Marcha nacional por la paz con justicia y dignidad | Letras Libres
artículo no publicado

Marcha nacional por la paz con justicia y dignidad

(5/V/2011) Una conversación en movimiento

Primero nos juntamos algunas decenas en el monumento a la paz de Cuernavaca, que muy pronto se hicieron varios centenares hasta formar una columna más o menos estable pero desordenada de unos mil caminantes. Un cierto caos acompaña el incipiente andar pero el contingente halla su paso: lo suficientemente firme para subir la cuesta y tan mesurado como para propiciar el encuentro, la convivencia y el diálogo. Poco a poco también se disipa el aire fresco de la mañana y el sol de Morelos, afortunadamente filtrado por las nubes, cubre sin herir el paso de la multitud.

Pronto salta a la vista que esta no es propiamente una manifestación silenciosa en sentido estricto sino una gran conversación trashumante a media voz. En esta protesta impera el intercambio de opiniones y no las consignas, la multiplicación de las experiencias y las ideas y no el desgarramiento del grito. El ánimo es fraternal, alegre por momentos, pero no festivo; no puede ser de otra forma, conforme uno intercambia la palabra aparecen las narraciones del terror: los hijos asesinados, los parientes secuestrados, los infantes calcinados, los hermanos muertos, los desaparecidos, los mineros sepultados en el socavón y la constante: la incapacidad de la autoridad para hacer justicia y el reinado del miedo a lo largo y ancho del país.

Saludo a Javier Sicilia. Lo primero que comenta son las declaraciones y los manotazos con que Felipe Calderón saludó la marcha el día anterior: “... hay quienes, de buena o mala fe, dice el presidente, quisieran ver a nuestras tropas retroceder, a las instituciones bajar la guardia y darle simple y llanamente el paso a gavillas de criminales. ¡Cuánta insensibilidad!”, comenta Javier, “Calderón es un hombre desesperado que aunque oye no entiende”.

El poeta carga una bandera mexicana que pronto comparte con Julián Le Barón, que la porta con una dignidad absolutamente solemne. No son muchas las insignias y banderas pero sí las mantas con las fotos de personas asesinadas o desaparecidas. En el primer día de marcha solo es visible en lo alto la bandera nacional que encabeza una muchedumbre un tanto caótica, peripatética y desamparada.

Por ahí el obispo Raúl Vera, vestido de pants, comparte el agua con otro caminante; recostado en la cuneta Eduardo Gallo espera a la manifestación sobre la autopista; Luis Ríus carga el estandarte de “No + Sangre”. Casi todo mundo da una entrevista; la proliferación de redes sociales, blogs, radios alternativas o tv por internet ha propiciado que a los medios tradicionales se sumen decenas, quizá cientos, de cámaras y micrófonos informales, lo que transforma la caminata en una feria de declaraciones donde víctimas, defensores de derechos humanos, organizadores, los participantes todos, encuentran el momento de expresar lo que piensan.

Están también los que se ocupan de dar de beber a los marchistas, gente que como Rafael Segovia alcanzó la marcha acompañado de su hija María con agua, naranjas y galletas. Hay otros que acompañan a sus familiares. Algunos vienen de movimientos sociales como el zapatismo o son indígenas organizados en las Abejas y cargan la memoria de la masacre de Acteal; los más llegan solos, desde distintos rumbos del país, sin conocer a nadie, pero encuentran pronto con quién compartir el camino. Todos cargan su dosis de dolor e indignación.

La marcha toma algunos descansos, a la altura Tepoztlán recibe de sus habitantes agua de chía y limón; en la famosa “pera” el contingente se sube a los camiones que lo siguen para superar la cuesta y el peligro. Por fin llegamos a Coajomulco (“Donde se labra la madera”); ahí los habitantes recibieron a Sicilia con copal, un gran quiote de maguey como ofrenda y flores de agave para las víctimas. En esta comunidad indígena, que echada hacia la autopista ofrece quesadillas y sopa de hongos, se rindió homenaje a Javier Torres Cruz, campesino ecologista de estas tierras, defensor de sus bosques, asesinado por talamontes.

Ya en la plaza del pueblo, que salió a recibir con café y alimentos a los cansados caminantes, Javier Sicilia citó al escritor británico G. K. Chesterton, que se refirió a la fe en Cristo como una forma de caminar hacia algún lugar tomado de la mano de alguien. Esta pequeña república nómada discute el hacia dónde, polemiza sobre el sentido de un pacto y traza algunos bocetos de organización y de futuras acciones, pero se aprecia que desconoce el destino último de su viaje, que al andar hace camino y está orgullosa de proponer una ruta distinta a la que la guerra nos ha impuesto.

 

(6/V/2011) En Topilejo el silencio se hizo celebración y llanto

La mañana de Coajomulco quedó marcada, tras el café y los alimentos, por un minuto de silencio y “meditación” que solo interrumpieron los pájaros. Tras esa pausa, que en algunos deudos anegó los ojos, volvimos al camino. Un miembro de la comisión de orden, es decir un caminante más pero con megáfono, nos convocó a marchar en riguroso silencio: “ya tuvieron ayer oportunidad de conversar bastante”. Desde luego nadie le hizo el menor caso, y la caminata volvió a su peregrinar y a su conversación. Apenas arrancamos y Silvia, estudiante de letras clásicas de la unam, me preguntó sobre el papel de la poesía en esta lucha: no recuerdo bien qué dije, pero sí que minutos más tarde la encontré al final de la columna leyendo a Jim Morrison con su voz joven y segura: “... sabes que nuestra madre murió en el mar, / sabes que hay militares de alto rango que nos conducen al matadero y que militares lentos son obscenos con la sangre joven, / sabes que la televisión nos controla. / La luna es una bestia de sangre deshidratada...”.

He viajado miles de veces por esta carretera México-Cuernavaca, pero como es natural nunca la había visto tan de cerca: es fresca, sus pinos reparten sombra y mitigan el calor, sus oyameles y sus pastizales de muhlenbergia despiden olores a resinas y humedades. Imposible no pensarlo: volveré a viajar por este camino, pero a partir de ahora lo voy a mirar de otra manera.

En la hora del sol más vertical llegamos a Tres Marías, donde comparto la mesa con Teresa Carmona, madre de un muchacho asesinado, y con Patricia Duarte y José Francisco García Quintana, padres de Andrés Alonso, uno de los bebés que murieron en la guardería ABC. Patricia nos narró su encuentro con Calderón, Horcasitas y Bours, el día que estos hablaban de la tragedia que marcó su vida como si de un accidente de tránsito se tratara y el problema se redujera a un asunto de seguros y deducibles. Ese día doña Patricia invitó a Calderón a que le dijera qué era para él la justicia, pero ni el presidente ni sus acompañantes pudieron articular una respuesta ni mantenerle la mirada a la sonorense.

Después de la parada en Tres Marías, que como siempre debió incluir quesadillas y refrescos, volvimos al camino, ahora rumbo a Topilejo. Al cruzar la frontera del estado de Morelos con la ciudad de México una columna de policías de tránsito capitalinos nos aguardaban formados en una gran fila que parecía más un comité de recepción que un operativo de vigilancia.

Los habitantes de Topilejo rompieron nuestro silencio murmurante a golpe de banda. Mujeres y niños con globos blancos nos alcanzaron lanzándonos papel picado mientras los alientos y los tambores avanzaban hacia los caminantes. Al llegar a la plaza del pueblo el júbilo se fundió con la tragedia: “a mi hijo lo levantó la policía de Nuevo León y me lo desaparecieron”; “a mi hija me la mataron en un local de Juárez custodiado por federales”; “a mi hijo me lo levantó el ejército”; “a mí me mataron seis familiares pero no me voy a rendir”. Una muchacha le regala a Javier un cuaderno y le pide por favor que no deje de escribir poesía. Toma la palabra Javier Sicilia y dice estar consciente de encontrarse en territorio perredista, y llama a todos los partidos a asumir sus responsabilidades en esta crisis que devasta las instituciones y dejar de una vez por todas de actuar únicamente en favor de sus propios intereses. Pero fue más allá cuando se preguntó “qué podemos esperar de los políticos cuando se comportan como delincuentes y son capaces de encubrir a un narcotraficante e introducirlo a la Cámara de Diputados, a la casa de todos, a la representación ciudadana, en la cajuela de una camioneta con la única finalidad de otorgarle la inmunidad del fuero”. La señora que conduce el mitin lee una carta donde le preguntaba a Javier cómo llorar con él la muerte de su hijo, cómo llorar con todas las víctimas la muerte de sus seres queridos, y cómo hacer de ese llanto una fuerza de vida y dignidad. Entonces aparecieron en los ojos las lágrimas, y unos a otros, deudos, caminantes y pobladores se dieron abrazos y consuelo.

Antes que la generosidad de los habitantes de Topilejo se tradujera en jarras de café, frijoles, arroz, chicharrón en salsa verde y tortillas, Sicilia, con el bastón de mando que la comunidad le otorgó (Topilejo significa en nahua “el que lleva el bastón de mando”), pide a los presentes un minuto de silencio, y yo recordé aquellos versos que Gonzalo Rojas le dedica al mismo: “y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera / oh majestad, tú nunca, / tú nunca cesarías de estar en todas partes, / porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, / porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, / y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro”.

 

(7/V/2011) Entre la oración y el grito

La noche de Topilejo fue de tormenta y fandango, los más jóvenes no dejaron ni la jarana ni el zapateado hasta más allá de medianoche.

A la mañana siguiente, tras el generoso desayuno ofrecido por la comunidad, la marcha dejó Topilejo con las bendiciones del padre de la iglesia. A partir de ahí el camino fue más caótico; conforme nos acercamos a la ciudad la convivencia de vehículos y caminantes fue cada vez más tortuosa, pero aun así la marcha recibió un promedio de dos mentadas de madre de automovilistas desesperados por cada doscientas muestras de ánimo.

Entre las muestras de adhesión, la más conmovedora fue la que se suscitó al llegar a la comunidad de San Pedro Mártir: de aquellas construcciones precarias que crecen a los costados de la autopista y que uno apenas quiere mirar cuando sale de la ciudad con el deseo de dejar atrás la urbanización y alcanzar el campo, de aquellos techos de varillas con cascos de refresco y perros vociferantes, salieron cientos de personas a saludar la marcha con banderas blancas. Al pie de un puente peatonal atestado de simpatizantes y junto al constante fluir de automóviles y camiones se organizó un pequeño mitin en el que las autoridades tradicionales del pueblo le expresaron diversas muestras de apoyo al poeta Sicilia.

Ahí el párroco citó algunas de las palabras del desaparecido obispo de Cuernavaca don Sergio Méndez Arceo, donde invitaba a sus feligreses a poner el evangelio al servicio de los pobres. Una mujer, tras darles la bienvenida también a mormones y cristianos que caminan en la marcha, le ofreció a Sicilia un cirio, “para que lleves la luz del amor, la paz y la justicia donde quiera que vayas”.

La entrada a la ciudad, ya a la altura del viaducto Tlalpan, se caracterizó también por las muestras de simpatía: trabajadores de una gasolinera reparten el agua de un garrafón a los sedientos; los meseros del Enrique y las inconfundibles meseras de Sanborns aplauden la caravana; las señoras de las colonias residenciales obsequian naranjas, y poco a poco la columna crece: el millar que ingresó a la capital pronto se multiplicó por cuatro.

Al llegar a territorio puma, ahí donde comienza el Centro Cultural Universitario, se dio el primer encuentro con estudiantes. La algarabía de afecto y solidaridad que nos precedía cambió por un silencio absoluto, luctuoso y tenso, y un río de puños alzados y uves de la victoria se alzaron sobre las cabezas de la marcha. Más adelante algunos muchachos corearon consignas militantes: lo habían avisado ya unas semanas atrás en una asamblea estudiantil en el auditorio Ho Chi Minh de la Facultad deEconomía, donde los asambleístas se dividieron entre los defensores de la consigna y aquellos que se manifestaban en favor de respetar el silencio que proponían las víctimas. Fueron pocos los que siguieron el coro combatiente, pero su presencia subrayó la naturaleza de un movimiento que abarca al bajo clero, a los habitantes de Atenco y al ezln, al movimiento social de Ciudad Juárez y a los inmigrantes centroamericanos que son sacrificados por agentes del Instituto Nacional de Migración y las crueles milicias de los Zetas. Pero si este movimiento tiene un rostro dominante, creo ver, es el de una multitud sin banderas ni partido, nacida de una gran diversidad, originaria de comunidades con rituales tan diferentes que, como lo demostró el festival cultural con el que la marcha fue recibida en las “islas” de cu, van del Réquiem de Mozart al rock pesado, de la oración al grito.

Fue ahí, en la universidad, donde una experimentada feminista me hizo notar la ambigüedad significativa del “estamos hasta la madre”, donde nombramos a la progenitora como sinónimo de hartazgo, indignación y tragedia; un capítulo más de la historia de “la chingada” y la semiótica de la melancolía. Entonces recordé una imagen  que nos acompañó toda la caminata –que evidentemente reconoce el problema que implica esa expresión y que reivindica el concepto de madre–: la Virgen de Guadalupe, junto al siguiente mensaje: “¡Hasta la madre dice ya basta!”

 

(8/V/2011) La voz de las víctimas

Una activista universitaria le comenta a una compañera que no entiende si esta es una marcha o una peregrinación. La verdad, pienso yo, es que es ambas cosas: un caminar sobrecogido por el duelo y un doblar de campanas en los pueblos, pero es también la manifestación que anuncia el nacimiento de un movimiento civil nuevo –que movilizado en favor de la paz y contra la violencia de los criminales no comparte en lo absoluto la estrategia del gobierno federal en la llamada guerra contra el narcotráfico o contra la inseguridad, y que señala la responsabilidad de los poderes ejecutivo, judicial y legislativo, de gobernadores y alcaldes, de las fuerzas de seguridad del Estado, el Ejército y la armada incluidos, así como de otros importantes sectores de la sociedad (la banca, por ejemplo) que por omisión, incapacidad o complicidad han favorecido el clima de violencia, que en muchas ocasiones se han beneficiado de las enormes ganancias que arrojan las actividades ilegales, y que por lo tanto son corresponsables, junto con los criminales, de las casi cuarenta mil muertes acaecidas en los años que lleva la administración del presidente Calderón.

Desde Cuernavaca hasta la ciudad de México la marcha fue encabezada por las víctimas y familiares de la violencia, la indolencia institucional y la injusticia. Es cierto que cada caso implica diferentes actores y responsabilidades, que no es lo mismo un levantado por sicarios que una muchacha violada; un ajuste de cuentas entre delincuentes que un niño calcinado en una guardería; una víctima de los talamontes que un rafagueado en un retén militar; un periodista asesinado y una activista desaparecida que unos centroamericanos secuestrados; las fosas comunes de Tamaulipas y Durango que los empresarios ejecutados tras pagar rescates millonarios; los padres de los muchachos muertos en Salvarcas, Cuernavaca y Monterrey que los indígenas macheteados por paramilitares en el sureste. Cada caso es muy distinto: pero todos tienen un denominador común: la impunidad. En cada una de las narraciones de las víctimas hay un capítulo que se repite literalmente: un ministerio público tan incapaz como corrupto, un juez sin ética ni vocación, un servicio forense cruel hasta el sadismo, instituciones podridas, licenciados dedicados a la extorsión y al chantaje, funcionarios públicos adictos al billete y a las tortas en el escritorio, al parecer tan insensibles al dolor y a la tragedia como aquellos encargados de la mutilar y asesinar a sus víctimas.

Fueron esas voces, las de las víctimas, las que habrían de ocupar el templete instalado en el Zócalo y tomaron el micrófono que les cedió un grupo de poetas que desde temprano leían versos de autores universales. Así la poesía cedió la palabra al agravio y a la indignación, y las más diversas muestras de dignidad y coraje cedieron también espacio a las lágrimas. Yo no recuerdo un movimiento social donde las muestras de dolor y llanto hayan constituido una expresión tan característica de la denuncia y el reclamo. En el Zócalo, casi ochenta personas dieron su testimonio del horror que puede significar para algunos ser hoy ciudadano mexicano. Antes y después del discurso de Javier Sicilia, de la lectura del Pacto por la Paz y de escuchar a David Huerta dar lectura a su poema (“Contra los muros, el recuerdo del fuego maldito / en la carne doliente de los niños / y la silueta de una muchacha sobre la multitud. México sigue soñando / pesadillas, contra los muros, exhausto, sin aliento.”), las palabras de los deudos señalaron la herida común que conmueve a millones de mexicanos. Con cientos de globos lanzados al cielo con la leyenda “40 mil almas”, con el doblar de las campanas de catedral y con los cinco minutos de silencio que pidió Sicilia, los asistentes a la plaza del zócalo celebraron el domingo 8 de mayo no solo una jornada de denuncia y protesta, sino una gran ceremonia luctuosa mediante la cual se ha comenzado a procesar el duelo de muchas familias y se ha reivindicado también la memoria de algunos de los caídos de los últimos años.

Gracias a esta caminata de más de setenta kilómetros, la voz de las víctimas irrumpe en la vida pública de México y su presencia revela por lo pronto algunas cosas: que la idea que el gobierno se hace de esta guerra no coincide con la experiencia de una parte fundamental de los ciudadanos que la padecen; que la miopía y mezquindad de la clase política en su conjunto se ajusta al concepto de negligencia criminal; que la imagen que trasmiten los medios masivos de comunicación de lo que sucede en el país tampoco corresponde a la realidad, pues borra la identidad de las víctimas, cuando no las criminaliza; y que para muchos mexicanos, de las más diversas condiciones sociales, la Constitución, las leyes y los derechos humanos son letra muerta.

¿Cómo se articulará esta inconformidad? ¿De qué manera se resolverán las oportunidades de diálogo e interlocución que este movimiento ha propiciado? ¿Qué impacto tendrá el llamado ético de un poeta y cientos de deudos en el gobierno, las fuerzas políticas y la sociedad en su conjunto? Todas estas son preguntas de difícil respuesta que el tiempo irá contestando. Por lo pronto esta caminata ha abierto un gran espacio para la reflexión, el diálogo y la organización de la sociedad, condiciones imprescindibles para emprender el camino hacia la paz. ~