Museo denso, museo ligero | Letras Libres
artículo no publicado

Museo denso, museo ligero

En Dirección única, un libro delicioso que acabo de releer gracias a la consulta de un amigo, Walter Benjamin lanza una de las sentencias que lo han vuelto uno de mis autores imprescindibles: “La expresión de quienes se pasean en las pinacotecas revela una mal disimulada decepción por el hecho de que en ellas sólo haya cuadros colgados.” Esta imagen me viene como anillo al dedo ahora que regreso de un viaje a Dinamarca, nombrado con razón el país más feliz del mundo, donde pude comprobar una tesis producto de mis dos años de trabajo en el Museo Nacional de Arte de la ciudad de México: en el orbe actual coexisten dos tipos de museos, el denso y el ligero, cuyos contrastes y diferencias en cuanto a forma (arquitectura) y fondo (acervo) se reflejan en la expresión del paseante benjaminiano. El museo denso no es sino otro modo de aludir al museo “antiguo”: la institución canónica, el recinto que impone un ánimo sigiloso y hasta taciturno en el espectador y transmite la sensación de ingresar en un mausoleo de la cultura; a esta definición se ciñe el Museo Thorvaldsen de Copenhague, el lugar más extrañamente estimulante que visité en mi primera incursión en latitudes nórdicas. Por su parte, el museo ligero responde a la levedad estipulada por Italo Calvino: es el espacio aéreo por excelencia, sede de una luminosidad que diluye la decepción a la que se refiere Benjamin e instaura un espíritu de reflexión gozosa como el que se experimenta en el Museo de Arte Moderno Louisiana situado en Humlebæk, un bello pueblo de la costa danesa próximo al castillo de Kronborg. Curioso: aunque alberga un Museo Marítimo y de Comercio, en este castillo conviven la densidad y la ligereza merced al ascetismo que prevalece en sus interiores. El aire minimalista que caracteriza al diseño escandinavo sopla desde los tiempos de Shakespeare, me dije al recorrer la morada de Hamlet y ver la notable exposición que ocupaba uno de sus salones: To Be or Not To Be, del artista danés Thomas Kluge. Ser denso o ser ligero, pensé, he ahí el dilema museístico.

Edificado entre 1839 y 1848 bajo las directrices del arquitecto Gottlieb Bindesbøll, el Museo Thorvaldsen debe su densidad en muy buena medida al fetichismo que Benjamin detectó como rasgo primordial del coleccionista en su célebre ensayo sobre Eduard Fuchs. Planeado como el primer museo de Dinamarca, este recinto neoclásico resguarda la extravagante colección de Bertel Thorvaldsen y a la vez sirve de auténtico mausoleo: en el patio central se localiza la tumba del propio escultor, cuyo minimalismo no mitiga el aura mortuoria que cubre el lugar con la suavidad de un sudario. Miembro de la Real Academia Danesa de Bellas Artes desde la niñez y avecindado en Roma durante más de cuatro décadas, Thorvaldsen fue víctima de un infarto el 24 de marzo de 1844, cuatro años antes de que se abriera su museo, mientras oía la obertura del programa vespertino en el Teatro Real de Copenhague. El dramatismo de su fallecimiento pervive en el gesto de las esculturas que se alinean en los corredores sombríos de la planta principal: piezas originales se alternan con copias y modelos en yeso en un cruce de miradas donde el pasado deja sentir toda su carga. Esta pesadez es igualmente palpable en el primer piso, que acoge el acervo de antigüedades y óleos reunido al cabo de una errancia por diversos países: el legado de un coleccionista omnívoro que se nutrió tanto de la pintura francesa o italiana como de las vasijas egipcias similares a las que utilizaban los embalsamadores para depositar los órganos internos de los cadáveres. Mientras vagaba por la planta alta, observando al estudiante ocasional con su bloc de dibujo al fondo de un pasillo escheriano sembrado de umbrales simétricos, escuché el tictac de un reloj que goteaba en la quietud profunda; el tiempo, pensé, es un insecto mecánico que repta por este espacio donde la historia quedó atrapada como mosquito en ámbar. O mejor, como uno de los cientos de anillos y broches y medallas y monedas que arrojan un fulgor mortecino desde sus vitrinas: los ojos que Thorvaldsen eligió para escrutar la eternidad.

De cara al Øresund, uno de los tres estrechos daneses que unen el mar Báltico con el mar del Norte, el Museo de Arte Moderno Louisiana despeja con su limpidez la melancolía que provoca bajar del tren en la estación de Humlebæk para enfrentar un día lluvioso. Sumada a la pulcritud del jardín de esculturas (Arp, Calder, Moore, Serra et al.) que fluye hacia un mirador marítimo desde el que se atisba el perfil elegante de Suecia, esta limpidez concede al recinto una juventud que desmiente su medio siglo de existencia: fue fundado en 1958 por el mecenas Knud W. Jensen, que contrató a Jørgen Bo y Vilhelm Wohlert para que consumaran las bodas felices del paisaje y la arquitectura. Felicidad, sí, esa emoción que en los tiempos que corren suele ser tan esquiva, fue lo que sentí al explorar las dos espléndidas exposiciones montadas en el Louisiana (Green Architecture for the Future y The World is Yours) para luego deambular por los salones y pasajes donde se exhiben las obras de la colección permanente. Con vista al llamado Jardín del Lago, la Sala Giacometti me hechizó por completo con su atmósfera misteriosa: dos imponentes piezas del escultor suizo, Grande femme debout iv y Homme qui marche, custodiaban Man and Child, el cuadro de Francis Bacon fechado en 1963. El hechizo se acentuó cuando salí a almorzar a la terraza de la cafetería y, mientras mi mente intentaba reponerse del bombardeo de ideas manejado en la muestra de arquitectura verde (acupuntura urbana, bosques verticales, distancias psicológicas), me dejé ganar por el estupor paisajístico. “Si una ciudad no es un lugar donde uno realmente quiere vivir o pasear, si no nutre el espíritu, entonces no cumple una parte central de su función”: las palabras de Norman Foster aleteaban a mi alrededor, imitando a las gaviotas que giraban en el cielo anubarrado –el cielo como la corteza cerebral del mundo, pensé– antes de precipitarse hacia la línea azul de la costa sueca. He ahí, me dije, el gran dilema de las ciudades: ser densas o ser ligeras como los museos que las representan. Pensé en el df, en su densidad cada vez más salvaje, pero un golpe de viento frío y húmedo me devolvió a la ligereza nórdica. ~