Mi abuela Macedonia | Letras Libres
artículo no publicado

Mi abuela Macedonia

De cuando entraban

al río tiburones y toninas,

es esta historia acerca

de los últimos años de mi abuela,

 

postrada en cama casi todo el tiempo,

y platicando a ratos

(si dejaban de asirla

las tenazas del cáncer),

 

o muda, reclinada sobre grandes

almohadones blancos

con las fundas bordadas antaño de su mano.

 

La veo ahora

acomodándose (al tanteo

de sus huecas mandíbulas

y de su lengua obsesa)

una postiza dentadura,

 

meneando sus músculos faciales

y masticando en falso los nervios y tendones

de su pena medidos en segundos.

Luego, un crujido brusco

y una mueca de alivio:

“la placa” había vuelto

por fin a su lugar;

y el decoro a su semblante.

 

Por la tarde sus ojos

permanecían fijos, arrobados

por las aguas del río Pantepec,

que transportaba entonces

hachazos de crepúsculos

–ya cuajarones de color violeta–,

retazos de matanza del rastro ribereño

y las primeras manchas de petróleo

flotando como sucias aguamalas

enfrente de la Sharmex,

una refinería.

 

Aunque fuera de noche

mi abuela no dejaba

que alzaran las persianas de su pieza

Nada más quiero por pantalla

la vidriera que mira al río que es mi vida

Retiren de mi vista ese ocioso aparato.

 

Otras veces decía: Ahora, con el ocaso,

comienza lo que atiendo con todos sus detalles:

el cielo se encapota si lo cruzan

parvadas de pericos

¡qué argüende de compadres, todos endomingados!

Como si el mundo fuera para siempre...

Luego cae la noche con el último bando,

el de tupida sombra;
     y queda titilando en la Capitanía,
     allá en la lontananza, una luz vigilante.
     Ésa me basta: tampoco yo quiero
     que la Muerte me tome por asalto.
     Cuando llegue mi hora quiero verla a los ojos
     (y al cielo de luceros más profundos)
     con la última brasa crepitante de los míos... ~


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