Pequeña historia habanera | Letras Libres
artículo no publicado

  Pequeña historia habanera

Silverio, o Silverio de Cayo Hueso, anda siempre por el Parque Central, frente al Capitolio y a dos pasos del Floridita. A los extranjeros que engatusa con algún cuento amistoso los lleva al bar del cine Payret, donde tres amigas suyas lo esperan para que les presente al turista en turno. Las chicas hacen cuentas con los veinte o treinta dólares que pueden llevarse por una noche con el yuma, pero su verdadera ilusión les susurra las maravillas de un romance impostado que las arranque hacia cualquier otro país. Hasta la novia de Silverio se fue; hace dos años se casó con un italiano y ahora vive en Milán. Es una historia bastante repetida en La Habana, que incluso suena en las canciones "A pagar allá" de Manolín, El Médico de la Salsa ("ya sé que te casaste, ya sé que te vas lejos/ ya sé que te olvidaste de mí, te vas al extranjero..."), o "Mi chocolate" de Los Van Van ("se casó con un italiano, y por supuesto se la llevó/ y me dijeron que la encerró, como medida de protección"). Para no pasar por mentiroso, Silverio muestra la foto de una mulata y sus dos negritas, Nadieska y Yudaysi, que se hospedan en lo de la abuela materna hasta que su padre consiga una casa habitable. Una segunda foto muestra a una morena delgada, sinuosa y hermosísima. Es Reyna, la actual compañera de Silverio y una de las jineteras más bonitas de Centro Habana.
     Además de a sus amigas, Silverio vende marihuana, cocaína y crack, habanos de cualquier marca y tamaño, compactos de salsa quemados y hasta playeras con la inscripción "Liberen a Elián" que cambia por algún billete norteamericano o cualquier otra prenda occidental. También consigue alojamiento por diez dólares diarios (menos de la mitad de lo que se paga por un cuarto tranquilo en El Vedado), "paladares" a ocho y discotecas de a cinco, donde llevarse a una mulata es todavía más barato porque recién están en sus pininos como prostitutas. Es ingeniero naval y trabajó por doce dólares mensuales hasta que se hartó. Por cada uno de sus negocios se lleva alguna comisión a discutir, y los pocos enemigos que tiene son aquellos que lo han tratado "como a un punto", ajenos a la lealtad ética que palpita en la miseria. En su casa no hay lugar para nadie más, ayer se sentó sobre una mesita y la rompió, un biombo separa la sala de la mínima cocina y por todos lados resuena la voz de una tele enorme, soviética, sin imagen, que funciona perfectamente como radio. Silverio invita quién sabe por qué, no acepta más dinero y dice que le interesa mostrar "La Habana de veldá". De camino él va un poco más adelante y yo lo sigo; si fuéramos juntos nos detendría uno de los cincuenta mil policías destacados especialmente en La Habana, gente más que dispuesta a hacer cumplir la "disposición" que a los cubanos les prohíbe transitar con extranjeros. El coche que nos lleva no es un taxi, sino el de un habanero que se ofrece a acercarnos por cinco dólares. Tiene que ir por donde haya menos policías, yo tengo que ocultarme en la parte de atrás y, sobre todo, tratar de que nadie me vea sacar los billetes y pagar. Finalmente llegamos: el barrio es San Miguel del Padrón, el mismo de donde salió Yuliet, la protagonista de la película ¿Quién diablos es Juliette? Hace cuatro días, uno de los vecinos se ahorcó; tenía tres hijos, a su mujer se la había llevado un alemán, y la semana anterior buscaba con quiénes subirse a una balsa y escapar rumbo a Miami. En la casa contigua a la de Silverio, dos mujeres decoran un pastel y otras tres terminan de amarrar un montón de paquetitos que guardan en una bolsa. En media hora salen para Villa Delicia, cerca de Villa Grande, a la cárcel para menores. Van a visitar a Magalis, la joven quinceañera a quien le dieron dos años por estar con unos italianos en la playa de Guanabo. La última vez que la detuvieron le avisaron que, a la próxima, iban a arrestarla por "peligrosidad". Y ahí está entonces, encerrada con otras amigas y aferrada a la esperanza de que a su salida se la lleven a Italia.
     Silverio también estuvo preso, y una botella de Havana Club lo hunde en una sinceridad de miedo. No se llama Silverio, sino Francisco. Un día encontró a su hermano menor en plena pelea con un policía; sin pensarlo mucho, tomó su bate de béisbol y lo partió en la cabeza del defensor de la Ley. Tuvo que pasar siete años entre rejas, adentro lo provocaron y no salió hasta cumplir una década de encierro. "Perdona que te haya engañado, mi hermanito, pero tú sabes que aquí hay que cuidarse", dice ahora, mientras Reyna entra en la casa y saluda a los abuelos, la mamá, la tía y dos primos, la población total de este piso derruido. En la tele-radio se relatan las últimas noticias sobre el caso del niño Elián González. Reyna me pregunta si ya tengo chica para estos días habaneros y no sé qué contestar. Es hija de Elegguá, quiere hacerse santera y necesita dinero para comprarse la ropa que le falta para la ceremonia y todo el año en el que deberá ir vestida de blanco. "A golpe de ideas marcharemos por el largo camino de dignidad y coraje sobre el que se producirá el inexorable regreso de Elián, un sendero de victoria ante la hostilidad incesante, las leyes crueles y el cerco inhumano que una superpotencia ha interpuesto contra nuestro noble y heroico pueblo", se escucha en cada rincón de la casa. Silverio, o Francisco, apaga el aparato y me pide que, si puedo, a mi regreso cuente algo de lo que él se empeña en mostrarme. Yo le aseguro que haré lo posible, aunque sé que a la realidad hay que inventarla para que no suene inverosímil. -