Niki de Saint Phalle (1930-2002) | Letras Libres
artículo no publicado

Niki de Saint Phalle (1930-2002)

Hace unos meses falleció la artista francesa Niki de Saint Phalle. Como se podía esperar, no hubo encabezados. Saint Phalle dejó de ser noticia de primera plana más de veinte años atrás. En México, de hecho, nunca lo fue. La "bella que desafió a la bestia del gusto público", como la llamó el crítico Ulrich Krempel, se encontraba, a los 71 años, prácticamente archivada. ¿Por qué tendría que ser de otra manera? El nombre de Niki de Saint Phalle no aparece en la lista de los "indispensables" del arte moderno (reservada para los picassos de este mundo "sin los cuales sería imposible comprender al siglo xx"). Su obra no se puede ver en los grandes libros de arte. Sin embrago, está ahí, en algunas plazas y museos, para recordarnos que el arte no sólo es un tiburón partido por la mitad (con el perdón de Damien Hirst).
     Es verdad que en su momento Niki de Saint Phalle también alcanzó, como diría Pierre Restany, los "cuarenta grados bajo Dada". Pero eso ocurrió hace muchos años, cuando la "muerte del arte" era la orden del día. Entonces, Niki lanzó su primera bala (literalmente). Un golpe de genio, podríamos decir: 1961, Niki de Saint Phalle presenta una serie de pinturas que tienen la particularidad de permanecer blancas hasta que el espectador se atreve a tomar el rifle calibre 22 que las convertirá en coloridas action paintings (Pollock, pero con una vuelta de tuerca). Doce días de "disparos sin límite", la euforia interactiva en su apogeo, y ahí, Niki: "Blanca pureza. Víctima. Preparen, apunten, ¡fuego! Rojo, amarillo, azul, la pintura llora, la pintura ha muerto. He matado a la pintura. Ha renacido. Una guerra sin víctimas." Sí, ahora nos puede parecer ingenuo el intento, pero dejémoslo como una muestra de que Saint Phalle nunca fue una artista trivial. Hace cuarenta años, ésa era una manera (que probó ser muy eficaz) de frenar la inercia que nos llevaría inevitablemente hacia el llamado grado cero del arte. La obra de Niki pretendía ser la comprobación de que después del blanco sobre blanco no hay nada. De esta manera se adelantaba también a lo que más tarde sería llamado arte pop. Pero, claro, ¿quién puede pensar en Niki de Saint Phalle, con Andy Warhol metido hasta en la sopa?
     Preludio y fuga. La historia de Niki no termina en los años sesenta, y mientras llega el verdadero reconocimiento de su trabajo, podemos recordar, al menos, su otra faceta, menos radical, dulce a ratos, aunque nunca insustancial. A la libertad alborotada del preludio debe seguir el rigor de la fuga. Al reducir su obra a un gesto simple y definitivo, Niki de Saint Phalle se acercó al espíritu del llamado nuevo realismo (grupo formado por Yves Klein y Jean Tinguely, entre otros). Sin embargo, el camino que ella elige es sólo suyo. A las pinturas heridas seguiría el retorno a las figuras y a los objetos que tanto fascinaron a la artista en su juventud. Imágenes de mujeres y niñas, paisajes surrealistas poblados por animales y personajes míticos, estrellas y lunas. Cómo pudo dar ese salto, no es fácil de explicar. Para ella, sin embargo, se trató de un simple cambio de ánimo, había dejado de estar enojada con la vida y su arte tenía que reflejarlo. Además, como lo explicó alguna vez: "En 1955 fui a Barcelona. Ahí visité el hermoso Parque Güell de Gaudí. Encontré, al mismo tiempo, a mi maestro y a mi destino. Supe que algún día yo construiría mi propio Jardín de la Felicidad. Una pequeña esquina del Paraíso. Un lugar de encuentro entre el hombre y la naturaleza. Veinticuatro años después me embarco en la aventura más grande de mi vida: el Jardín del Tarot."
     Niki de Saint Phalle pasó así de la hostilidad al anhelo. Del golpe a la filigrana. Los espectadores ya no están invitados a destruir la obra de arte, sino a habitarla. La pintura es desplazada por el acero y el mosaico: las cartas del tarot se transforman en un ejército de esculturas monumentales. Pero éstas, al igual que sus más conocidas "Nanas", no sólo nos sorprenden por sus dimensiones, sino por la súbita sensación de libertad que nos producen; esa sensación, de la que hablaba Ezra Pound, "de estar libres de los límites temporales y espaciales; sensación de repentino crecimiento que experimentamos ante las grandes obras de arte". Mirarlas hoy nos ayuda a entender por qué la lucidez, la deliberación y la calma son virtudes esenciales al arte. ~