Pie de foto | Letras Libres
artículo no publicado

Pie de foto

La proeza de meter no un barco sino una mujer en una botella es de Irving Penn, fotógrafo. Y no cualquier mujer sino una musa olvidada: la angulosamente bella Jean Patchett, una de las primeras supermodelos junto con Lisa Fonssagrives. Y eso se nota. Allá atrás, fuera de foco, la Patchett es una esfinge. Hay que conjugar en presente. Los personajes de las fotos de Irving Penn son. ¿Cómo hizo para congelar en el tiempo algo tan veleidoso como la moda, que Wilde describió como una forma de la fealdad tan intolerable que debemos alterarla cada seis meses? Procuró deliberadamente la fijeza en contra de la espontaneidad, fue un maestro contemporáneo de la composición. Y restó: despojó sus escenarios y supo gobernar la luz natural para erigir, sin aspavientos, un minimalismo cool que es sólo suyo y, tal vez, de Richard Avedon. Esto, claro, sólo se puede dar en Nueva York, donde la moda y el arte se dan el lujo de confundirse. E Irving Penn nació ahí al lado, en Nueva Jersey, en 1917, y murió ahí, en Nueva York, el pasado 7 de octubre. En medio de esas dos fechas, son dos también las revistas que marcan la pauta de su obra: Harper’s Bazaar y Vogue. Cuando Penn trabajó en ellas, los directores de arte de ambas publicaciones eran, respectivamente, Alexey Brodovitch y Alexander Liberman, emigrados rusos pasados por París quienes ya se habían embriagado de vanguardia. Pero Penn no fue un reo de la moda: la domó (se asoma un palíndromo). Con la misma elegante naturalidad con la que retrató a modelos y celebridades (Duchamp, Picasso, O’Keeffe, Auden, Stravinski, Dietrich...) captó la gracia y la fuerza de los indios de Cuzco y de los aborígenes de Nueva Guinea. Iba más allá. Si los cigarrillos fueron un elemento central del glamour de entonces, también las colillas recogidas del suelo protagonizaron sus fotografías. Admiró a Giorgio de Chirico, a quien conoció en Roma en 1944. Esa influencia puede detectarse, me atrevo a decir, en esta fotografía de 1949, marcada por una inquietante sobriedad compositiva. “Bébeme” podría ser un buen título para esta pieza. Una botella nos agiganta o nos hace diminutos. ~