Parásitos de tu propia sangre | Letras Libres
artículo no publicado

Parásitos de tu propia sangre

Creo haberme ocupado alguna vez de las actuales biografías —es un decir—, o más bien libros de cotilleos, denigración y probables calumnias con que se castiga la indefensa memoria de los hombres y mujeres célebres. Dentro de ese subgénero tan en boga, hay una subespecie que encuentro particularmente ruin y que a grandes trazos responde al siguiente esquema: una viuda, un viudo, un ex-marido, una ex-mujer, un antiguo o una antigua amante, un hermano, una hermana, un hijo, una hija, un nieto, una nieta, primos, tíos o sobrinos de un personaje famoso, amparados en su supuesta proximidad al "genio" y desde luego a su sombra —rara es la ocasión en que cualquiera de estos parientes o semicónyuges ha hecho por sí mismo algo notable—, se ponen a largar y a echar peste sobre quien no sólo les dejó un apellido y una gratuita notoriedad, sino a menudo una herencia contante que les permite vivir sin dar apenas palo al agua. Redactan sus venenosidades si saben, y si no se las transcriben; siempre hay un editor sin escrúpulos que se las publica, y otros de la misma calaña que las hacen traducir; y siempre, me temo, el suficiente número de lectores resentidos y mezquinos que comprarán ese subproducto como una forma de consolación, porque ante la lectura de semejantes panfletos sólo puedo imaginar regocijo si lo acompaña una reflexión de este tenor: "Pues mira tú, sería genial, pero también un hijo de puta descomunal al que nadie quería, según se ve." Y quienes así reflexionan, que no suelen tener un pelo de genios ni de medio listos siquiera, se refocilan en su sandez, pensando que más vale ser sandio y mediocre que un genio cerdo y cabrón. Claro que no suelen reconocer, estos conformistas, que las más de las veces, además de sandios y mediocres, ellos son cerdos y cabrones también.
     La sucesión de estos libros-parásitos es continua. Dudo que quede alguien célebre y muerto (y pocos vivos) que no cuente ya con sus invectivas póstumas, a cargo de sus allegados o consanguíneos. Pero estas consideraciones me las ha traído la noticia del reciente y enésimo volumen que pone verde a Picasso, sin duda uno de los creadores que más han sufrido, en su ultratumba, las vendette de su interminable prole y sus despechadas sin fin. Ahora es turno de una nieta, que ha titulado su obra Picasso, mi abuelo, para no despistar. El pintor, según ella, era "un genio sin corazón", y, en un alarde de perspicacia y brillantez, confiesa que, "si ahora pudiera darle un consejo, le diría que hiciera ejercicio físico para ver si se le agrandaba un poco el corazón". Esta nieta hubo de psicoanalizarse (hay que ver) para sobrevivir al "virus Picasso", que infectó y destruyó a su familia, dice, "a base de promesas incumplidas, abuso de poder, mortificaciones, desprecio, y sobre todo incomunicación". A la vista del desaprensivo aprovechamiento de su apellido, a nadie le extrañaría que Picasso sintiera desprecio por descendiente tal, le prometiera en falso y buscara la menor comunicación posible con ella y sus similares, que luego, como se comprueba, carecen de toda discreción. Pero busca uno las infamias del genio en la noticia, y resulta que lo que más hacía sufrir a esta nieta era la "humillación" consistente en que ni a su hermano ni a ella el pintor los retrató jamás, ni en un dibujo. "Fuimos excluidos de su obra", afirma, "y eso dolía, porque si no estabas en su arte no existías para él". Así que era esto lo peor, piensa uno, y acto seguido no puede por menos de preguntarse por qué diablos iba a tener Picasso que incluir a nadie en su obra, tan sólo por un parentesco, algo sin mérito y accidental. Lo pienso más y no lo veo: no sé, es como si me viniera un sobrino a decirme lo hijoputa que soy por no haberlo retratado en ningún personaje de mis novelas o cuentos.
     Que haya seres acomplejados por una célebre figura de su familia es inevitable, supongo. Pero la culpa suele ser de estos seres más que de la figura, que a menudo se limitó a hacer su trabajo sin más. Si alguien tuvo que psicoanalizarse por ser nieta de Picasso, probablemente fue por la pusilanimidad de ese alguien y por nada más. Lo que no debería ser tan inevitable es el inmediato crédito que se otorga a los resentidos. ¿Por qué se cree lo primero que cualquiera cuenta, cuando además la divulgación de miserias ajenas, verdaderas o no, dice poco en favor de quien las divulga, y no disimula su búsqueda de beneficios a costa del traicionado? Yo no sé cómo eran Picasso ni nadie, y en verdad me trae sin cuidado si todos los genios han sido monstruos de perversión (lo dudo, pero vayan a saber). Lo que sí me salta a la vista es cómo son quienes los detestan de cerca y procuran vengarse de ofensas quizá imaginarias cuando ya se han muerto, y ganar dinero con eso y con el apellido que les abre cuentas y les permite ser "alguien" y "legitimar" sus venenos, y sobre el cual, en agradecimiento, se dedican a arrojar mondaduras y desperdicios. Y viendo bien cómo son, sabría que no podía creerles una sola palabra de lo que contaran, aunque todo fuera verdad. ~