Mundos posibles en formato escueto | Letras Libres
artículo no publicado

Mundos posibles en formato escueto

 

1

Dicen que la reunión tuvo lugar a orillas del estanque, en la noche cerrada, claro está, y sin testigos para contarlo. Fue un raro concilio de estatuas ecuestres.

El sínodo terminó con estruendo de metales y dispersión de grupos. No todo quedó como antes, sin embargo, pues cerca del agua puede verse la estatua ecuestre, antes desconocida, del poderoso condottiere Fido Saltamonttini, mirando por encima del hombro, como Bartolomeo Colleoni en su insuperable monumento, modelado por el Verrocchio y fundido por Alessandro Leopardi en 1496. El mismo gesto arrogante de perdonavidas en los dos.

Y sucede en ciertas noches con nubes dramáticas y amenaza de lluvia con viento y truenos que puede verse al enorme y pesadísimo caballo de bronce saltar del pedestal, derrotar el cuello y, al parecer, abrevar en las purísimas aguas del manantial. Y ahí están, quietos los dos, bestia y jinete. Se cree que esta obra de artífices anónimos fue abandonada ahí, en tan singular y desolado lugar, por el alto costo de la transportación.

Y cuentan, finalmente, que ese caballo de bronce era exaltado y de malos modos porque mordía a los peregrinos poco avisados que descuidadamente y pensando en otra cosa pasaban la mano por su lomo...

 

2

Melbourne, ap. Canguros invaden Australia. Más de 10,000 canguros invadieron el norte de Australia en busca de hierba para alimentarse. Es sorprendente que los animales avanzan en forma disciplinada, en formaciones que recuerdan vivamente una refinada organización militar estructurada en algo semejante a escuadrones en ofensiva.

Nadie sabe de dónde salió el crecidísimo número de animales ni por qué manifiestan tan singular y organizada conducta, y la ciencia se halla perpleja y sin recursos ante este inexplicable progreso biológico.

 

3

El gran pintor ciego Somo Somo, después de peregrinar por diez años con Ulo, el exasperante, profundo y sonriente sabio idiota, flor del taoísmo, discurrió que la esencia del mundo solo puede ser captada con una pincelada perfecta.

Sentado a la sombra del pino sagrado del Monte Hyga, Somo dejó transcurrir treinta y tres años, preparándose, en densa meditación, sin ejercitarse en la insoportable vulgaridad de los trazos vacilantes e imperfectos. Por fin una tarde de lluvia el pincel de Somo acarició en amplio movimiento la seda.

Al instante dos ranas dieron un salto, se multiplicaron las gotas de la lluvia que el viento hacía flamear y dos ancianos ciegos retiraron de la seda el pincel de pelo de leopardo.

Este hecho aclara la presencia de dos grandes charcas simétricas situadas una al lado de la otra a unos quince pasos de distancia. Las dos son cumplidamente redondas, de idéntico tamaño y en la noche miran como los ojos absortos y amedrentadores de un gigante meditabundo.

 

4

En las ruinas de un templo tres hombres se guarecen de la lluvia; encienden fuego con las tablas del santuario devastado; conversan. Golo atiza la fogata con la punta de su curva espada y el tuerto Mamuldo, que tiene algo de monstruo en facciones y gesticulación, pasa entre sus torpísimos dedos de gorila una a una brillantes monedas de plata de ley. El otro parece dormitar.

La escena tiene algo de irreal y está cargada de vagos significados abrumadores: las palabras que convienen a su descripción andarían por impotencia, desolación, abatimiento, pesadumbre, pesimismo.

Fue entonces cuando la luna, que asoma entre las nubes y es color arena, lentamente y con ciertos brincos, como en fases, palidece un poco y cobra un tono verde muy claro, pasa a verdes que se van oscureciendo más y más, transita por un verde veronés y un verde esmeralda brillante (y quién sabe por qué el más amedrentador) para desembocar en el alucinante verde perico donde alcanza su mayor brillo y luminosidad.

En ese último tinte lunar, todos a la vez, los monos de la selva que rodeaban el templo, desde las ramas de los árboles, dieron en entonar voces curiosamente tardas y opacas, que parecían cantos, extraños cantos, torpes y expresivos. Y quejumbrosos, así, como de perros que aullaran a la luna. ~

  • Pocas personas hay más queridas y admiradas en el reino de la literatura mexicana que Hugo Hiriart, quien el próximo 28 de abril cumple setenta años en plenitud de sus extraños y seductores poderes literarios. En 2010 publicó uno de sus ensayos más penetrantes y eficaces, El arte de perdurar (Almadía), una pieza polémica sobre por qué Borges y no Reyes se adueñó de la posteridad, tema hugoliano si los hay.