Parque Gonzalo Celorio | Letras Libres
artículo no publicado

Parque Gonzalo Celorio

NOMENCLATURA URBANA

¿Quién bautiza las calles y los parques de la Ciudad de México?

Dar un paseo por la Guía Roji de la Ciudad de México puede ser a veces más instructivo y placentero, y siempre más tranquilo, que hacerlo por la propia sobrepoblada y supercontaminada y ultraasaltada ciudad, que fue alguna vez, para Alfonso Reyes, "la región más transparente del aire" y para Cervantes, en El licenciado Vidriera, "la Venecia de América".
     (H)ojeando la Guía Roji, da gusto saber que a Miguel de Cervantes Saavedra se le retribuya su simpatía por la capital de la Nueva España con el Bulevar que lleva su nombre no lejos del Deportivo Mundet, y que sea tan arbolada y hermosa la Avenida Alfonso Reyes, en la Colonia Condesa, cerca de donde vivió el escritor.
     A cambio de eso, ¡cuántos desatinos, que son destinos! ¿Por qué, por rumbos de Cuautitlán Izcalli, nada menos que en la Colonia Francisco Villa, existe un Callejón Victoriano Huerta? ¿Por qué más de treinta calles Gustavo Díaz Ordaz, que parecen pisarle los talones, sobre el mapa, al otro Díaz (Porfirio)? ¿Por qué existen más de diez calles Carlos Salinas de Gortari? ¿A qué poderoso ingenio se le ocurre nombrar a una colonia "Irrigación", a una calle "Democracia Cooperativa" (en la "Colonia México Nuevo") y a otra arteria principal "Patriotismo"? (ya "Reforma", "Insurgentes" y "Revolución" son discutibles, pero "Patriotismo" se lleva las palmas nacionalistas). ¿Alguien sabe quién era Ángel Urraza, que da nombre a un importante eje vial en la Colonia del Valle, y ni siquiera aparece en la Enciclopedia de México? A la loca Carlota la salvaron en la Segunda Cerrada de El Edén —nada menos—, pero el infeliz emperador Maximiliano fue de plano borrado del plano, de los planos del mapa. Salvador Novo estaba muy orgulloso de que una hermosa calle de Coyoacán llevara su nombre y puso una placa que dice: "Calle y casa de Salvador Novo", sólo que, en lugar de convertirse en museo, la casa fue demolida —con excepción de la fachada—, de manera que la placa debería decir ahora: "Calle y placa de Salvador Novo". ¿Por qué la Calle Octavio Paz la mandaron hasta rumbos de Ecatepec, en la "Colonia Poesía Mexicana", en paralela a la Avenida Agustín de Iturbide? Ya nos acostumbramos, como siempre, a que la Colonia Roma y la Colonia Nápoles se llamen como se llaman, aunque, muy coherentemente, la primera esté plagada de calles como Puebla, Orizaba, Colima, etcétera, y la segunda de Arizona, Nueva York o Pensilvania. ¿Qué tal una Colonia Creta, una Bangladesh o una Ecuador? En fin, aquí nos acostumbramos a todo y, en el caos, todo resulta más normal que amoral.
     Un día, hace como tres años, estaba paseando por un parque hermoso, de dimensiones inmensas, a la entrada de Bosques de las Lomas, sobre Reforma Lomas, atrás de una gasolinera y del excelente Restaurante Lomalinda, enfrente del, en contraste, minúsculo Parque República del Perú. El parque que me atrajo es un circuito boscoso, una barranca con riachuelos y puentes colgantes de madera —hoy de cemento. Quise saber el nombre del parque y en un mirador encontré la placa —lo juro por mi madre y por mi hija— "Parque Gonzalo Celorio". Al poco tiempo, un pariente cercano —más cercano no puede serlo— del escritor y profesor universitario Gonzalo Celorio, director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, me confirmó que, en efecto, habían invitado a toda la familia Celorio a inaugurar el parque en honor de su ilustre pariente literato. Pensé entonces en el ridículo Parque Juan Rulfo, pasaje diminuto y contaminado, entre las avenidas de Insurgentes y Álvaro Obregón.
     Compré y leí la reciente novela de Celorio Y retiemble en sus centros la tierra (Tusquets Editores, 1999), aclamada por Carlos Fuentes en La Jornada Semanal, ganadora del Premio de Novela 1999 Impac-Conarte-Itsm y presentada en la Columbia University de Nueva York en octubre pasado. Confieso mi absoluta perplejidad ante tanta fascinación. La novela de Celorio me parece el periplo didáctico, turístico, tedioso y cursi, pretendidamente sabio y trágico, por el Centro de la Ciudad de México de un profesor pedante —su alter ego. Ya, hace años, Novo había trazado, con infinitamente mejor prosa, un disfrutable paseo por el Centro en Nueva grandeza mexicana y ya, hace años, Juan Vicente Melo nos dejó una espléndida y trágica novela sobre el alcohol, La obediencia nocturna (para no hablar de Bajo el volcán de Malcolm Lowry). Ante estos clásicos, y a pesar de algunas observaciones curiosas y certeras, la novela de Celorio me parece ociosa y fallida. El doctor universitario Juanma Barrientos es un borracho antipático y sentimentaloide, que ejerce "el lujo de la lengua" para pedir "rones tetradjetivados: Bacardí, blanco, campechano, puesto", y es capaz de levantar un inventario largo e inútil de dulces mexicanos que acaba con esta melcocha: "Los besos de nuez, mamá. Las alegrías, mamá. Las lagrimitas, mamá"; de llorar así a su amada: "Por eso te hablo a ti, Alejandra. Porque eres la única persona capaz de comprender el dolor que siento por tu muerte"; de invocar así a su papi: "Bájame de este barco. Llévame a tierra. No me abandones"; también tiene revelaciones metafísicas muy profundas: "Dos. Son dos copas, Juan Manuel. Uno. Eres uno, Juan Manuel. Estás solo".
     El desenlace tiene lugar en el Zócalo, por supuesto; pero a mí me hubiera gustado que lo tuviera en el Parque Gonzalo Celorio.
     Hace poco volví al parque. Un jardinero me llevó al mirador donde estaba la placa y me mostró los barrotes de donde —quién sabe por qué— la desprendieron. Qué triste. Me fui a comer con una amiga al Restaurante Lomalinda. Le conté que un amigo me ha tratado de convencer de que Celorio es "un escritor decoroso", pero que a mí más bien me parece decorado —aparte de condecorado. Ahora bien, aún concediendo que fuera "decoroso", es obvio que ni Paz ni Rulfo ni Arreola son escritores "decorosos". -