Mariposas | Letras Libres
artículo no publicado

Mariposas

Dice el poeta: “Entonces miré que la hoja caída / volaba hacia su tallo”. Licencia poética: la hoja caída engulle y copula, son suyas gula y lubricidad, y de nada vale recordar la pureza de su vuelo, que la hace parecer tan sólo un poco de énfasis colorido, sonriente cortesía del espacio. Maestra adusta, diástole, sístole, diástole, sístole, y allá vamos, avión acrobático en miniatura, en las reiteraciones de abanico, bailando el ballet de la insistencia con tozudez ingrávida. Parpar la llaman en hebreo, papilionis en latín, papálotl en náhuatl.

Gentil como un tranvía o una cometa, y perfectamente silenciosa, todo en ella es simetría y vuelo errático. Pertenece al grupo de los grandes animales deambulatorios: niños, perros callejeros, pájaros; animales que existen desplazándose de un lado para otro, flojamente, sin buscar nada fijo, sin otro ánimo que ver cómo se desenvuelve y qué va deparando el camino tomado al azar. Y sube o baja, como la angustia o el mar, restallando de pronto, flor del aire, luz materializada, porque esta cosa tan sencilla y ágil no conoce el error, brújula con alas y vista de cerca monstruo peludo e inquietante de horrenda mirada.

Pero no es de eso de lo que quisiera hablar. No podemos eludir el verdadero asunto. Se trata de que esta señorita que para los japoneses tiene 18 años toda su vida, la edad del diablo, dicen; esta señorita casi inmaterial, que desdeña todo, menos las flores, y que parece eludir toda mácula en su triunfal limpidez, tiene un pasado que deja mucho que desear. Sí, un pasado atroz que sería mejor olvidar, si nos fuere dado pasar por alto hechos tan irregulares y remordimientos tan pertinaces.

Me refiero, claro, al gusano babeante y a la mazmorra de escupitajo cristalizado (¿será algo así la llamada en alquimia “saliva de la luna”?). Ya que hablamos de estas cosas, recordemos que oscuros cuidados y observaciones extrañas han determinado que la mariposa es viva representación del alma inmaterial de los humanos.

El amor, lo sabemos, no es más que el aleteo de una mariposa, ese viento sutil, ay, tan frágil, tan expugnable, tan desvalido e indefenso. ~