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Nueva York hispano

La tercera parte de la población de Nueva York es hispana. Además, Nueva York concentra la mayor diversidad de hispanos en el mundo. Ya era tiempo de que se explicara por qué, y eso se propone Nueva York (1613-1945), la exposición que con este título –así, en castellano– se presenta en el Museo del Barrio de septiembre a enero y que es producto de la colaboración entre la New York Historical Society, el mismo Museo del Barrio y académicos de Estados Unidos y América Latina.

Nueva York (1613-1945) incluye videos, mapas, cartas, pinturas, dibujos –todo ello procedente de los acervos de los dos museos y de colecciones privadas– y un documental de Ric Burns realizado especialmente para la ocasión. El distinguido historiador Mike Wallace, ganador del premio Pulitzer como coautor de Gotham: A history of New York City to 1898, encabezó el equipo curatorial. Converso con él en Manhattan.

 

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Nueva Ámsterdam, que terminaría por convertirse en Nueva York, estuvo poblada por holandeses e indios lenapes. Pero recientemente se descubrió que también hubo al menos un marinero hispano. ¿Quién era?

El marco temporal de la exposición inicia en 1613, porque ese año un barco holandés dejó en la costa de Manhattan a un tal Jan Rodrigues, descrito como “un mulato nacido en Santo Domingo, al que le habían dado una escopeta, una espada, algunos cuchillos y hachas”, probablemente dejado ahí para comerciar con los lenapes hasta que el buque regresara al año siguiente. Durante el transcurso de 1614, en efecto, varios buques holandeses se toparon con Rodrigues, pero el personaje luego se esfuma de la historia. Diez años después, en 1624, llega a esas mismas costas la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, fecha que marca el asentamiento de pobladores no indígenas en Nueva York.

 

¿Cuándo y por qué se establecen los primeros españoles y latinoamericanos en Nueva York?

Nueva York fue colonizada por protestantes holandeses que odiaban a su soberano católico español. Los ingleses, que habían tomado la isla en 1664, coincidían en el mismo odio. Habían luchado guerra tras guerra en contra de los españoles y durante la mayor parte de su dominio reprimieron el catolicismo en Nueva York, castigando so pena de muerte la presencia de curas y excluyendo del voto a los papistas. Holandeses e ingleses consideraban a los españoles bárbaros, déspotas y crueles.

La situación cambió con la guerra de independencia, cuando España ayudó a los rebeldes a hostigar a sus rivales británicos y un pequeño grupo de diplomáticos y mercaderes se asentaron en la ciudad. En 1784 se permitió el culto católico y se construyó St. Pete’s, la primera iglesia católica de la ciudad financiada con ayuda de Carlos III de España, el arzobispo de México y el obispo de Puebla –hoy, irónicamente, fuente principal de migrantes sin dinero.

Al tiempo que España establecía una presencia en Nueva York, Francisco de Miranda, apóstol del movimiento independentista latinoamericano, llegó a la ciudad para obtener el patrocinio de neoyorquinos prominentes con el fin de liberar a Sudamérica de la “tiranía española”. Le tomó veinte años, pero en 1806 Miranda arrendó un buque cargado de municiones y, con cerca de 180 voluntarios neoyorquinos, zarpó para liberar a Venezuela. La expedición fracasó, pero inspiró a Bolívar y a otros futuros revolucionarios.

En el siglo XIX avanza la presencia de hispanos en Nueva York. Al principio de ese siglo surgieron dos pequeñísimas comunidades. Una, de españoles peninsulares, principalmente mercaderes vendedores de vino y aceite; la otra, de cubanos, principalmente mercaderes vendedores de azúcar. Tras las guerras de independencia de América Latina, el comercio intercontinental se expandió. A Nueva York llegaba plata de México, cuero de Argentina, guano de Perú y café de Venezuela y Brasil. Y a cambio, de la ciudad se enviaba harina que llegaba por el Canal de Erie y productos de su próspero sector manufacturero: desde libros y billetes de banco hasta locomotoras y maquinaria para procesar caña de azúcar.

La conexión dominante siguió siendo con Cuba y Puerto Rico, y la importación del azúcar se convirtió en la fuente de muchas fortunas neoyorquinas de peso. Los Havemeyers construyeron refinerías ayudando a convertir a la ciudad en el productor de azúcar más importante del planeta. Otras dinastías de mercaderes azucareros, como la de Moses Taylor, que fundó City Bank (hoy Citibank), reciclaron sus ganancias hacia el floreciente sector bancario.

Nueva York se convirtió además en refugio de rebeldes cubanos y puertorriqueños –desde Félix Varela y José María Heredia en los 1820, pasando por Cirilo Villaverde y Emilia Casanova, que durante la guerra de los diez años (1868-1878) trasladaron armas del Bronx a Cuba, hasta José Martí, que en los 1880 y 1890 organizó, y en 1895 emprendió, la rebelión que se convirtió en la guerra hispano-cubano-americana.

Otros exiliados políticos latinoamericanos también se albergaron y organizaron en Nueva York, incluyendo, en 1864, a la familia del presidente Benito Juárez y a funcionarios republicanos, cuyo Club Mexicano de Nueva York obtuvo apoyo estadounidense para restaurar la república.

 

¿Cómo es que aquí, en una ciudad anglosajona, Martí fragua el ideal de la hispanidad?

Martí se sostuvo como periodista. Documentó perspicazmente la cultura y la política de Nueva York y de Estados Unidos para periódicos de la ciudad de México, Caracas y Buenos Aires. Contribuyó en los emergentes periódicos y revistas en español publicados en la ciudad, como La Revista Ilustrada de Nueva York. También ayudó a fundar el Spanish-American Literary Society of New York en 1887, un club social y literario que celebraba “Noches Americanas”, cada una de ellas dedicada a uno de los países de América. Gotham –Nueva York– se estaba convirtiendo en un punto de encuentro para escritores de tierras distantes y en un crisol de la naciente tradición literaria panhispana.

 

La doctrina Monroe, “América para los americanos”, aparentaba tener el mismo espíritu que el de la Hispanidad: la unidad del continente en contra del imperialismo europeo. En realidad, encubrió el expansionismo yanqui en América Latina. ¿Por qué prefirió Estados Unidos el expansionismo en vez de la solidaridad con
el continente?

En última instancia, la finalidad de la doctrina Monroe no fue aliarse con América Latina sino protegerse de rivales europeos. Fue motivada por las mismas razones por las que los europeos se expandieron hacia África y Asia: la búsqueda de ganancias y la convicción de contar con la supremacía racial y religiosa. América Latina fue un valiosísimo manantial de materia prima, mercados, fuerza laboral y oportunidades de inversión. Y los anglosajones protestantes se sentían superiores a los católicos “morenos”. Con la doctrina Monroe, Estados Unidos se autoproclamó protagonista de su tiempo con derecho a una esfera de influencia propia.

 

¿Por eso los estadounidenses se refieren a Estados Unidos como “América”, el nombre que los hispanos usamos para referirnos a todo el continente?

La razón es resultado de una combinación de ignorancia, arrogancia y facilidad de expresión. En el fondo, convertir “Estados Unidos” en un adjetivo no es sencillo y suena torpe. Es mucho más fácil decir “I’m an American” que “I’m a United-States-an”.

 

¿Qué papel juega la conexión norte-sur en el encumbramiento económico de Nueva York en los siglos XIX y XX?

La mayoría de las grandes fortunas de Nueva York se acumularon gracias a la conexión norte-sur y no al lazo este-oeste-Europa, que es al que habitualmente se hace referencia. Ejemplo de ello son las incursiones de las dinastías de los Guggenheim en México, los Rockefeller en Venezuela y los Grace en el Perú, así como las de las empresas RCA, ITTy Pan Am y de los bancos JP Morgan y Citibank en toda América Latina.

 

El relato sobre los millones de inmigrantes europeos pobres que arribaban a Nueva York es muy conocido. Paralelamente, pero mucho menos narrada, hubo una gran explosión de las comunidades hispanas.

Durante el siglo XIX y principios del XX la inmigración procedente de España y de las antes y restantes colonias españolas siguió siendo modesta comparada con las oleadas sucesivas de irlandeses, alemanes, judíos e italianos. Es realmente hasta después de la Segunda Guerra Mundial que la migración puertorriqueña se volvió un fenómeno de masas y el preludio de la llegada de masas de latinoamericanos. Hoy Nueva York es hispano en una tercera parte.

 

La exposición Nueva York concluye en 1945. ¿Por qué?

Porque el aumento impresionante de arribos de hispanos a la ciudad –lo más reciente es la repentina oleada de migrantes mexicanos– está provocando una transformación cuantitativa y cualitativa de la ciudad que todavía no podemos terminar de comprender. Por primera vez, los hispanos tienen la presencia masiva característica de las comunidades de inmigrantes de antaño –y tendrán más y más poder económico, político, cultural y lingüístico, cosa que habrá que tomar en cuenta.

 

¿Aún no se toma en cuenta? ¿Los neoyorquinos todavía no asumen la importancia de esa migración o no pueden calcular todavía su impacto?

Todavía no la toman en cuenta las instituciones culturales de importancia. Y tampoco se ha comprendido bien el efecto de esta transformación irreversible. Es por eso que decidí ayudar a organizar Nueva York. ~