Nostalgia por un mundo peor | Letras Libres
artículo no publicado

Nostalgia por un mundo peor

Es común, especialmente entre quienes tienen más de cincuenta años y viven en países desarrollados, sentir que todo tiempo pasado fue mejor. Hace treinta años, por ejemplo, las confrontaciones ideológicas internacionales producían guerras en países pobres, no como ahora, que el asesinato indiscriminado de miles de civiles inocentes sucede en las grandes ciudades del mundo desarrollado. Antes África, América Latina y Europa Oriental no eran la fuente del tsunami de pobres que en la actualidad invaden Europa y Estados Unidos. Antes China exportaba jarrones antiguos, no manufacturas que generan creciente desempleo o descensos en los salarios en los países cuyas fábricas no logran competir con costos inalcanzablemente bajos. Hace treinta años ni el sida, ni el síndrome respiratorio agudo severo, ni la gripa aviar ni ninguna otra pandemia figuraba de manera significativa en las preocupaciones cotidianas del mundo desarrollado. En 1975 una película, con el entonces joven actor Gene Hackman, titulada Conexión en Francia, mostraba cómo los narcotraficantes utilizaban Marsella como punto de entrada para su letal mercancía: todo giraba alrededor de un paquete de cinco kilogramos de droga. Hace pocos meses, la policía holandesa interceptó un cargamento de casi una tonelada y media de cocaína en Kenya, transportado por una red de venezolanos para distribuirla en Europa. En fin, en vista de las angustias de todo tipo que hoy causan zozobra, parece casi obvio que todo tiempo pasado fue mejor. Pero no es así.

Para la gran mayoría de los habitantes del planeta, la situación de hoy es muy superior a la que se vivía hace treinta años. La población mundial que vive en la pobreza extrema –es decir con menos de un dólar por día– cayó del 63 por ciento en 1950 a 35 por ciento en 1980 y a doce por ciento en 1999, y ha seguido disminuyendo en lo que va de esta década. Esto no quiere decir que la pobreza no siga siendo un inmenso problema ni que la mejora haya sido igual en todas partes. En África y los países de la antigua Unión Soviética, la pobreza no se ha aliviado al ritmo en que lo ha hecho en el resto del mundo. Pero hay otros indicadores sociales y económicos que sí han mejorado en todas partes: la mortalidad infantil ha diminuido en todas las regiones del mundo, y la esperanza de vida ha mejorado también. A mediados de los años setenta se esperaba que una persona viviera 72 años en los países desarrollados y 59 en los más pobres. Ahora, esa expectativa es de 74 y 62.4 años, respectivamente. La proporción de los habitantes del planeta que pasan hambre –es decir, que ingieren menos de 2,200 calorías por día– ha disminuido del 56 por ciento a mediados de los sesenta a menos de diez por ciento actualmente. En los años cincuenta, la mitad del mundo no sabía leer y escribir. Hoy, el analfabetismo se ha reducido al diecinueve por ciento de la población y sigue en descenso. Esto es especialmente cierto entre las mujeres, que en 1970 constituían el 59 por ciento de las personas capaces de leer y escribir y ahora son el ochenta por ciento. En las aulas del mundo, cada vez con más frecuencia las niñas son más que los varones, y la brecha educativa entre los sexos es ahora menor que nunca antes en la historia de la humanidad. En 1960, el veinticinco por ciento de los niños en edad escolar trabajaba tiempo completo. Ahora es el diez por ciento.

El progreso es aún mas amplio cuando se incluyen otros indicadores: acceso a electricidad y agua potable, a teléfonos, televisión, radio, automóviles y otros bienes materiales. En general, el número de personas que disponen de estos servicios y productos ha aumentado muchísimo en las últimas tres décadas, y en algunos casos el aumento no sólo es en el número absoluto de personas, sino que, a pesar del rápido crecimiento poblacional, también han subido en porcentaje. Francis Hylighen y Jan Bernheim, dos investigadores belgas, han desarrollado un modelo que incorpora un gran número de variables: probabilidad de muerte por accidente, homicidio o guerra; libertades políticas y económicas; protección de los derechos humanos; acceso a la información, etc. Su análisis no sólo concluye que ha habido un progreso cuantitativo en todos los frentes, sino que hasta hay indicios de un aumento en el coeficiente intelectual promedio de la población mundial.

La Guerra Fría –con su potencial de aniquilamiento de la especie humana– concluyó sin violencia. Hoy en día toda Europa es libre y se está integrando de maneras que no tienen precedentes. Continentes enteros, antes dominados por tiranos que parecían perpetuos, ahora cambian regularmente de gobiernos a través del voto popular. Los dictadores, que antes solían terminar sus vidas opulenta y apaciblemente en la Costa Azul francesa, ahora la terminan ante un tribunal en La Haya, como Slobodan Milosevic, o enjuiciados en sus países, como Augusto Pinochet o los jefes de las juntas militares argentinas. Hasta carniceros, como el sanguinario Charles Taylor de Liberia, terminan ahora en la cárcel –algo inimaginable en el mundo de los años setenta. En 1976, los violentos enfrentamientos en el barrio pobre de Soweto, en Sudáfrica, no permitían pronosticar que el abominable régimen del apartheid terminara sin un baño de sangre; pero así fue, y ello dio lugar a la elección de Nelson Mandela y a la aparición de una de las democracias mas vibrantes de África. Lo mismo pasó en la India, donde en 1976 el país fue declarado en estado de emergencia, Indira Ghandi encarceló a más de mil de sus opositores y los expertos pronosticaron que la democracia no sobreviviría. La Ghandi fue depuesta, luego reelecta en 1980 y al final asesinada por separatistas sij en 1984. Su hijo Rajiv Ghandi también fue electo y asesinado. Una vez más la posibilidad de que el gigantesco país entrara en una espiral de caos, sangre y miseria fue ampliamente anticipada. En cambio, en 1990 se iniciaron las reformas económicas que han hecho que la India se abra al mundo y que su economía comience a crecer a tasas muy aceleradas. En la actualidad, este país no sólo ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, sino que es una nación profundamente democrática, en la que el líder del partido en el gobierno es cristiano, el primer ministro es sij y el presidente es musulmán. La India le muestra al mundo que la globalización abre oportunidades de progreso a los pobres y que, en el siglo XXI, es perfectamente posible ser un país multiétnico, multirreligioso y democrático.

De Corea del Sur a Turquía, de Chile a China, de Malasia a España, las sorpresas positivas se suceden. De la internet a la decodificación del genoma humano, la ciencia y la tecnología abren puertas que ni siquiera sabíamos que existían.

Obviamente, este brevísimo recuento de lo que ha pasado en el mundo en los últimos treinta años tiene un deliberado sesgo positivo y optimista, probablemente ingenuo. Las tragedias cotidianas que aún nos afligen, y los inmensos riesgos que corremos como humanidad, están allí, y gracias a la revolución en las comunicaciones, que también cambió al mundo, todos conocemos mucho mejor el trágico inventario de nuestros problemas políticos, económicos, ambientales y sociales. Sabemos que los fundamentalistas religiosos, suicidas y cargados de odio, podrían tener bombas atómicas ya, y que el cambio climático esta derritiendo el hielo de los polos; que los desequilibrios en la economía mundial pueden llegar a una crisis que nos hará a todos más pobres, o que, en el tiempo que uno tarda en leer este artículo, docenas de niños y niñas habrán muerto innecesariamente por falta de medicamentos. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que, para millones de seres humanos, no todo tiempo pasado fue mejor. ~