Nuevos católicos en L.A. | Letras Libres
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Nuevos católicos en L.A.

En la misa dominical de las 10:45 a.m., en la iglesia de Santo Tomás Apóstol del distrito Pico-Union en Los Ángeles, sucede lo mismo que en las tres misas que se celebran antes por la mañana y las cuatro que seguirán a lo largo de la tarde: el templo, aun cuando puede albergar a unos mil feligreses, está abarrotado hasta las vigas. Un domingo anterior charlé con monseñor Jarlath Cunnane o el padre Jay, como es conocido entre su congregación, y me dijo: “Si contáramos con el espacio, creo que bien podrían venir otras mil personas a cada misa de domingo. Estamos llenos a reventar, y lo mismo sucede con otras iglesias de la arquidiócesis.”

En más de un sentido, éste es el mejor momento para ser católico en Los Ángeles. “En los años ochenta, advertíamos que las diócesis cerraban iglesias en toda la Costa Este de Estados Unidos”, me dijo Cunnane. Estábamos sentados en su oficina, situada frente al templo, en un edificio nuevo donde se lleva a cabo el trabajo administrativo de la parroquia. “Nuestro problema hoy es el contrario: si no fuera por la escasez de sacerdotes, estaríamos ampliando nuestra obra.”

Esta noticia resulta sorprendente si consideramos que las últimas cuatro décadas han sido una catástrofe para el catolicismo estadounidense. Las estadísticas hablan por sí solas: en 1965, había 49,000 seminaristas y en 2002, 4,700. En 1965, se contaban 1,556 preparatorias católicas; en 2002, 786. La asistencia masiva a los servicios cayó de un 74 por ciento de aquellas personas que se identificaban como católicas en 1958 a un veinticinco por ciento en 2000. El número de sacerdotes no se ha reducido tan drásticamente –58,000 en 1965 y 45,000 en 2002–, pero su edad promedio hoy día es de 56 años, y el dieciséis por ciento de ellos provienen de otros países.

No obstante, si atendemos a lo dicho por Cunnane, las cosas son diferentes en Los Ángeles. A decir verdad, lo que describió suena como un retorno a los años de gloria de la devoción católica estadounidense –la época del baby-boom, cuando los hijos y nietos de inmigrantes irlandeses, polacos e italianos, ya nacidos en Estados Unidos, llenaban un número cada vez mayor de iglesias católicas, a menudo en lugares donde no había existido antes una diócesis, y pedían a gritos más sacerdotes para decir misa, para escuchar confesiones y para impartir el bautismo, y solicitaban más escuelas parroquiales.

En aquellos días, los jóvenes católicos estadounidenses respondían a este llamado en números siempre crecientes. Ser sacerdote significaba desempeñar un papel central en la vida tanto urbana como suburbana, en el ámbito espiritual y en materia de las preocupaciones cotidianas de los feligreses. La jerarquía eclesiástica estaba constituida entonces por una abrumadora mayoría irlandesa, y aún hoy sucede lo mismo. Pero cualquier similitud con la Iglesia de finales de los años sesenta termina aquí. Y es que, aunque los sacerdotes estén cortados de la misma tela étnica que hace una generación, no sucede lo mismo con su grey: de las ocho misas que se celebran en el templo de Santo Tomás cada domingo, siete se dicen en español, lo mismo que las tres misas del sábado y dos de las tres misas diarias. Ya es una práctica común que el trabajo parroquial sea bilingüe, y es probable que los sacerdotes como Cunnane pasen la mayor parte de su vida pastoral hablando en español, y no en inglés. A los nuevos seminaristas de la arquidiócesis de Los Ángeles se les exige ser capaces de celebrar la misa en español (o en algún otro idioma de los inmigrantes católicos recientes, como el tagalo o el vietnamita) además del inglés.

El templo de Santo Tomás se ubica en el corazón de Los Ángeles, pero nada de lo que sucede ahí está fuera de lo normal. En toda California del sur, desde el Valle de San Gabriel hasta el centro de Los Ángeles, y desde Orange County hasta el Este de la ciudad, prácticamente cualquier iglesia parroquial pasa por la misma situación, o cuando menos por una similar. Como ha afirmado Fernando Guerra, profesor de la Universidad Loyola de Marymount, las iglesias de Los Ángeles se dividen actualmente en dos categorías: “son latinas o están en proceso de convertirse en latinas.” Aunque la tendencia no es tan radical en otras regiones del país, se reproduce hasta cierto punto en todas las zonas católicas de Estados Unidos. Considérese, por ejemplo, otro templo de Santo Tomás Apóstol: el que se encuentra en Smyrna, Georgia. Allí, las misas en inglés aún predominan entre semana, pero los domingos se celebran cuatro misas en inglés y tres en español, pese al hecho de que la inmigración hispana a gran escala es un fenómeno muy reciente en ese estado.

A nivel nacional, los hispanos conforman un 39 por ciento de la población católica, unos veinticinco de los 65 millones de católicos romanos; desde 1960, han constituido un 71 por ciento de los nuevos católicos en Estados Unidos. Este enorme crecimiento, tanto en términos proporcionales como absolutos, se debe en gran medida a la oleada migratoria procedente de América Latina, y sobre todo de México, que se ha registrado en el transcurso de los últimos treinta años. Hoy, más del cuarenta por ciento de los hispanos residentes en Estados Unidos, legal e ilegalmente, son nacidos en el extranjero, y el destino de la Iglesia Católica estadounidense ha quedado unido indisolublemente al de estos inmigrantes y sus descendientes.

En ningún otro lugar resulta todo esto tan claro hoy como en Los Ángeles. Un hecho clave en la historia de la ciudad (prácticamente olvidado por todos los que no son latinos) es que la gran migración de mexicanos hacia el norte durante las últimas tres décadas tiene un precedente en los años veinte, cuando una serie de oleadas de inmigrantes inundaron California tras el fracaso de la rebelión cristera y la represión sin miramientos que la siguió. Hasta cierto punto, todo esto es historia antigua, pero para muchos nuevos inmigrantes provenientes de México tiene ecos que aún resuenan.

Tras su derrota, un gran número de cristeros –algunos cálculos estiman hasta cinco por ciento de la población de México– huyeron hacia Estados Unidos. Muchos de ellos llegaron hasta Los Ángeles, donde encontraron en John Joseph Cantwell, obispo de lo que entonces era la diócesis de Los Ángeles y San Diego, a un protector. Aunque había nacido en Limerick, Irlanda, Cantwell estaba decidido a servir a su congregación hispana. Mientras se mantuvo en el cargo de obispo, Cantwell fundó misiones y parroquias hispanas por docenas –esto en un momento en que las relaciones raciales en Los Ángeles estaban por los suelos y los feligreses del obispo, en su mayoría irlandeses, no querían tener nada que ver con sus hermanos mexicanos en la fe.

Los cristeros llegaron por decenas de millares, pero la actual oleada de inmigrantes opaca sus números. Roger Mahony, el actual arzobispo cardenal de Los Ángeles, gusta de señalar que Estados Unidos está alcanzando “los niveles más altos de inmigración en la historia de nuestro país”, y para él, y otros en la jerarquía eclesiástica, los recién llegados anuncian un renacimiento del catolicismo estadounidense. Muchos dentro de la Iglesia también afirman que estos recién llegados podrían revertir la actual tendencia hacia actitudes más tolerantes en temas como la anticoncepción y el aborto –posturas que los creyentes ortodoxos califican despectivamente como “catolicismo de café”. De manera que, si Los Ángeles es el epicentro de la sorprendente hispanización de la Iglesia Católica estadounidense, también es la capital de un regreso a la ortodoxia.

La pregunta, empero, es si estos cambios anuncian algo duradero. ¿Es éste un cambio de rumbo verdadero en la historia de la Iglesia estadounidense, un cambio de rumbo que llevará a un nuevo florecimiento perdurable, o más bien se trata sólo de otro ciclo de esa historia? Algún cínico podría decir que, aun cuando la Iglesia Católica de Los Ángeles tiene un gran mercado nuevo por atender, ha tenido mercados más grandes en el pasado. Después de todo, la fe de los irlandeses y los italianos en la década de 1950 parecía indoblegable y, sin embargo, se erosionó tras el Concilio Vaticano XIX y el proceso de asimilación. Entonces, como ahora, los sacerdotes siempre describían a sus feligreses inmigrantes como poseedores de valores familiares tradicionales, herederos de una conexión histórica profunda y espiritual con el catolicismo y sabedores de que la Iglesia haría lo mejor por ellos. Como el mismo Mahony dijo a un grupo de seminaristas en un discurso reciente, la tarea pastoral de hoy entre los latinos “no es muy distinta de lo que era en otros tiempos en la vida eclesiástica de este país, cuando los inmigrantes católicos de Europa –en su mayoría irlandeses, italianos, polacos y alemanes–, que vinieron en busca de una vida mejor, le pedían a la Iglesia Católica que los asistiera en sus necesidades espirituales, materiales y legales”.

En ciertos momentos, cuando la jerarquía eclesiástica insiste en la fe inquebrantable de los católicos hispanos, aparece una suerte de optimismo ilusorio. Este optimismo parece subestimar, cuando menos, el efecto que la asimilación ha tenido en materia de ortodoxia religiosa a lo largo de toda la historia estadounidense. Cuando se trató de los hijos y nietos de los inmigrantes europeos, la Iglesia peleó una batalla contra el marco de pensamiento secular que acabó perdiendo. Conforme los inmigrantes latinos se establezcan cada vez con mayor firmeza, ¿no adoptarán ellos, a su vez, posturas que reflejen la norma estadounidense –una norma en la que los ideales religiosos de comunidad han cedido espacio al individualismo y a la búsqueda de la prosperidad? Monseñor Cunnane sin duda ha meditado sobre este problema. Cunnane, que viene de Sligo County, reconoce con pesar el declive de la fe en su natal Irlanda y dice, sobre su nuevo rebaño, “No dejaremos que esta gente se nos vaya”.

No hace falta pasar mucho tiempo con la jerarquía católica de Los Ángeles para darse cuenta de cuán profundo es el compromiso de la Iglesia para con sus feligreses latinos. Los sacerdotes con los que hablé alabaron la seriedad moral de sus fieles nuevos, y desplegaron un regocijo palpable por la profundidad de su fe, una interpretación casi romántica, idealizadora de su compromiso espiritual. Tal como lo fraseó Cunnane, “la renovación que experimentamos no se ha dado sólo en términos numéricos, sino en materia de vitalidad de la fe y sentido de comunidad”.

Esta extraordinaria manifestación de sentimientos parece tener dos sentidos. En todas las misas celebradas en español a lo largo y ancho de Los Ángeles se percibe una sensación omnipresente de devoción entre los feligreses. Aunque pueda sonar a cliché, lo que parece evidente al final de una misa en una iglesia de inmigrantes es el enorme poder de esa experiencia. Los sacerdotes de la parroquia hablan mucho sobre la necesidad de hacer que sus feligreses se sientan en casa. Para lograrlo, estos sacerdotes han intentado adaptar sus hábitos de culto.

En Santo Tomás, por ejemplo, un mariachi, con toda la parafernalia ranchera, permanece de pie tras el altar y se adelanta de manera intermitente para tocar. Además, cada vez menos iglesias en Los Ángeles recurren a las cortinas del confesionario, y aunque ésta es una tendencia cada vez más perceptible en todo el país, existe una informalidad particular y, lo que es más importante, una intimidad particular en las misas de las iglesias latinas. La gente lleva a sus hijos y los sonidos entremezclados de las risas, las lágrimas de los bebés, y los regaños y los consuelos de los padres reverberan en toda la iglesia como un contrapunto de la misa, del sermón y del canto. En Santo Tomás, el sacerdote que se mueve entre sus feligreses diciendo la homilía en español, micrófono en mano, puede parecer a los ojos de un extraño más un pastor evangélico que un sacerdote católico tradicional. Cuando se adelanta para impartir la comunión, el sacerdote es auxiliado por varias mujeres de la congregación. Casi todas son mujeres mayores y de piel morena –ésta en una congregación donde asiste a misa gente de todos los colores. La comunión se imparte a los que desean recibirla, de pie, alrededor del sacerdote. A la distancia, podría parecer como si estuvieran dando vueltas inútilmente alrededor de él, pero, claro, la verdad es todo lo contrario.

Sin duda, aún es posible escuchar una misa más formal en Los Ángeles, en inglés, de estilo más jerárquico, sobre todo en la nueva Catedral del centro. Pero muchos sacerdotes locales de las parroquias han hecho todo lo que han podido para romper las barreras entre sí mismos y sus congregaciones. Según me lo explicó monseñor David O’Conell, quien ha trabajado como sacerdote en las zonas pobres de la ciudad durante los últimos dieciocho años y es ahora párroco del templo de San Miguel en el centro de Los Ángeles: “La Iglesia siempre debe estar dispuesta a releer nuestra tradición en términos de aquellos a quienes servimos. Es lo que siempre hemos hecho.”

Desde luego, la arquidiócesis no ha roto sus vínculos con el poder para afirmarse exclusivamente del lado de los débiles y los menesterosos. En Los Ángeles, la Iglesia es una institución que ejerce un poder político inmenso, tal como lo ha hecho siempre. La ciudad tiene un establishment católico que, si bien no es tan antiguo como el de Boston o Nueva York, data de al menos la década de 1920, cuando la familia Doheny se volvió dominante. Edward L. Doheny, que hizo su fortuna cuando encontró petróleo en Los Ángeles, y que más tarde la incrementó con acciones petroleras en México, heredó millones de dólares para la construcción de la Universidad Loyola de Marymount. La colección de libros excepcionales de su esposa constituía el núcleo de la biblioteca en San Juan, el seminario diocesano. A partir de entonces, la familia Doheny se ha retirado de la escena, pero una década sí y otra también la arquidiócesis ha mantenido su influencia. Resulta emblemático el hecho de que la lista de donadores que consigna el edificio de la nueva Catedral sea una tarjeta de presentación de los poderosos de Los Ángeles, que incluye a muchos no católicos –el más notable de ellos, Eli Broad, el empresario y filántropo judío.

Existen tensiones entre la Iglesia que se concibe como institución del establishment y la Iglesia en tanto adalid de los latinos depauperados, pero rara vez se hacen visibles. Hasta donde se puede escuchar, se habla de esas tensiones de manera indirecta. Los miembros de la jerarquía dicen que se notó alguna resistencia a las misas en español cuando comenzaron a ser la norma en la arquidiócesis, y que existe algún dejo de resentimiento sobre lo ubicuas que se han vuelto. Algunos funcionarios latinos, tanto clérigos como laicos, dan a entender que la Iglesia aún tiene un largo camino por andar antes de que la jerarquía refleje propiamente la composición de la población católica de Los Ángeles. Y también se dice que fue mucho más fácil para el cardenal Mahony recaudar dinero para la nueva Catedral que recaudar dinero para mejorar los servicios en los barrios de inmigrantes o para apoyar las actividades sociales de las iglesias parroquiales.

Tras el pontificado de Juan Pablo II, la Iglesia oficial alberga muy poco del espíritu de la Teología de la Liberación, que marcó un hito en América Latina y hasta cierto punto en Estados Unidos durante los años sesenta. Y, sin embargo, en un nivel profundo, ese espíritu no se ha extinguido. Algunas homilías que escuché podrían haber sido pronunciadas por los sacerdotes izquierdistas del período inmediato posterior al Concilio Vaticano II: sacerdotes como Gustavo Gutiérrez, el teólogo dominicano, o Iván Illich, el teórico radical de la educación a quien el Papa actual, Benedicto XVI, amenazó con excomulgar cuando, llamándose aún obispo Ratzinger, encabezaba el Santo Oficio del Vaticano. La forma de organización que muchos sacerdotes de Los Ángeles aplican, y que consiste en formar grupos de vecinos llamados “comunidades de base”, era ella misma una de las innovaciones fundamentales de la Teología de la Liberación. Dentro de ciertas órdenes activas en Los Ángeles, sobre todo entre los jesuitas, las campañas de justicia social siguen proliferando y en ocasiones podría parecer como si los compromisos sociales de la Iglesia de antaño estuvieran vivos y floreciendo en Los Ángeles, sin importar cuál sea la política actual del Vaticano.

En Santo Tomás Apóstol, por ejemplo, el sacerdote de la misa a la que asistí decía que, aunque los poderosos puedan dominar la tierra, su gobierno será transitorio y su importancia no será nada comparada con la de Jesús y la fe. En cierto sentido, por supuesto, éste es el contenido estándar del Sermón de la Montaña –un folleto religioso católico romano. Quizás sea posible escuchar tales palabras en casi cualquier iglesia católica de Estados Unidos hoy en día. La diferencia, empero, era el impacto eléctrico que las palabras tenían sobre los feligreses. Una parte de la congregación asentía enfáticamente, otros apretaban los puños, otros suspiraban con alivio. Esto no pretende demeritar la centralidad del mensaje religioso del sacerdote. Después de todo era una misa, no un mitin religioso. Pero el mensaje social insertado en los pasajes de las Escrituras, sobre todo el llamado a la justicia y la confirmación de la dignidad de los pobres –esto es, de los feligreses mismos– provocaba fuertes reacciones.

Lo que dijo hoy el Padre es lo que yo siento”, fue la manera en que un fiel –inmigrante de edad madura–, me dijo más tarde, hablando en español. “No sólo sobre Dios o mis hijos, aunque eso es lo más importante de todo, sino sobre el mundo, este mundo aquí en Los Ángeles.”

Sí”, intervino su amigo, “este mundo injusto.”

¿Acaso la Iglesia ha hecho un esfuerzo excepcional por los inmigrantes latinos?, pregunté. Los dos hombres con los que charlaba sólo se rieron. “La Iglesia no necesita hacer un esfuerzo excepcional”, dijo uno de ellos. “Nos conoce perfectamente. Es parte de nosotros.”

Me pregunté si sus nietos llegarían a sentir lo mismo. Eso tal vez dependa más de la manera en que los trate Estados Unidos que de cualquier cosa que los sacerdotes puedan hacer. Pero muchos sacerdotes con los que hablé en Los Ángeles hicieron hincapié en la necesidad de que la Iglesia se adapte a sus nuevas congregaciones, tal como lo hizo el obispo Cantwell en la década de 1930. Los sacerdotes no hablaban sólo retórica o visceralmente, sino aludiendo a la misión social de la Iglesia. El padre Sean Carroll, un joven jesuita que es párroco asociado de la Misión Dolores, al Este de Los Ángeles, lo dijo de esta manera: “Nuestra misión, en tanto comunidad de fe, es tratar de hacer real el mandato de Jesucristo de la mejor manera posible, el mandato de hacer realidad lo que él anhelaba.” Y agregó: “Nuestro esfuerzo es parte de lo que significa para nosotros construir el reino de Dios. Nuestro compromiso en la vida cívica ayuda a que eso suceda. No vemos esto como algo separado de nuestra vocación religiosa, sino como algo esencial a ella.”

Estos compromisos han hecho de sacerdotes como Carroll héroes para muchos en la comunidad latina de Los Ángeles. En ocasiones, la reverencia con que se los trata, rayana en la adulación, puede llegar al hartazgo. Y, sin embargo, dicho llanamente, es una reverencia que se funda en la necesidad. Los sacerdotes, por su parte, están dolorosamente conscientes de que, como lo dice monseñor O’Connell, “para muchos inmigrantes, la Iglesia es la institución mediadora en la que más confían, en la que sienten que ya tienen un punto de apoyo y en donde son tratados con respeto”. El propio O’Connell pasa una gran parte de su tiempo intentando servir como mediador entre la comunidad de inmigrantes, incluidos los que están ilegalmente en Estados Unidos, y las autoridades locales. Mucha gente de su parroquia, según me dijo, “existe en la economía informal, una economía del efectivo. También viven en una cultura en la que hay demasiada violencia entre pandillas. Lo que hacemos a menudo es ir a un barrio, decir misa y luego charlar con la gente sobre los temas que más les preocupan. A menudo, ese tema es el delito. Así que tratamos de llevarlos a conocer al capitán local de la policía. Este esfuerzo pretende darles una voz más fuerte en la comunidad local”.

Durante los últimos veinticinco años, gran número de personas en toda América Latina se ha convertido al protestantismo. En los poblados más pequeños de Tabasco o del Noreste de Brasil, uno puede ver iglesias evangélicas en zonas comerciales que compiten con los católicos para ganar más adherentes. En Guatemala, el ejemplo más representativo de este fenómeno, un sesenta por ciento de la población es pentecostal o carismática. Y esta tendencia se ha extendido entre los hispanos de Estados Unidos, donde el culto pentecostal se ha vuelto un fenómeno extraordinario. Resulta curioso que el culto pentecostal moderno haya nacido en Los Ángeles en 1906, cuando William J. Seymor, hijo de ex esclavos, comenzó a predicar en un edificio abandonado de la calle Azusa, en lo que ahora es el barrio de Little Tokyo. En los estudios sobre pentecostalismo, esto se conoce como el resurgimiento de la Calle Azusa, y desde un inicio los latinos tuvieron que ver en ello.

Actualmente, un veinte por ciento de los hispanos estadounidenses son pentecostales, y sus templos, ya sean edificios religiosos convencionales o simples locales de comercio, pueden encontrarse en cada barrio de la California hispana del sur.

Felipe Ugalde
Los líderes pentecostales insisten en que su Iglesia crece a un ritmo constante, y en que es visible en muchas partes de Los Ángeles. Por ejemplo, alrededor del MacArthur Park, que está a unos cuantos minutos en automóvil de Santo Tomás Apóstol, los predicadores, hombres y mujeres, recitan sermones en español a través de altoparlantes metálicos, con sus Biblias en mano.

Algunos ministros pentecostales de Los Ángeles afirman que la Iglesia Católica es aún demasiado jerárquica. Cuando hablé con el reverendo Sammy Fernández, de la iglesia de La Puerta Abierta, al Este de Los Ángeles, me dijo: “La gente ama tocar a Dios por sí misma.” En los templos católicos, e incluso en los protestantes tradicionales, agregó, “Dios está allá afuera en alguna parte. Probablemente está muy ocupado para tocarnos a nosotros, pequeños peones. Pero nuestra fe se basa en la habilidad para expresarse libremente y en la presencia del Señor”.

El lenguaje de Fernández era el habla de la fe, pero a diferencia de los católicos que conocí en Los Ángeles, usaba también el lenguaje del capitalismo. La visión católica enfatiza la justicia social, al tiempo que alienta a la gente a organizarse e incluso, al menos implícitamente, se los exige (y tiene altas expectativas respecto del Estado). En contraste, me pareció que la visión de Fernández estaba más cerca de la de Margaret Thatcher o Ronald Reagan, y es casi seguro que parte del atractivo del culto pentecostal, por lo general entre los inmigrantes, es el énfasis que pone en la prosperidad, a diferencia del énfasis católico tradicional sobre el tema de la solidaridad. “Quien quiera algo, que lo haga por sí mismo”, es una frase que Fernández gusta decir a sus feligreses. “No molestes al pastor. Hazlo por ti mismo.”

Ni los protestantes ni los católicos ansiaban hablar sobre las tensiones existentes entre ellos, pero esas tensiones son palpables en Los Ángeles. “La Iglesia Católica Romana nos ve como pequeños comercios”, señaló Fernández. “Asume que, sin importar lo que hagan, los latinos siempre serán católicos. Pero hemos demostrado que están equivocados. Sencillamente, ésos son los hechos.”

Fernández no negó que estaba haciendo proselitismo, aunque no se mostró dispuesto a señalar a los católicos en particular. “Nosotros enseñamos que seremos recompensados en el cielo por las almas que llevemos a los pies del Señor”, me dijo. Después de que Santo Tomás resultara dañada en un incendio en 1999, un grupo de pentecostales llegó a predicar frente a la iglesia, exhortando a los feligreses a unirse a ellos. El proselitismo es continuo, en las calles, con los ministros que van puerta por puerta, e incluso en los lugares de trabajo. En Santo Tomás, Cunnane me dijo que, estando en un restaurante, había escuchado a un pentecostal y a un católico discutiendo en español sobre un pasaje bíblico. El pentecostal, al parecer, había llevado su propia Biblia al trabajo.

Ninguno de los católicos con los que charlé creía que la historia de la Iglesia la hiciera menos capaz de acercarse a la gente (una acusación normal de los pentecostales). Los católicos sencillamente reafirman el objetivo de la justicia social junto con el de la catequesis. Históricamente, esto es casi sin duda más fácil para la Iglesia Católica que para cualquier otro grupo religioso, pues tiene un evangelio social desarrollado por siglos y un lenguaje muy elaborado para defenderlo, tanto cuando levanta su propia voz en el debate como cuando busca ayudar a que las voces de sus feligreses sean escuchadas. Y, contrariamente a lo que el reverendo Fernández dijo, yo no vi ningún indicio de desdén contra la Iglesia, ni en materia de sus enseñanzas –algunas de las cuales avergüenzan a los católicos liberales, como es el caso de la anticoncepción y el celibato–, ni en términos de su activismo.

En un nivel profundo, ese activismo ha tomado y aún toma muchas formas, formas que van hasta el mes de oración y ayuno que la Misión Dolores inició en apoyo de los derechos laborales y humanos de los inmigrantes en Washington, y para alentar la participación en las marchas multitudinarias por los derechos de los inmigrantes que se llevaron a cabo en Los Ángeles la primavera pasada, cuando el congresista F. James Sensenbrenner Jr., un republicano de Wisconsin, presentó ante la Cámara de Representantes una iniciativa de ley antiinmigrantes. La iniciativa apoyada por Sensenbrenner fue un aguijonazo particularmente doloroso, porque no sólo hacía que la entrada ilegal a Estados Unidos se considerara un delito, sino que también imponía castigos a cualquiera que proporcionara ayuda a los inmigrantes ilegales. Desde el punto de vista de los sacerdotes, esta propuesta de ley habría culpabilizado casi cualquier aspecto de su propio trabajo y, como algunos señalaron, habría forzado a los sacerdotes a repudiar la esencia de su compromiso con los feligreses. Pero no había necesidad de que los sacerdotes en particular anunciaran que desafiarían la ley (que, de hecho, murió en el Senado gracias a la feroz oposición del senador John McCain, así como a la negativa del presidente Bush a impulsar esa reforma). Como recordaba el padre Carroll: “Cuando la iniciativa Sensenbrenner se presentó, el Cardenal anunció que, de convertirse en ley, le pediría a sus sacerdotes que la desobedecieran –esto es, que continuaran sirviendo a los inmigrantes. Lo que estaba diciendo, por supuesto, es que se trataba de una ley injusta.”

Dado el descontrol –tanto material como ideológico– que ha producido la llegada de millones de inmigrantes hispanos a Los Ángeles en el transcurso de los últimos veinticinco años, tal vez sea una fortuna que su arzobispo haya sido un hombre cuyo compromiso con su labor y con los derechos de los inmigrantes se remonte literalmente a su niñez. Alto, delgado y de movimientos austeros, el cardenal Roger Mahony, ahora de setenta años, es un representante paradigmático del catolicismo estadounidense, un hombre que se convirtió en sacerdote en una época en que los irlandeses dominaban la Iglesia Católica tanto en Los Ángeles como en el país entero. Cuando fue ungido cardenal en 1991, a Mahony se lo veía dentro de la Iglesia como alguien conservador en comparación con otros. Hoy, empero, a menudo es descrito como el último de los leones liberales, una suerte de equivalente sacerdotal, en el Colegio Cardenalicio, al senador Edward Kennedy en el Senado de Estados Unidos. El cardenal Mahony ha hecho hincapié en la continua oposición de la Iglesia al aborto y la eutanasia, y ha insistido en que es en este contexto donde su apoyo a los derechos de los inmigrantes se debe entender –en otras palabras, ha subrayado que todos forman parte de la cultura de la vida que defiende la Iglesia. Resulta sorprendente que esta constelación de opiniones se entreteja perfectamente con la de los católicos hispanos de Los Ángeles, quienes son ellos mismos abrumadoramente liberales en el sentido económico y conservadores en el sentido social.

La arquidiócesis se ha encargado de afianzar esta relación. Por ejemplo, en sus publicaciones en lengua española, al Cardenal casi siempre se lo llama “Rogelio Mahony”. Uno de los admiradores latinos de Mahony, Louis Velásquez, el antiguo encargado de la asistencia hispana para la arquidiócesis, llegó a reiterarme que “el Cardenal habla español con acento estadounidense, pero tiene un corazón mexicano”. Y en conversaciones en español con gente de las parroquias de todo Los Ángeles, descubrí que alguna versión de este sentimiento era compartida ampliamente y expresada de buena gana, casi como una especie de devoción.

El Cardenal es uno de nosotros”, dijo una mujer de edad después de la misa en Santo Tomás Apóstol. “Usted no necesita preguntar más.” Su hija, que la sostenía con el brazo, asintió.

Mahony nació en Hollywood en 1936. Su padre tenía una planta procesadora avícola cuya fuerza de trabajo era en su gran mayoría latina, incluso allá en los años cuarenta. “En mis años de infancia –me dijo– fui testigo de las dificultades que padecían los inmigrantes. De niño solía trabajar en la fábrica de mi padre, y recuerdo el día en que la Patrulla Fronteriza hizo una redada. Esos hombres entraron con pistolas como si estuviera ocurriendo un asalto bancario. ¡Y la forma en que trataban a la gente! Como si fueran basura.” Después de una pausa, Mahony dijo, pensativo: “Desde ese día y hasta ahora, creo que mi vida y la de los inmigrantes están engarzadas”.

Como estudiante en el Seminario de Saint John, a principios de los sesenta, Mahony, que ya entonces era una rareza entre sus compañeros porque hablaba español, enseñaba catecismo a los trabajadores de las granjas locales (Saint John está en Ventura County, en el corazón de las plantaciones de aguacate, y la gran mayoría de los trabajadores de allí son hispanos). Cuando habla de los peones de las granjas, su tono se vuelve casi reverencial. “Fui testigo de los sacrificios que hacían –me dijo–, vi bondad y generosidad en sus rostros.”

Mahony divide la historia de su propia vocación en dos períodos: el tiempo que transcurrió antes de 1965, cuando, como él mismo dice, “yo estaba al tanto principalmente de las necesidades pastorales de los inmigrantes”, y los años que vinieron después, cuando, según afirma, “la Iglesia se compenetró cada vez más en temas de justicia social hacia los inmigrantes”. Mahony mismo se ordenó en Fresno –otra diócesis agrícola con una fuerte inmigración– en 1962, durante el período en que César Chávez comenzó en serio su campaña a favor de los derechos de los trabajadores agrícolas. Mahony estuvo cerca de Chávez, y las fotografías de la época muestran al joven sacerdote diciendo misa parado en la caja de carga de una pickup. Su participación fue tal que en 1975 –Mahony era entonces obispo auxiliar de Fresno– el gobernador Jerry Brown lo nombró para que encabezara la nueva Junta para las Relaciones Laborales Agrícolas de California. Efectivamente, se convirtió en el principal negociador en una serie de conflictos laborales que culminaron en una tensa paz entre los granjeros y los trabajadores agrícolas, una paz tensa que persiste hasta hoy.

En tanto primer obispo angelino (fue investido en 1985), Mahony era particularmente sensible a los extraordinarios cambios demográficos que tenían lugar en el sur de California. No había ceñido la mitra durante mucho tiempo cuando ya ordenaba que cualquiera que se graduara del seminario debía ser capaz de hablar una segunda lengua con el nivel suficiente para decir misa y escuchar la confesión. En términos prácticos, esto representaba una “bilingüización” de facto en la arquidiócesis. Aunque hay un número importante de católicos filipinos, vietnamitas, coreanos y samoanos en Los Ángeles hoy día, la base de la Iglesia es hispana, y considerando que esto puede seguir así al menos en un futuro próximo, la necesidad más apremiante es conseguir sacerdotes que hablen español. Sin duda, desde que Mahony lo decidió así, la españolización de la Iglesia ha superado cualquier cosa que él hubiera imaginado en su momento.

En consecuencia, la Iglesia ha desplazado su atención de los derechos laborales para los residentes legales en Estados Unidos a los derechos de los inmigrantes. Mahony concibe su misión como un mandato bíblico. En un discurso reciente en Saint John dijo: “Si ustedes buscan hoy a los más vulnerables, ellos son los mismos que han sido señalados por los profetas: personas pobres, madres solteras, niños e inmigrantes.” “En otras palabras –continúo– el desafío de los profetas está aquí ahora ante nosotros.”

Para Mahony no hay nada nuevo en esto. “La Iglesia –me decía– ha servido de manera directa durante siglos, y ha hecho labor de defensa también.” Pero no cabe duda de que la iniciativa Sensenbrenner y el ascenso de un nacionalismo virulento en Estados Unidos, sobre todo en los programas de radio conservadores, tuvieron cierto papel en la concientización de la arquidiócesis de Los Ángeles y de Mahony en lo personal. La Iglesia ya había hecho campañas fuertes, pero, según me dijo el Cardenal, quienes apoyaban las restricciones a la inmigración en el Congreso “lanzaron un jonrón para nosotros al presentar una iniciativa tan contraria al espíritu de Estados Unidos”. No fue sólo la arquidiócesis la que adquirió conciencia con la iniciativa Sensenbrenner. La primavera pasada, una serie de marchas a favor de la inmigración inundaron Los Ángeles. No estaban dirigidas por la Iglesia, pero una vez que los sacerdotes se dieron cuenta de que las manifestaciones estaban generando un fenómeno de gran relevancia, la Iglesia se unió a una amplia coalición de sindicatos y grupos de activistas que estaban comprometidos a hacer que las marchas funcionaran. Resultó entonces que las manifestaciones tuvieron un éxito mayor del que esperaban los organizadores. Y sin duda nadie que conociera a Mahony se sorprendió al verlo en la marcha convocada en la tarde del 1o de mayo sin su vestimenta de prelado, y con una camiseta en la que se leía “Nosotros somos Estados Unidos”, en inglés, español y coreano.

Los Ángeles, por supuesto, sigue siendo una ciudad dividida, y mientras que los feligreses hispanos de Mahony lo consideran un héroe, mucha gente pudiente del West Side anglosajón, católicos y no católicos por igual, lo critican por su compromiso con los derechos de los inmigrantes y, sobre todo, por su supuesta confabulación en la transferencia de sacerdotes involucrados en casos de pedofilia –parte del escándalo de abuso sexual que ha puesto de rodillas a la Iglesia Católica estadounidense en los últimos años, y que ha llevado a varias diócesis a la bancarrota. Algunos de estos críticos llegan incluso a decir que el compromiso del Cardenal con los latinos en su diócesis es una forma de desviar la atención del escándalo, y cada tanto, frente a la Catedral, se realizan manifestaciones escandalosas y llenas de rencor, lo que enfurece principalmente a los feligreses hispanos. Nunca escuché a ningún católico hispano con el que hablara en los templos parroquiales de toda la ciudad traer a colación el tema del abuso sexual –un testimonio, tal vez, del inmenso abismo entre el West Side y el East Side de Los Ángeles, anglo e hispano, respectivamente.

En tanto asunto práctico, el compromiso de la Iglesia con la causa de los inmigrantes trasciende ahora, por mucho, el compromiso de cualquier individuo, incluso del Cardenal. Como lo fraseó monseñor John Moretta, párroco de la iglesia de la Resurrección: “Pienso que la Iglesia siempre defenderá el derecho de la gente a estar donde pueda vivir mejor. Tomamos esa postura cuando los irlandeses llegaron y cuando llegaron los italianos, y ahora hacemos lo mismo con los latinos.” Moretta agregó que los cambios en algunas atmósferas del ritual eclesiástico, así como el énfasis en ciertos santos del calendario más que en otros, ha sido una manera no muy diferente de convocar a los fieles con respecto a lo que hizo la Iglesia durante la gran migración europea católica a Estados Unidos en los últimos años del siglo XIX.

Moretta podría tener razón. Pero esto no hace que la transformación sea menos estremecedora. Quizás el cambio más notable de todos, simbólicamente, sea la nueva centralidad de la Virgen de Guadalupe, venerada en Los Ángeles setenta años antes por los cristeros y venerada hoy por los inmigrantes ilegales. Lo difícil para la arquidiócesis es que, mientras que la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar central en la imaginación religiosa de los mexicanos –“¿quién en México no es guadalupano?”, fueron las palabras de Moretta– ella no ha sido tremendamente importante en la tradición ni para los católicos anglosajones ni, lo que es más relevante, para los cientos de miles de centroamericanos que viven en Los Ángeles. Moretta me dijo, un tanto tangencialmente: “Estamos haciendo un gran esfuerzo por ser incluyentes con la Virgen de Guadalupe. En el pasado, eran las parroquias mexicanas las que más la celebraban, pero hoy en día estamos haciendo un gran esfuerzo para dar la mano a los vietnamitas, los coreanos y los filipinos. El 3 de diciembre, cuando la procesión anual en su honor tenga lugar, y después, el 12 de diciembre, cuando celebremos su fiesta, mucha gente además de los mexicanos participará.”

En realidad, la Iglesia Católica, tanto en Estados Unidos como en América Latina, ha intentado “desmexicanizarse” –para usar la caracterización tan apta de Louis Velásquez. Desde hace tiempo, la Iglesia Romana había querido darle a la Virgen de Guadalupe la misma importancia capital que tiene en México para toda América. En 1999, el Papa Juan Pablo II la declaró Patrona de América, y tres años más tarde canonizó a Juan Diego. En Los Ángeles, como me dijo el padre Scott Santarosa de la Misión Dolores, mucha gente ya siente a la Virgen de Guadalupe no sólo como la Patrona de América, sino como la madre de todos los inmigrantes. En realidad, ése fue el tema de la marcha en su honor hace un par de meses, el 3 de diciembre.

Lo que sucede en Los Ángeles es que se va borrando la frontera entre el catolicismo de Estados Unidos y el catolicismo del resto de América. Cuando le pregunté a Mahony sobre la Virgen de Guadalupe o sobre la postura de la Iglesia respecto de la inmigración, se refirió a estudios y declaraciones publicados en conjunto por prelados estadounidenses y mexicanos. En cierto sentido, la inmigración masiva y la interdependencia económica no han hecho sino diluir la frontera sur de California, de manera que la hispanización de la Iglesia Católica estadounidense ha hecho de California parte de un solo catolicismo panamericano.

Pero incluso la Virgen de Guadalupe, poderosa como lo es en términos simbólicos, sería nada más un símbolo si los católicos hispanos no estuvieran convencidos de la sinceridad del compromiso que la Iglesia ha adquirido con ellos. La autoridad de la Iglesia en Los Ángeles se reduce, en última instancia, al hecho de que, para los pobres, ha estado y sigue estando a la altura de sus necesidades. A la hora de la verdad, ¿hay alguna otra institución a la que un inmigrante pobre pueda confiarle su vida espiritual y su destino material?

El padre Gregory Boyle, un jesuita que dirigía la Misión Dolores cuando las cosas estaban de lo más tensas al Este de Los Ángeles y que ahora encabeza las Industrias Homeboy –un grupo que ayuda a los miembros de las pandillas (su lema es “Nada como el trabajo para detener una bala”)–, resumiría todo al decir: “Como sacerdote, siempre estás relacionando el Evangelio con la vida de las personas.” Y continuaba: “La evasión no es nuestro estilo, mucho menos la experiencia desconectada y aburrida que temo que algunos católicos recuerdan.” Lo que inspira a Boyle, según él mismo, es ver a las mujeres que se enfrentan a los pandilleros mientras sus esposos, como dijo con sarcasmo, “se sientan frente a sus televisores a mirar telenovelas”. Ver a esas mujeres afrontar algunos de los problemas más difíciles y perentorios en sus propias comunidades es preguntarse, sin un trazo de sentimentalismo: “¿Qué haría Jesús? ¿Cómo le respondería Cristo a un pandillero?”

Según dice Boyle: “Uno no evangeliza a los pobres: los pobres lo evangelizan a uno. Lo aprendí cuando era un joven sacerdote en Bolivia, hace mucho tiempo, y es mi experiencia incesante. La sencilla verdad es que aquí uno está llamado a algo más profundo, radical, más creíble.” ¿Y dónde queda él en todo esto? ¿Dónde queda la Iglesia? Boyle hizo una pausa, y luego dijo: “Siempre estás parado junto a los discriminados, para que la discriminación termine. Siempre acompañas a la gente que está fuera del círculo de la compasión, para que el círculo de la compasión crezca. Siempre estás en los márgenes, para que los márgenes desaparezcan de una vez y para siempre. Y siempre estás con los desechables, para que la gente deje de ser desechable.”

El catolicismo del jesuita Boyle, que se remonta a la Teología de la Liberación y que está comprometido a mantener la solidaridad con los pobres, es un catolicismo cuya autoridad y relevancia resultan inmediatamente claras en las calles del Este de Los Ángeles. Pero, históricamente, interpretaciones radicales del Sermón de la Montaña –como ésta– siempre han entrado en conflicto, dentro de la Iglesia, con el catolicismo que dice a su rebaño que debe dar al César lo que es del César y que acepta que los pobres siempre estarán entre nosotros. Ésta es una tensión tan vieja como la Iglesia misma. Por el momento, la Mitra de Los Ángeles está más cerca de la postura de Greg Boyle de lo que ha estado durante décadas. La pregunta, por supuesto, es si una jerarquía cada vez más conservadora, tanto en Roma como en Estados Unidos, permitirá que esto siga o alterará el rumbo de las cosas. Es esta decisión lo que determinará, en última instancia, si la hispanización de la Iglesia Católica estadounidense experimentará un renacimiento o si, después de todo, se tratará de un falso albor. ~


Traducción de Marianela Santoveña