Malcolm Glazer un yanqui en la cuna de futbol | Letras Libres
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Malcolm Glazer un yanqui en la cuna de futbol

Un nuevo juego de computadora está cautivando al norte de Inglaterra. Es simple, gratuito y se puede conseguir en internet. ¿De qué se trata? La descripción que aparece en la página lo explica todo: "Aquí viene el millonario Malcolm Glazer en paracaídas sobre Old Trafford con todo su dinero. ¿Puedes hacer que aterrice sano y salvo para rescatar al Manchester United?" Una pieza de humor inglés en un asunto que, para más de dos millones de aficionados, es mucho más serio de lo que podría pensarse.Los ingleses no se toman el futbol a la ligera. Nacen, viven y mueren como fanáticos de un equipo y nunca lo traicionan. Los clubes han permanecido inmutables desde su fundación, a mediados del siglo xviii, sin importar crisis económicas o fracasos deportivos. Cualquier pequeño cambio es visto con horror por los aficionados, para quienes es mucho menos grave que su equipo descienda a la cuarta división, a que se mude a un estadio nuevo, a unas decenas de kilómetros de su emplazamiento histórico.Hasta hace unos pocos años, la idea de que un equipo cambiara de ciudad —como sucede en México—, que los partidos dejaran de jugarse en el sagrado Football Saturday, o que un multimillonario se apropiara del patrimonio de miles de socios con antigüedad certificada, habría provocado carcajadas. Pero el balón rueda y los tiempos cambian.La creación de la Premier League, en 1990, abrió la Caja de Pandora para el aficionado tradicional. El futbol inglés dejó de ser un producto artesanal y entró en las leyes del mercado. La televisión comenzó a repartir dinero y dictar sus reglas. Los clubes entraron en la bolsa y los aficionados tuvieron que acostumbrarse a no tomar las decisiones en sus equipos. Se resignaron a mirar el espectáculo desde la comodidad de su sillón favorito. Entonces llegaron los Sugar Daddys.

La guerra fría del balón
     Roman Abrámovich apareció de la nada y lo compró todo. El magnate ruso del petróleo, bajo sospecha en su país por enriquecimiento ilícito, perseguido por la nueva política de Vladímir Putin contra los nouveau riches de la era Yeltsin, descubrió un oasis en el futbol inglés. Sin hacer muchas preguntas, invirtió setecientos millones de libras esterlinas para comprar al Chelsea. Tampoco recibió muchos cuestionamientos. El antiguo dueño, el millonario Ken Bates, había hundido al club en la bancarrota con su alocada y fallida política de traspasos. Era una cuestión de supervivencia, y el dinero fresco, sin importar su procedencia, fue agua para el agonizante. Abrámovich gastó en la compra, gastó en nuevos jugadores y gastó en el mejor entrenador del mundo. Mil quinientos millones de libras esterlinas fueron el precio del primer campeonato del club en cincuenta años. Los aficionados del Chelsea están felices. Su club, el menos exitoso de los grandes de Londres, ahora es uno de los más importantes del mundo. ¿El método fue el correcto? ¡Qué importa! Los años de burlas y frustración terminaron y ahora es tiempo de alegría. Abrámovich es el Sugar Daddy más escandaloso, pero no es el único. El serbio Milan Mandaric compró al Portsmouth en circunstancias similares. El angloegipcio Mohamed al Fayed transformó al Fulham, de candidato al descenso a la cuarta división, en pensionario acreditado de la glamurosa Premier. Hasta el cantante Elton John se unió al frenesí comprador. Después de una corta negociación, hizo suyo al club de sus amores, el Watford, aunque hasta ahora no ha tenido tanto éxito. Todos los ejemplos anteriores tienen características comunes. Unos multimillonarios compran a equipos con problemas financieros y deportivos y, para alegría de sus aficionados —hartos de fracasos—, transforman las tristezas en alegrías y las catástrofes en celebraciones. Hasta que llegó Malcolm Glazer.
     El asalto del bucanero
     Malcolm Glazer es un empresario exitoso. Ejemplo clásico del self made man estadounidense, heredó, a los quince años, la empresa de partes de relojería de su padre y la transformó en un emporio de mil quinientos millones de dólares. A partir de entonces, dedicó su vida a invertir en distintas compañías, siempre con inteligencia y siempre con éxito. Pasó así más de cincuenta años, hasta que sus hijos, fanáticos del futbol americano, lo convencieron de comprar una franquicia. Como en el resto de su vida, la apuesta le salió bien. Transformó a los mediocres ad infinitum Bucaneros de Tampa Bay en campeones de la nfl en tan sólo siete años. El equipo que compró en 192 millones de dólares ahora vale más de setecientos. Fue después del campeonato de los Bucs cuando a Glazer se le ocurrió la idea más inexplicable: comprar el prestigioso Manchester United Football Club. Comenzó con un porcentaje menor de acciones, que poco a poco fue aumentando hasta que, en mayo de este año, protagonizó un espectacular takeover de ochocientos millones de libras, para hacerse del 72.9 por ciento de las acciones y controlar, efectivamente, los destinos del club. ¿Por qué lo hizo? Para hacer negocio, sin duda. Aunque aún no queda claro cómo va a conseguirlo. Pidió prestada la mayor parte del dinero utilizado para la compra. No tiene la menor idea del futbol —aunque diga, en cada entrevista, que siempre ha sido fanático de los Red Devils— y ha conseguido poner a la afición entera en su contra. Desde que la operación era un rumor, los fanáticos del Manchester se opusieron rotundamente. A diferencia de los otros Sugar Daddys, Glazer no iba a comprar un equipo en bancarrota económica ni futbolística. El Manchester es una de las franquicias más poderosas del mundo. Multicampeón de Inglaterra, campeón de Europa en 1999. Con 2.3 millones de aficionados en todo el planeta, y balances positivos de setecientos millones de libras al año en venta de mercancía. Por ello, los aficionados en Old Trafford no añoran los triunfos, los conocen de primera mano. No desean nuevos jugadores, tienen a los mejores en su equipo. No buscan cambios en una estructura que ha funcionado de maravilla. En resumen: no quieren que un multimillonario, de un país donde el futbol no existe, controle a su equipo. Temen, quizá con razón, decisiones a lo yanqui. Que el uniforme rojo cambie por uno plateado, que el viejo y adorado estadio sea derribado y reemplazado por una arena state of the art sin tradición alguna, o cualquier otra excentricidad que se le ocurra al septuagenario patrón. Parecen minucias, comparadas con las operaciones de millones de libras, pero en Inglaterra el futbol se toma muy en serio. Así, las protestas comenzaron desde que la operación era un rumor, y se intensificaron cuando se concretó. Manifestaciones dentro y fuera del estadio, quema de abonos y desplegados en periódicos fueron algunos de los actos de los iracundos aficionados. No tuvieron éxito. Glazer ya controla el club, ha puesto a sus hijos dentro del consejo directivo y planea nuevas estrategias de comercialización y venta. ¿Funcionará el estilo yanqui en el futbol inglés? Es difícil saberlo. La alegría de millones de aficionados depende de ello. En lo que esperan los acontecimientos les queda un muy pequeño consuelo: destrozar a los pequeños Malcolms cibernéticos estrellándolos contra las paredes de Old Trafford en un juego que pueden bajar de internet.