Marchantes de brazo en alto | Letras Libres
artículo no publicado

Marchantes de brazo en alto

Für Olivia, Natalia y Elisa
¿Quién podría resistirse a adquirir, por un mínimo euro con 95 centavos, un destapador de botellas con la bélica (aunque chaparrita y mofletuda) efigie de don Francisco —Hermenegildo Paulino Teódulo— Franco Bahamonde erigida a manera de mango?
     ¿O quizá un llaverito, con el logotipo de la sin duda tremebunda división Totenkopf del ejército nazi tallado en altorrelieve?
     ¿Y qué tal, para amenizar aún más el goce de estos épicos bienes, agregar a nuestro imaginario carrito de compras el nuevo disco de los "rockeros nacionalistas" españoles Torquemada, que ostenta el muy sensible título de A degüello? (la diéresis es mía).
     Gracejadas del libre comercio: los marchantes del e-nazismo extienden sus tenderetes a lo largo de internet con pasmosas tácticas de mercadotecnia, que hermanan la retórica del Führer austriaco con la del merolico tepiteño, y la elocuencia del Duce mediterráneo con la del voluntarioso ario llamado Og Mandino.
     "Aquí se presenta una web que desea innovar en contenidos ofreciendo su información a los amantes de lo anticonvencional. Una web que espera provocar cefáleas (sic) en alguno de esos prepotentes partidarios de cualquier mayoría. Una web del día, en la que encontrarás discos, textos, información, artículos de publicidad... Provocación en estado puro...", reza, de manera enfática pero viril, la presentación de uno de estos portales.
     El catálogo de la parafernalia neofascista que es posible comprar, tarjeta de crédito mediante, en la red (en numerosos países del mundo resultaría ilegal hacerlo físicamente) termina por maravillar. También las toscas mercaderías de Europa interesaban a la corte grandiosa de Harún Al Raschid, y eso que el musulmán jamás llegó a gozar de las delicias que conlleva poseer un tarro de plástico, especial para mantener la cerveza congelada, en el que alguna mano inhábil hubiese escrito "Heil, Europe".
     Pero las mercaderías de estos cibernazis no se limitan al terreno minado de la parafernalia casera, sino que asaltan también la Línea Maginot del espíritu. Cientos de volúmenes de inclinaciones más o menos ultraderechistas fatigan las tiendas virtuales de la red. Algunos con resonancias del inefable Ismael Rodríguez, como el libro testimonial Nosotros, los racistas; otros, con títulos tan memorables como Bolchevismo: de Moisés a Lenin. Algunos más, de corte fetichista, como El Führer y los animales (en cuya portada, Adolf Hitler acaricia con gula a un robusto pastor alemán), son ávidamente ofrecidos junto con obras de los más dignos reaccionarios del siglo xx (Céline, Drieu La Rochelle), como si la prosa abrasiva de Viaje al final de la noche valiera lo mismo que las frenopáticas efusiones del mariscal Göring...
     Tampoco las publicaciones periódicas se han visto libres de las incursiones de estos totalitarios del software. La Resistence magazine (curioso nombre el de este fanzine electrónico, cuyo nombre evoca el simétrico opuesto de lo que, de hecho, afirma) exhibe en sus portadas una variada muestra de rapados medianamente antropoides, acompañados en ocasiones por musas célticas de precarias virtudes pectorales y evidente superávit de maquillaje.
     Los contenidos de estas revistas en línea, amén del esperado antisemitismo (no hay un neonazi que no sea partidario de Al Qaeda y la Intifada) y las continuas imprecaciones al respecto de la "ola negra" (la inmigración ilegal a Europa, integrada en su mayoría por esos mismos islámicos a los que se defiende del "macabro sionismo"), ofrecen estimulantes paradojas: un pasquín inglés dedica una página a cantar las glorias de la Gestapo y las ss, y en la siguiente se congratula de que su seleccionado nacional de futbol haya apaleado por 5-1 a los "miserables" representantes de Alemania "en su propio agujero" de Múnich.
     Las páginas de los e-nazis son verdaderas caravanas virtuales. Su vida nómada transcurre del oasis de un servidor de internet al páramo de otro, ya que las legislaciones son cada día más estrictas, y los mercaderes del totalitarismo se ven orillados a apelar por consigna a la libertad de expresión, con el fin de que una razzia virtual no termine por cerrarles el tianguis.
     No, los tipos no son demasiado peligrosos. Son, apenas, un síntoma del extendido hartazgo de Occidente por sí mismo. Unos deliran con las esvásticas; otros, con la sabiduría ancestral de Mao Tse Tung (Mao, memorablemente, ha dicho: "Un ejército sin organización es un ejército desorganizado"). Unos se excitan con la aplicación de ideas tan bestiales como la Racial Holy War; otros, con las no menos cochambrosas teorías de la lucha de clases.
     En un decálogo, expuesto en la página de uno de estos tendajones e-nazis, puede leerse: "Hay que tener el valor de que se rían en nuestra cara. Hay que tener el valor de pasar por idiotas, por locos furiosos, por bribones y por charlatanes." Al margen del animoso tono de conseja, la elección de calificativos parece de lo más acertada. ~