquí el poeta entendía la reminiscencia no sólo como una vía de conocimiento, a la manera de Platón, sino como una función poética que dotaba de sentido al tedio de los "hechos sucesivos" y llenaba de presencias espirituales el vacío de la Historia.7 Al esgrimir la Memoria como una entidad correctora del Tiempo, Vitier no pensaba únicamente en el devenir universal, sino en la trama nacional que se escenificaba ante sus ojos: la República cubana, precipitada hacia su segunda frustración, es decir, hacia el desencanto que sucedió a la Constitución de 1940 y, sobre todo, a la elección presidencial de Ramón Grau San Martín en 1944. La revista Orígenes, fundada por José Lezama Lima ese mismo año, ofrecería algunos de los más elocuentes testimonios de la segunda frustración republicana. El reverso lírico de aquella poética de la evocación, concebida por Vitier, fue, justamente, el poema "Memoria", del cuaderno "El Hogar y el olvido" (1946-49):
¡Memoria siempre de una venturanza,
     dichosa calidad de lo vivido,
     en desesperación o en esperanza!
     Más que ser y soñar es haber sido,
     y mayor que el dolor de la añoranza
     es el bien a que alude lo perdido:
     su voz de oscura bienaventuranza.
     ¡Oh festejo anhelante y dividido
     por cada espuma que el azar sellado
     en la costa ilumina de mi ausencia!
     ¡Oh deslumbrada luz de lo olvidado,
     mirar la noche hasta la transparencia
     del tiempo amante y el espacio amado:
     tierra de frenesí; cielo de esencia!8
En algunos de sus textos autobiográficos —El violín (1968), De Peña Pobre (1978), las Conversaciones con Arcadio Díaz Quiñones (1979-1980)— Cintio Vitier ha contado que entre 1952 y 1953 sintió la urgencia de convertirse a la religión católica. En unos apuntes de 1983, titulados Hacia De Peña Pobre, dirá: "Ya a principios de 1953, sabía o presentía, por algunas señales, que se cerraba para mí un ciclo y que todo lo anterior adquiría una calidad de vísperas."9 Esta conversión al catolicismo, en plena adultez, logró importantes reflejos en su poesía. Uno de los primeros fue el poema "Palabras del Hijo Pródigo", en el que describe la comunión con Cristo como un acto de reconocimiento en los otros hombres y de aceptación de la voz del Señor como un canto de alegría.10 Sin embargo, la nueva religiosidad será asumida plenamente en el cuaderno que sigue, Canto llano (1953-1955). Allí, en una virtual transcripción del Himno al Cuerpo de Cristo de Santo Tomás de Aquino, Vitier le asignará a la poesía la tarea de cantar los misterios de la creación: "Canta, lengua, la alabanza / de los gloriosos misterios / y la vida como un rayo / desde el polvo hasta lo eterno... / Canta, lengua, con la voz / que en ti se está deshaciendo, / como la lluvia en la grama / y la nieve sobre el heno."11
     Toda conversión, dice William James en las lecciones novena y décima de The Varieties of Religious Experience, se verifica sobre un estado psicológico de culpabilidad que impulsa al sujeto a una regeneración espiritual.12 La conversión, como se manifiesta en los célebres casos de San Pablo y San Agustín, es un renacimiento de la criatura dentro de la hermandad cristiana. Pero, ¿cuáles eran los pecados contra los que reaccionaba la culpa de Vitier? A juzgar por un hermoso pasaje de su novela de memorias De Peña Pobre, aquellos pecados no eran más que los síntomas de una melancolía en la modernidad, de un malestar en la cultura profana o, más bien, de una desorientación en la Historia, similar a la que por aquellos años sintieron Sartre, Camus o el Cioran de Silogismos de la amargura (1952), especialmente, el de "Vértigo de la historia" y "En las raíces del vacío".13 Una melancolía, estudiada recientemente por Dany-Robert Dufour, que aquejó a la primera generación de la Segunda Postguerra, la cual debió asimilar espiritualmente, desde referencias decimonónicas, el auge de la sociedad hipermoderna, regida por la tecnología y el mercado:14
Y ahora la voz que había empezado a sospechar, a distinguir, a reconocer, desde la confusa adolescencia, la voz silenciosa, paciente... Y esa voz se lo reprochaba todo, todo lo que había hecho con su vida, que ya iba mediando su camino, como una dilapidación monstruosa, y especialmente la amarga, solitaria, clandestina escritura, que sólo le dejaba un hambre huraña e insaciable. Y esa voz le exigía un acto, ni una palabra más, ni una lectura más, ni un pensamiento más: un acto que era, rigurosamente un salto al vacío. Vaciarse del vacío, de la inmundicia del vacío, de la cobardía y traición del vacío, limpiar los establos del alma, echar a patadas los grotescos, sutiles, ridículos demonios, desafiar la opinión, matar el amor propio, morir, exactamente eso, morir y volver a nacer.15
Algún día habrá que medir la cuantiosa deuda de Cintio Vitier con la literatura católica francesa de entreguerras y, en especial, con dos escritores conversos: Jacques Rivière y Paul Claudel. Un par de libros del primero, A la trace de Dieu (1925) y Rimbaud (1930), fueron, al parecer, decisivos para ese arraigo juvenil de una doble visión de la poesía: como testimonio de fe y como crítica de la palabra. Claudel, por su parte, fue siempre una presencia cercana a Orígenes, en cuyo número 38, de 1955, apareció su pieza teatral El Canje, traducida y presentada por Vitier, quien, cuatro años antes, le había dedicado a su maestro francés la apasionada crítica "Contorno del teatro de Claudel" (1951).16 No es difícil advertir cómo algunos giros del tono regañón y mojigato de Claudel, en su Correspondencia con André Gide (1949), a propósito de la homosexualidad y el paganismo en la novela El Inmoralista, fueron incorporados por Vitier en sus apuntes sobre dos poetas cubanos, homosexuales y paganos: Emilio Ballagas y Virgilio Piñera.
     Si la mejor poesía de Vitier, en la segunda mitad de los cuarenta, se nutrió de la tensión entre Memoria y Tiempo, ahora, en la segunda mitad de los cincuenta, su mejor ensayística se alimentará de un rechazo a los tenaces desencuentros de la Poesía y la Historia, adquirido en la cercanía intelectual con el pensamiento de José Lezama Lima. En la continuación de su Poética —"La palabra poética" (1953), "Sobre el lenguaje figurado" (1954) y "La zarza ardiendo" (1958)— Vitier, de la mano de Dante y Claudel, infiltrará nociones teológicas en su discurso con el fin de describir el "misterio de la participación" de la palabra poética y celebrar la que llama "nupcialidad del ser", esto es, las bodas de la imaginación simbólica y la realidad tangible.17 En otro libro de ensayos, menos conocido, La luz del imposible (1957), insistirá en esta proyección de la Poesía sobre la Historia por medio de la defensa de la "visibilidad de lo imposible" y del abandono de cualquier noción autorreferencial o aislada de la literatura. Algunos aforismos de "Raíz diaria" son, a propósito, reveladores de este giro hacia una concepción católica de la poesía, que no oculta cierto resabio antiintelectual, propio de la tradición conservadora:
Las palabras han sido y son para mí un umbral, nada más... La Obra, la Escritura, son bellas y terribles figuraciones diabólicas que pueden devorarnos... ¿Huyó Rimbaud para no ser devorado por ese monstruo?... Que la palabra no sirva a su ídolo (la letra, la "página absoluta" de Mallarmé) sino a su cuerpo viviente, que es el Verbo, el Dios vivo.18
Ya en un fragmento de su Poética, Vitier había zanjado la célebre asimetría entre Rimbaud y Mallarmé, en favor del primero. Y antes, en su ensayo "Imagen de Rimbaud" (1952), que se editaría luego junto con sus propias traducciones de Un golpe de dados e Iluminaciones, confirmaba su apego a la "renuncia" y el "silencio" del "niño" y, a la vez, esa "delicia de la reticencia" que, desde su temprano "Apunte a Mallarmé" (1948), le provocara el autor del Príncipe Igitur.19 Difícil no percibir, detrás de la protesta de Vitier contra la comprensión autotélica de la escritura, un reparo sutil a su maestro y amigo José Lezama Lima, tan admirador de Mallarmé, quien, en aquel entonces —mediados de los cincuenta—, renegaba de su juvenil, "hímnico" y "whitmaniano" proyecto de una Teleología Insular, formulado en el Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1937), y se aferraba a la Obra como un náufrago en el mar de la Historia. Justo el mismo momento en que Lezama conminaba a su generación a "tener Novela", mientras Vitier confesaba sus escrúpulos antilibrescos: "Nunca he sabido realmente qué pensar de ese monstruo, la novela."20

     La conversión católica de Vitier, en 1953, abrió un ciclo en su literatura, donde el ensayo ofrece lo mejor de sí, que alcanza su esplendor con Lo cubano en la poesía (1958) y se cierra a principios de los sesenta, con algunos de los textos que luego integrarán los volúmenes de Crítica sucesiva (1971) y Crítica cubana (1988). En esta etapa, como advirtiera Arcadio Díaz Quiñones en su libro Cintio Vitier: la memoria integradora (1987), se acentúa en el ensayista una idea de la tradición como linaje que asigna al letrado la misión de ordenar el archivo de la identidad nacional.21 Esta vocación genealógica, que se había iniciado con las importantes antologías Diez poetas cubanos. 1937-1947 (1948) y Cincuenta años de la poesía cubana. 1902-1952 (1952), no se agotó en Lo cubano en la poesía (1958), ya que en los años sesenta y setenta Vitier completaría una parte decisiva de su trabajo crítico e historiográfico sobre las letras cubanas. Pienso, sobre todo, en estudios como Los versos de Martí (1968), Poetas cubanos del siglo XIX (1969) y La crítica literaria y estética en el siglo XIX cubano (1971).22
     Lo cubano en la poesía es el más sofisticado intento de arqueología de las "esencias de la cubanidad" a lo largo de la tradición lírica de la isla. Aquellas esencias o "constelaciones de valores y sentidos" (arcadismo, ingravidez, intrascendencia, cariño, desapego, frío, vacío, memoria, ornamento) se manifestaban en la escritura cubana, desde Espejo de paciencia (1608) de Silvestre de Balboa hasta Alabanzas, conversaciones (1955) de Roberto Fernández Retamar.23 Pero Vitier no encontraba el nacimiento de la lírica cubana en el célebre poema de Balboa, sino antes, en el Diario de navegación de Cristóbal Colón, ya que, a su juicio, la historia de la poesía cubana se confundía con la historia de lo cubano en la poesía.24 De ahí que, a pesar de las múltiples objeciones que se han hecho, y todavía se harán, a ese canon, tan autoritario y excluyente como cualquier otro, Lo cubano en la poesía sea un ensayo clásico de la literatura hispanoamericana, emparentado con Radiografía de la Pampa (1933) de Ezequiel Martínez Estrada y El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz, y descendiente directo de Indagación del choteo (1928) de Jorge Mañach y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz (1940).25
     En las páginas finales de aquel libro, escritas en el invierno de 1957, Cintio Vitier lamentaba la discordancia entre una tradición poética tan nacionalista y un devenir político tan quebradizo y frustrado, dependiente de Estados Unidos y sometido al American way of life. De ahí que la conclusión gravitara, una vez más, hacia la dicotomía primordial de su poética: "Porque la poesía nos cura de la historia y nos permite acercarnos a la sombra del umbral."26 Era inevitable que la conciencia que escribió estas palabras se viera conmocionada un año después, cuando Fidel Castro entró triunfante a la Habana, luego de derrocar la dictadura de Fulgencio Batista. Por fin la Historia parecía encontrarse con la Poesía en 200 años de tiempo cubano. En el poema "El Rostro", escrito el 6 de enero de 1959, Cintio Vitier expresó, no sin reservas, su entusiasmo por la Revolución:

Te he buscado sin tregua, toda mi vida te he buscado, y cada vez te enmascarabas más y dejabas que pusieran en tu sitio un mascarón grotesco, imagen del deshonor y del vacío...

¡Pero hoy, al fin, te he visto, rostro de mi patria! Y ha sido tan sencillo como abrir los ojos.

Sé que pronto la visión va a cesar, que ya se está desvaneciendo, que la costumbre amenaza invadirlo todo otra vez con sus vastas oleadas. Por eso me apresuro a decir:

El rostro vivo, mortal y eterno de mi patria está en el rostro de estos hombres humildes que han venido a liberarnos...27
Acaso por esta precaución frente al efecto corrosivo de las costumbres, aprendida en lecturas existencialistas, la poesía de Cintio Vitier, entre 1959 y 1967, no fue profusa en testimonios de adhesión al proceso revolucionario. Más bien se mantuvo distante y hasta en algunos poemas de Testimonios (1966) defendió el rol "contemplativo" del poeta en una época de compulsión política ("La voz abrasadora", "Cada vez que vuelo a ti"), asumió su cristianismo en plena oficialización del ateísmo marxista ("La balanza y la cruz", "Examen del maniqueo", "Respuesta al examen del maniqueo") o vindicó a un intelectual como Jorge Mañach, quien en aquel entonces era considerado, en los círculos oficiales de la cultura de la isla, "traidor" a la nación cubana.28 Es a partir de 1967, con Entrando en materia (1968) y, desde luego, con La fecha al pie (1968-1975), cuando la poesía de Vitier se abre plenamente al discurso de compromiso con la Revolución Cubana, en poemas como "Cántico nuevo", "Ante el retrato del Che Guevara", "No me pidas", "La forma de la Patria", "Ese niño ardiendo", "Trabajo" o "Lugares comunes".29
     Justo en ese momento, año 1968, Cintio Vitier incorpora, por primera vez, a la Revolución en el devenir de su poética, atribuyéndole el papel de una epifanía temporal que liberará, al fin, la tensión entre Poesía e Historia. Esta comprensión poética del suceso revolucionario, que en El violín se describirá como un acto revelador de una nueva fe a la que debe convertirse el poeta, le permitirá a Vitier entrelazar la idea tomista de la "metáfora participante" con una visión de la historia de Cuba, en tanto devenir frustrado e inconcluso, y proponer, así, la más elocuente justificación nacionalista y católica del gobierno de Fidel Castro. La Revolución era, pues, un evento que revelaba la participación de la metáfora en la historia y, por lo tanto, una confirmación de la realidad de la poesía, que se manifestaba cosificando el destino de la nación. Veamos cómo Cintio Vitier describió, en 1968, esta segunda conversión, que operaba sobre la culpa de una incredulidad e, incluso, un escepticismo ("el peor ídolo") en el pasado reciente:
Al llegar, como un rayo de otra fe, la revelación épico-histórica, arrasadoramente popular, del primero de enero del 59, pareció que el cielo y la tierra se unían para enseñarnos el rostro de la Patria terrenal y celeste, y esto fue verdad un instante, el instante sin tiempo de la visión poética... A la impetuosa impulsión del tiempo nuevo, colmado de aconteceres contradictorios, aturdidores, se fue sumando, para el testimonio poético, una necesidad hasta entonces casi desconocida: la de asumir los hechos públicos desde el fondo del corazón. Un nuevo fuego se había despertado para la poesía: el implacable fuego de la conciencia. Si antes podíamos llevar, de una parte, clavada mudamente en el alma la angustia mortal del país, y de la otra buscar en la poesía y en la fe las guerras del espíritu, ahora esto era imposible: había una sola guerra, una sola angustia, una sola realidad invisible. La Revolución nos abrió los ojos para esa realidad.30

El propio Vitier ha escrito que "toda conversión es como una revolución íntima que vuelve las cosas aparentemente al revés, para ponerlas al derecho".31 Semejante estetización del suceso revolucionario, en el núcleo de una Poética, tuvo que producir ajustes en la escritura de Cintio Vitier. Dichos acomodos son perceptibles, sobre todo, en su narrativa de memorias —De Peña Pobre, Violeta Palma (1978), Los papeles de Jacinto Finalé (1981) y Rajando la leña está (1984)—, en su importante ensayo Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana (1975) y en sus estudios críticos sobre José Martí, José Lezama Lima y el grupo Orígenes. El primer ajuste, plasmado en la novela De Peña Pobre, es de tipo autobiográfico y tiene que ver con la invención de un vínculo espiritual entre la conversión católica de 1953 y la conversión revolucionaria de 1967. En Hacia De Peña Pobre Vitier lo establecerá claramente: "No podía entonces imaginar (1953) que mi conversión a Cristo, por deficiente y frágil que fuese, era la conversión a la posibilidad en mí, de la Revolución social que aquel mismo año se iniciaba con un baño de sangre."32 A pesar de que el propio Vitier había reconocido muchas veces que antes de 1959 sólo tenía ojos para la "patria invisible", ahora, en sus Memorias, la biografía íntima del poeta y la biografía pública de la Revolución se entrelazaban.
     Esta corrección autobiográfica, a partir de una idea de la Revolución como Destino de la persona y de la patria, logró una expresión paralela en la ensayística de este laborioso autor. Vitier se propuso, en su tratado Ese sol del mundo moral, tender una genealogía intelectual de la historia de Cuba, en la que algunos pensadores y políticos de la época colonial —Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí— y otros del período republicano —Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras— escribían y actuaban como profetas de la Revolución de 1959.33 La historia cubana estaba providencialmente cifrada, escrita en sus discursos y sus prácticas, siguiendo un plan divino, el cual debía desembocar en la Revolución de 1959. De ahí que, en un uso cabal de la idea tomista del saber como revelación, Cintio Vitier le atribuyera al letrado la función de descifrar el curso teleológico de la nación.34
     El ensayo de Vitier estaba salpicado de citas de Fidel Castro, de principio a fin, y, por momentos, no hacía más que desarrollar intelectualmente la tesis expuesta en el famoso discurso Porque en Cuba sólo ha habido una Revolución, del 10 de octubre de 1968.35 Sin embargo, Vitier escribía desde el lugar de un poeta, nacionalista y católico, que no había participado en el movimiento revolucionario. De ahí que el objetivo del libro fuera legitimar su inserción, en tanto sujeto intelectual no marxista, en el campo revolucionario.36 En un momento de institucionalización del socialismo cubano, de acuerdo con el patrón del Estado soviético, la vehemencia nacionalista de Vitier tuvo recepciones encontradas en la elite del poder. Esto explica que Ese sol del mundo moral se haya editado en México, en la editorial Siglo XXI, en 1975, y que sólo veinte años después, en una época de franco acomodo de la ideología de la Revolución Cubana al nacionalismo postcomunista, fuera reeditado en la isla.37
     En este proceso intelectual de integración al campo revolucionario, Cintio Vitier intentó sumar a su generación, la de los poetas de Orígenes y, en especial, a José Lezama Lima. En un pasaje de Ese sol del mundo moral, donde reseñaba la labor de resistencia y promoción cultural de la intelectualidad republicana, Vitier citaba un texto de Lezama de 1953, "Secularidad de José Martí", en el que el poeta afirmaba que el centenario martiano debía traer una "impulsión histórica" que permitiera "avizorar las cúpulas de los nuevos actos nacientes".38 Vitier encontró en estas palabras la profecía del asalto al cuartel Moncada, encabezado por Fidel Castro en julio de 1953. Esa conexión simbólica entre José Lezama Lima y Orígenes, de un lado, y Fidel Castro y la Revolución Cubana, del otro, sería desarrollada por Vitier en varios textos, publicados después de la muerte del autor de Paradiso: "Introducción a la obra de José Lezama Lima" (1976), "De las cartas que me escribió Lezama" (1982), "La casa del alibi" (1986), "Un párrafo para Lezama" (1986) y "La aventura de Orígenes" (1991).39
     La lectura revolucionaria de Lezama, emprendida por Vitier, se apoya en los testimonios de rechazo a la política republicana que, en efecto, abundan en la obra lezamiana y en algunos textos incidentales, en favor de la Revolución, que escribiera el poeta en los años sesenta.40 Sin embargo, dicha lectura, además de ocultar la incomodidad que Lezama sintió al final de su vida, bajo el orden revolucionario, y que expresó, sobre todo, en las cartas a su hermana Eloísa, desvirtúa y, en cierto modo, vulgariza una política intelectual, formulada desde la autonomía del campo literario y diferida a un vínculo secreto con la ciudad que se establece dentro de la poesía, es decir, en la práctica de una escritura o, incluso, en la historia de una expresión, pero jamás dentro de la Razón de Estado.41 Es cierto que Lezama compartió con Vitier esa fértil idea de la participación de la Imagen en la Historia que, en buena medida, fundamentó su teoría de las "eras imaginarias".42 Pero su enlace con la Revolución Cubana, en textos como "A partir de la poesía" (1960) o "El 26 de julio: imagen y posibilidad" (1968), fue siempre sutil, elusivo, tangencial, distante del discurso ideológico, ajeno a las solemnidades éticas y, sobre todo, reacio a las transparencias de la vocación pública.43
     La diferencia sustantiva entre la "teleología insular" de Lezama y la de Vitier no radica, sin embargo, en la mayor o menor intensidad del discurso revolucionario, sino en una divergente apuesta frente al dilema de la Poesía y la Historia. Cuando Lezama aludió, por primera vez, a un "insularismo", en su Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1937), aclaró que dicha inquietud provenía de una "cámara donde flota la poesía", en la que "no interesaban las respuestas de un sociólogo o un estadista".44 Y más adelante confesaba: "Me gustaría que el problema de la sensibilidad insular se mantuviese sólo con la mínima fuerza secreta para decidir un mito."45 Pero Lezama no se refería a un "mito de Estado", que alimentara las formas políticas del nacionalismo cubano, sino a una narrativa mínima y secreta sobre la cual edificar una obra literaria trascendente. A diferencia de Vitier, quien siempre lamentó la zozobra de una escritura sin gravitación histórica, Lezama apostó por la Poesía, en tanto espacio perdurable para la expresión del saber y la sensibilidad.
     Los usos políticos de Vitier contrastan, por su rigidez y gravedad, con sus lecturas de la poesía y la narrativa de Lezama, tan flexibles y versátiles.46 Lo mismo sucede con sus estudios sobre José Martí, reunidos en la serie Temas martianos, y escritos con su esposa, la excelente poeta Fina García Marruz. El lector curioso de Versos sencillos y Versos libres, de las Escenas norteamericanas y el Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, de Ismaelillo y Nuestra América cede su lugar, con frecuencia, al sentencioso exégeta de los evangelios martianos, donde se anuncia la llegada del Mesías (Fidel Castro) y el advenimiento del Paraíso (la Revolución Cubana).47 Así como en el dilema de su poética Vitier liberó la tensión entre Poesía e Historia a favor de la segunda, en su biografía privilegió, al final, el rol de ideólogo y político antes que el de poeta y crítico. Este desequilibrio, lejos de superar la antinomia entre lo poético y los histórico, de por sí insuperable, reforzó la instrumentalidad ideológica de su literatura.
     Una zona importante de la creación historiográfica y crítica de Cintio Vitier en los años setenta y ochenta se orientó hacia la búsqueda de un reconocimiento, como intelectual católico y revolucionario, por parte del Estado cubano. Su hora llegó en 1992, cuando la desaparición de la Unión Soviética obligó al gobierno de la isla a rearticular su ideología en favor del nacionalismo postcomunista. En ese escenario, la ensayística de Vitier resultó sumamente valiosa y el viejo intelectual católico, antes sospechoso, se convirtió ahora en la voz del socialismo tardío. El poeta fue elegido diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y logró eficaces intervenciones en la política "inmediata", "visible" y "mundana" del castrismo real. A tal punto llegó la consagración de Vitier como intelectual orgánico del régimen cubano que, a mediados de junio de 2002, una semana antes del fallo favorable del Premio Juan Rulfo, Fidel Castro condecoró al autor de Ese sol del mundo moral con la Orden José Martí, la más alta distinción por aportes a la cultura cubana que concede el gobierno de la isla.48 Y como desenlace de estos amores entre la poesía y el poder, al día siguiente del anuncio del galardón en Guadalajara, Castro visitó a Vitier en su departamento del Vedado. Por fin el Caudillo entraba en la casa del Poeta, la Historia visitaba el hogar de la Poesía.
     El paralelo entre este Vitier, que exalta la "sacralidad de la pobreza" y repudia la secularización moderna, y aquel Pound, que intentó transcribir la Historia de la Tribu en la épica de sus Cantos, se antoja explorable. Al igual que Vitier, Ezra Pound entendió la tradición como pertenencia, linaje o sangre, más que como legado o herencia.49 Ambos poetas, salvando distancias líricas y políticas, buscaron un refugio que los protegiera del mercado y la urbe, la técnica y el dinero, la usura y el capitalismo. Ambos creyeron en la existencia de un paraíso terrenal, que se edificaba a partir de la encarnación de una Imagen en la Historia, donde la criatura moderna hallaba, al fin, paz y sosiego. Sólo que el estadounidense encontró su paraíso en la Italia de Mussolini, desde referencias paganas y clásicas, mientras que el cubano, con fuentes católicas y martianas, lo descubrió en la Revolución de Fidel Castro.
     Cintio Vitier hizo de la Revolución una clave íntima de su literatura. Sin embargo, la Revolución no gobierna toda la literatura de Cintio Vitier. El dulce desasosiego de Extrañeza de estar, la metafísica solar de Sustancia, el piadoso entusiasmo de Canto llano, la lúcida pasión de La zarza ardiendo, el juicio sensible de Lo cubano en la poesía y la valiente evocación de El violín escapan al insaciable apetito de un poder que se atribuye la fantasía del dominio sobre el tiempo. Esos versos y esa prosa juntan páginas ingobernables porque no pertenecen al pasado o al presente, sino al territorio libre de la eternidad. Allí se alimentan de las sanas enemistades entre Poesía e Historia, sin aspirar a que esos seres se dobleguen mutuamente, ni a que la palabra desaparezca en el acto o la imagen en su devenir. ~
     — México, D.F., 26 de julio de 2002