Philip K. Dick, el ubicuo | Letras Libres
artículo no publicado

Philip K. Dick, el ubicuo

El mundo como palimpsesto. En Ubik, la espléndida novela de ese apóstol del LSD y las anfetaminas que fue Philip K. Dick, se expone una lucha entre telépatas y antitelépatas que deriva en un asunto metafísico. Publicado en 1969 pero ambientado en 1992 —¿habrá sospechado Dick que en ese año se conmemoraría el décimo aniversario de su muerte, acaecida semanas antes del estreno de Blade Runner, la película de Ridley Scott basada en otra de sus novelas?—, el libro consigna las andanzas de un grupo de antitelépatas o "inertes" encabezados por Joe Chip, experto examinador parapsicológico, y contratados por Glen Runciter, jefe de la empresa neoyorquina de previsión más socorrida del mercado, para nulificar la infiltración telepática que sufre una megacorporación con sede en la Luna. Al igual que la trama, la realidad se fragmenta a partir del estallido de un androide-bomba —¿un atisbo de lo que serán los musulmanes trocados en explosivos humanos?— que aniquila a Runciter y lanza al resto del grupo a una errancia demencial que va trasladándose a terrenos fantasmagóricos. La duda, que en un principio apenas se había esbozado, cobra fuerza conforme se desarrolla la acción: ¿en verdad ha muerto Runciter? Todo indica que sí: su cuerpo, sometido a una sofisticada hibernación llamada "media vida", descansa en un moratorio de Zurich junto al de su esposa Ella; el contacto con los "medio vivos" sólo se puede efectuar dentro del moratorio, merced a un sistema de comunicación capaz de recoger las voces del limbo. (Las voces, siempre las voces: una de las grandes fijaciones de Dick.) ¿Y entonces por qué Runciter comienza a manifestarse por doquier: en billetes y monedas; en el teléfono que Chip levanta para toparse con un monólogo de su patrón que no logra interrumpir; en los mensajes que aparecen —ora completos, ora truncados— en una cajetilla de cerillos, en un cartón de cigarros, en una boleta de multa y hasta en el cielo; en el graffiti estampado en la pared de un baño que sentencia: "Yo estoy vivo y ustedes están muertos"? ¿Cómo explicar el comercial de televisión, supuestamente pregrabado, en el que Runciter da la impresión de contestar las preguntas de Chip mientras promociona Ubik —ese producto enigmático y ubicuo, como su nombre insinúa, que mutará en aparato eléctrico, en cerveza, en café, en aderezo para ensaladas, en antiácido, en navaja de rasurar, en revestimiento para cocinas, en institución bancaria, en acondicionador para el pelo, en desodorante, en somnífero, en jalea, en brasier, en bolsas para conservar comida, en remedio contra el mal aliento, en cereal y por fin en entidad omnipotente: "Soy Ubik. Estaba antes de que el universo existiera. Hice los soles. Hice los planetas. Engendré las vidas y los sitios que los habitan; los mudé allí, los puse allí. Siguen mis instrucciones, hacen lo que les ordeno. Soy el verbo y nunca se dice mi nombre, el nombre que nadie conoce. Me llamo Ubik pero ése no es mi nombre. Soy. Siempre seré"?
     Al igual que en El piso trece y Matrix, cintas en las que perdura la impronta benéfica de Dick, la solución borgesiana está en admitir la idea del palimpsesto y asumir que hay un orbe encima del orbe presuntamente material. Atónitos, los personajes de Ubik deambulan por un mundo que adelanta lo que años después será bautizado como realidad virtual y que empieza a desmoronarse, víctima de una entropía vertiginosa, o más aún, de un proceso de "devolución". La parafernalia futurista es remplazada por objetos en desuso, la ropa se desintegra, algunos cuerpos se encogen y reducen a cadáveres momificados, el tiempo fluye hacia atrás; el presente se difumina para que el pasado aflore, 1992 es 1939 en un abrir y cerrar de ojos. Y a la par de esta regresión implacable, que a veces flaquea para que el tiempo anulado recupere fugazmente su lugar —hay elevadores y edificios antiguos sobre los que vibra la imagen de sus sucesores posmodernos—, los mensajes de Runciter continúan reclamando las superficies. Yo estoy vivo y ustedes están muertos, le insiste a Joe Chip, compréndanlo ya. Ustedes, los que fueron eliminados por la explosión que debía haberme eliminado a mí, son los medio vivos, los difuntos en hibernación en el moratorio donde creen que hiberno yo, las voces en el éter con las que me comunico mediante un micrófono, los Nabucodonosores que intentan traducir la escritura de Jehová en la pared, los inquilinos de una dimensión subyacente en la que reinan dos energías antagónicas: Jory, el muchacho fallecido a los quince años que se nutre de los medio vivos para generar la potencia indispensable para diseñar el palimpsesto temporal habitado por ustedes, el antecesor del Neuromante de William Gibson, y Ella, mi joven esposa a la que solía consultar de cuando en cuando, la creadora del concepto Ubik. Soy ubicuo pero no soy Ubik, Joe, aunque haya podido colarme un instante a tu esfera —a la escritura debajo de la escritura— para ofrecerte una luz; lo sabes mejor que nadie, ya que, al final de la novela, mi esposa te nombrará su sucesor para que ella apele a la reencarnación, el siguiente plano del palimpsesto, y tú comiences a manifestarte en las monedas que circulan en este nivel que llamo mi realidad. Serás Ubik, Joe, pero mientras tanto estás muerto. Dame un teléfono y moveré o más bien replantearé el mundo de los medio vivos que quizá somos todos nosotros. ~