Perdidos sin remedio | Letras Libres
artículo no publicado

Perdidos sin remedio

A mediados de 2004, Michael Eisner y Bob Iger, entonces director y subdirector de Disney, echaron sin miramientos a su subalterno Lloyd Braun, quien hasta entonces llevaba las riendas de la cadena televisiva ABC, una de las empresas del gigante del entretenimiento estadounidense. De acuerdo con el libro Disney War: The Battle for the Magic Kingdom, de James B. Stewart (ganador del premio Pulitzer por Den of Thieves), el motivo principal de su despido fue que Braun había apoyado ferozmente el lanzamiento de la serie Lost, la historia de un grupo de supervivientes del derrumbe de un avión en una isla misteriosa –un proyecto al que ellos se oponían y al que calificaron como “una locura que jamás funcionará” (Eisner) y “una auténtica pérdida de tiempo” (Iger, actual director de Disney)– y, sobre todo, que se había gastado más de diez millones de dólares tan sólo en la producción del programa piloto.

Para evadir la posible cancelación, Braun encargó, para entregar en menos de una semana, un tercer tratamiento del argumento original de Jeffrey Lieber a J.J. Abrams, creador de las exitosas series Felicity y Alias, y a Damon Lindelof, escritor de la serie Crossing Jordan. El giro seudoesotérico que le imprimieron a la historia dejó a Braun fascinado, y sin tener el guión del primer programa terminado, dio luz verde a las audiciones, lo que permitió a Abrams y Lindelof crear y adaptar personajes a la medida de los actores seleccionados. La filmación se hizo a todo correr en Hawái y Braun visitó el set poco antes de cerrar la posproducción, felicitó calurosamente a todo el equipo por lo que estaba seguro sería todo un éxito, y justo al volver a su oficina recibió la llamada fatal de Iger.

Pero la venganza es un plato que se come frío: Braun es actualmente director de medios y entretenimiento de Yahoo!, y el programa inicial de Lost, que se convirtió en el más caro jamás filmado, se transmitió el 22 de septiembre de 2004 con la sintonía de más de dieciocho millones de hogares, lo que desmintió las desastrosas predicciones de Eisner y Iger, y colocó a la desfalleciente ABC (junto con la también popularísima Desperate Housewives) en los primeros lugares de audiencia y publicidad, mismos que ha mantenido hasta la fecha, con la transmisión de la segunda temporada –que en México está disponible sólo en los servicios de televisión por cable.

Desde los primeros episodios, la respuesta de la prensa y los televidentes dejó claro que Lost –ganadora del Emmy en 2005 y del Golden Globe en el 2006– estaba destinada a ser un programa de culto que, sin dejar de atraer la atención del gran público, hipnotiza a hordas de milenaristas, conspiracionistas, fanáticos de la ciencia ficción, el ocultismo y los cómics, que han abierto cientos de miles de páginas y foros de internet y celebrado varias convenciones para compartir su pasión y discutir sus teorías sobre las diversas tramas. El propio Abrams patrocina el foro electrónico the fuselage.com, en donde el equipo creativo de la serie lanza migajas de información a los aficionados, y hay una revista especializada y varios sitios derivados de la serie (spin-offs), como www.oceanicairlines.com, de la supuesta aerolínea cuyo vuelo 815 Sidney-Los Ángeles se perdió sin dejar rastro.

Y vaya que hay material de sobra para teorizar: los guiones mezclan con gran eficacia los flashbacks de las atormentadas vidas previas de la docena de protagonistas, que estaban desde entonces oscuramente ligadas, con las adrenalínicas peripecias de su estancia en la isla, en donde no solamente deben protegerse de las inclemencias del tiempo y buscar agua y comida, sino que son acosados por una francesa enloquecida que lleva dieciséis años en la isla y fue la única de un equipo de científicos que resistió a una epidemia, un monstruo inasible, un jabalí gigante, un caballo y un oso polar, voces venidas de ninguna parte, fantasmas, y sobre todo a los Otros, una especie de secta, al parecer formada por residentes previos de la isla, que ha infiltrado al menos a dos de sus miembros entre los sobrevivientes del avionazo y de los que se sabe poco más aparte de que tienen una clara inclinación por raptar a menores. Por si fuera poco, se encuentran con un búnker subterráneo, en donde hay un extraño escocés, que, antes de desaparecer, les informa que, debido a un desperfecto en las investigaciones de The Dharma Iniciative, un proyecto de la Fundación Hanso, una nebulosa corporación científica, alguien debe teclear en una computadora, exactamente cada 108 minutos, las cifras 4, 8, 15, 16, 23, 42 (una serie de números “malditos” que persigue a Hurley, otro de los protagonistas, y cuya suma, por cierto, da 108), so pena de destruir la isla y el universo mundo. No todo es negativo: la isla también hizo que uno de los personajes principales (Locke) se levantara de la silla de ruedas en la que viajaba y que otra, Rose, se curara de un cáncer terminal.

Así enlistados, los anteriores elementos suenan, para quien no es seguidor de la serie, verdaderamente ridículos. Y lo son. Los guionistas no tienen reparos a la hora de dar vueltas de tuerca, repartir a mansalva lugares comunes de la superstición y pistas inverosímiles, o retorcer la lógica interna de las tramas (porque de la lógica aristotélica, olvídense), por no hablar de las dosis masivas de cursilería que cuelan entre cada corte a comerciales y de los conceptos que se planchan de otras obras. Uno de los ejemplos más claros es la idea de la isla que vuelve realidad los más profundos deseos y temores de sus habitantes, exportada sin aranceles del planeta vivo de Solaris, de Stanislaw Lem.

Pero el encanto de Lost es real. Verla es un placer culpable sin atenuantes: no puede presumir el lustre de guionistas como Alan Ball (el de American Beauty), creador de la serie Six Feet Under, ni la dirección de Rodrigo García, como Carnivale, ni tiene historias adaptadas de Rubem Fonseca, como es el caso de Mandrake, ni grandes personajes históricos, como el César de Rome.

Es un encanto que va más allá de sus deslumbrantes locaciones y de su reparto, infaliblemente atractivo y/o carismático, moldeado con precisión milimétrica para facilitar la identificación de una amplia variedad de colectivos y etnias, y dirigido con muy buena mano. Este amplio elenco permite sustentar infinitas subtramas que se van modificando según la respuesta que reciben de la audiencia, y hace que la serie no decaiga cuando algún actor deserta o un personaje muere.

A fin de cuentas, la importancia de los guiones en Lost, lo mismo que en series tan disímbolas como The Sopranos, The West Wing o la ya mencionada Six Feet Under, representa un regreso al poder de la escritura, de las historias y los personajes complejos, multidimensionales, en contraste con la avalancha de telerrealidad de cuarta categoría que copaba los horarios estelares en los últimos años. Los personajes de Lost son profundamente vulnerables, eran freaks y náufragos sociales desde antes de llegar a la isla; y a partir del accidente, lo que les sucede toca las fibras más sensibles de la sociedad occidental, pues redescubre la seducción y el poder devastador de la naturaleza y de lo irracional, que resulta menos amenazante que flagelos reales como la violencia urbana y el terrorismo.

En el fondo, factores sociales aparte, la historia de Lost cumple con un anhelo último y secreto de sus espectadores: la promesa de que es posible conjugar los desastres con los milagros. ~