Los primeros días de Obama | Letras Libres
artículo no publicado

Los primeros días de Obama

El inconsciente narrativo

 

1. Vimos el martes 4 de noviembre de 2008 lo que puede ser la alegría política. A los seres humanos –en lo que les queda aún del niño que llevan dentro– basta tocarlos con el pétalo de una ilusión para que salgan a las calles y las plazas a festejarlo, como en una fiesta mayor. Se trata del entusiasmo político que despiertan los líderes y las revoluciones: la necesidad de creer. Es una algarabía instantánea y muy emotiva. Vivimos predispuestos –más que puestos– a la esperanza. Sucedió en los primeros meses de 1994 con el levantamiento zapatista en Chiapas. Sucedió en 1959 cuando los jóvenes y guapos e intelectuales revolucionarios de Cuba tomaron el poder. Y la comprobación de esta idea (que más bien es una corazonada) la vimos más de una vez y en más de un lugar en las banquetas y las calles de muchísimas ciudades norteamericanas, en los parques Grant y Millennium de Chicago y en el legendario Central Park de Nueva York cuando se anunció que Barack Obama había ganado las elecciones presidenciales más que duplicando el número de votos estatales de su oponente.

Más tarde o más temprano se impone el principio de realidad y viene la decepción. Los líderes se desvanecen y vuelve la gente a poner los pies en la tierra. La pérdida del encanto resulta tan previsible como inevitable. Con el paso del tiempo, el joven Felipe González ya no conmueve tanto; el joven Fidel Castro no arrebata tanto como en sus primeros años de triunfo; no se sabe qué figura proyectará Zapatero dentro de diez años; Robert Kennedy no alcanzó a desvanecerse porque alguien lo interrumpió al principio del camino. Pero lo que importa de Obama aquí y ahora, aquí a sus 47 años –sea como vaya a ser el futuro irrevocable–, es el presente y el porvenir –otra vez– de una ilusión.

Y no está mal que sea así nuestra animalidad política. La historia avanza porque los jóvenes tienen una mayor capacidad de ilusión. Tienen toda la vida por delante, se sienten eternos, y no saben de los fracasos (los proyectos políticos fallidos) de quienes los antecedieron.

Entre las enseñanzas de la campaña exitosa de Obama está –aparte del inusitado e imaginativo uso del internet: propositivo, no insultante, masivo– la participación de los jóvenes. Pero esos jóvenes no son únicamente los muchachos desempleados o trabajadores. Son también los jóvenes estudiantes que tienen un plus: empiezan a ser cultos y la cultura supone un mínimo de conciencia política que, en este afortunado caso, se puso en campaña.

Sigue creyéndose, en un sector muy amplio de la población, que la lectura no sirve para nada. Bueno, pues resulta que puede servir para llegar al poder. Puede ser muy útil para llegar a la presidencia. ¿Por qué? Porque, como en los tiempos clásicos, la oratoria de plaza sigue siendo el principal promotor del entusiasmo político. ¿Cómo se construye bien temperado un discurso en el que aparecen en su justo lugar y en el momento exacto las ideas y las emociones?

Respuesta: cuando se tienen asimiladas miles de lecturas desde que uno es muy joven. Las ideas, el pensamiento, la imaginación, la claridad, la capacidad de articular o concatenar emociones e ideas, el talento para poder expresarlas, son sólo posibles en la sostenida conversación con los muertos, es decir, con los autores del pasado que desde el libro nos hablan.

Y ese factor intelectual contó mucho en la competencia de los dos políticos norteamericanos. Era evidente la superioridad intelectual de Obama frente a McCain. En el fondo de la templanza de Obama había y hay una educación literaria. Aprendió, como el escritor de oficio, a hacer conexiones: a relacionar una idea con otra, a intercalar a final de párrafo, en su justo momento, la misma frase (“Yes, we can”) como hacía Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. (“Pero Bruto es un hombre honorable. Pero Bruto es un hombre honorable.”). Hay musicalidad en su oratoria.

Lluís Bassets piensa que el político posmoderno necesita contar con una potente biografía, capaz de sintonizar con las mayorías “que deben apoyarle y a la vez debe saber contar sus ideas políticas a través de relatos, de historias concretas, con rostros, nombres, apellidos y aliento vital”. El talento político de Obama es narrativo. Sabe contar su propia vida y utilizar las biografías, como apólogos que le sirven para discutir y transmitir sus ideas políticas.

El lunes, un día antes de la elección, Obama se presentó ante una multitud en alguna ciudad de Florida.

Y lo primero que les dijo fue: “Hoy sólo voy a decirles una palabra: Mañana.” Y ese mañana era el día de la elección pero también era la idea de un futuro promisorio, un énfasis en la continuidad de la vida, un recordatorio de la esperanza. Eso es tener sentido del lenguaje: “Mañana.” ¿Cuántas cosas puede significar la palabra “mañana”?

Escribió dos libros, de su puño y letra, La audacia de la esperanza y Los sueños de mi padre: un conjunto de ensayos políticos y una autobiografía que no es sino un Obama escrito a mano.

“La narración es una de las formas de construcción de la identidad. Lo que llamamos el yo es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta narrativa todavía no publicada”, escribe Constantino Bértolo.

Supo expresarse, en su discurso de aceptación y agradecimiento, con un personaje: una anciana de más de cien años que vive en Atlanta. Personalizó la idea, creó un personaje, contó una historia. Acudió a las metáforas y a los símbolos. Y ya se sabe que (aunque no se sabe por qué) el corazón humano es más proclive a entender mejor una idea o un pensamiento cuando se le obsequia en forma de cuento. Por eso los niños tienen hambre de cuentos. Por eso la gente anda en busca de historias (novelas, películas, reportajes, chismes). Porque a través de la narración, añade Constantino Bértolo, se le ofrece al ser humano la experiencia de la comprensión. Y de esa manera –tanto ahora como en los tiempos de Cicerón– el orador conecta con el inconsciente narrativo de las masas.

 

2. Una asociación de ideas y de autores ha producido al menos metafóricamente el concepto de “inconsciente narrativo”. Esas ideas proceden de Noam Chomsky, que de manera conjetural y no experimental pero con gran consenso entre los lingüistas sostiene que aprendemos el lenguaje gracias a una predisposición neurobiológica innata. También se debe al encuentro indeliberado de la idea (la conexión involuntaria, pudo haber dicho Marcel Proust) que se infiere de la percepción de Jacques Lacan en el sentido de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. A Carl Gustav Jung: su muy fecunda noción del inconsciente colectivo o impersonal. Y no menos a Mark Turner, neurocientífico y profesor de literatura, cuando dice en The Literary Mind que siempre que hablamos estamos contando una historia.

En todo caso, la figura de “inconsciente narrativo” no es más que eso, una forma alegórica de expresar algo que también se encuentra en los textos de Jeremy Hsu cuando repara en la predilección que tienen los seres humanos, desde muy temprana edad, por que les cuenten historias. ¿Por qué parece que en el metabolismo cerebral se dan ciertas reacciones al disfrutar de una narración, historia, cuento, o como se quiera decir? ¿Y por qué esa respuesta parece afectar nuestras creencias y nuestra manera de percibir el mundo, de pensar y de tomar decisiones? Acaso se deba, dice el neurofisiólogo, a que la narración tiene el poder de persuadir y motivar, porque apela a nuestras emociones y a nuestra capacidad de establecer empatía. No por nada la Biblia se sirve de parábolas.

En otro sentido se ocupa Oliver Sacks de la narración: dice que todos llevamos una narración adentro y que, finalmente, esa narración interior continua es, constituye nuestra identidad personal, nuestra memoria, el yo que nos hemos ido construyendo a lo largo de la vida. “Biológica, fisiológicamente no somos tan diferentes unos de otros: pero históricamente, como narraciones vivas, cada uno de nosotros es único e irrepetible.” ~

– Federico Campbell

 

 ***

 

 

Cien noches en la Casa Blanca

 

La transición del gobierno de George W. Bush al de Barack Obama el 20 de enero fue como volver a respirar un poco de aire fresco tras soportar por ocho años la atmósfera viciada que dominaba en la Casa Blanca. El cambio fue inmediato: desde el simbolismo de la ceremonia inaugural ante un millón de personas y luego, desde su primer día en la oficina presidencial, fue evidente que un profundo cambio –en forma y fondo– se había producido.

Recuerdo que, al escuchar al recién instalado Obama, pensé que algo novedoso estaba ocurriendo: al fin, después de tanto tiempo, se volvía a tener un jefe de la Casa Blanca que hablaba clara y correctamente inglés –sí, inglés, no la jerigonza primitiva de Bush, que no producía ni sentido ni convicción porque sólo repetía lo que le soplaban al oído sus asesores y burócratas.

Obama es un orador elegante, cultivado y eficaz que inspira a quienes lo escuchan, lo cual ayuda a entender la “obamanía” que ha surgido en Estados Unidos y el resto del mundo.

Si uno sigue la costumbre de juzgar a un nuevo gobernante por lo que hace en sus primeros cien días en el poder, puede decirse que el comienzo de Obama ha sido muy auspicioso y alentador. Para evaluarlo habría que empezar señalando que asumió el cargo en medio de la peor crisis de Estados Unidos en los últimos setenta años. La herencia que le dejó Bush puede compararse con la de una nave que hace agua por todas partes y cuyos ocupantes sólo piensan en salvarse o son cínicos que han desechado toda esperanza –como en la invocación de Dante al inicio de su Commedia– de que haya salvación y menos que el gobierno pueda realizar el milagro. Por supuesto que la crisis es global, pero comparada con la de Europa y Asia, la de Estados Unidos es muchísimo peor: casi no hay una área de la actividad económica –de Wall Street a los pequeños negocios– que haya escapado a su impacto, lo que produce la sensación de que algo impensable ha ocurrido: el gigante, el país más rico del mundo, está gravemente herido.

Obama no podía darse el lujo de elegir prioridades y atacar lo más urgente porque todo era urgente y además formaba parte de un conjunto de promesas electorales que debía cumplir dentro de los plazos a los que se había comprometido. En el complejo mundo de la política todo está interrelacionado y el reto consiste en actuar, con rapidez, sagacidad y decisión, en muchos frentes a la vez. Es justo decir que el presidente ha cumplido básicamente con esas promesas o que está en el proceso de cumplirlas.

Por cierto, no todo ha sido positivo pues se registraron algunos inesperados problemas que no parecían muy difíciles de evitar. Uno de los más serios fue que varios nominados para puestos dentro de su gabinete, entre ellos la máxima autoridad encargada de la vasta operación de rescate financiero, tuvieron que admitir que debían sólidas sumas en impuestos federales. Las disculpas de que fueron “olvidos involuntarios” y el anuncio de que pagarían la deuda de inmediato sonaron poco satisfactorios y bastante ridículos: si esta gente comete “olvidos” que la autoridad fiscal no aceptaría de alguien que no le ha pagado a tiempo unos centenares de dólares, ¿qué grado de confianza podía tenerse en su manejo de cientos de billones de dólares? Tampoco lució bien que gigantescas corporaciones, como la aseguradora AIG –cuyo desplome habría acarreado el del mercado de la propiedad inmueble, ya muy deteriorado– premiaran a sus altos ejecutivos con millonarias bonificaciones con el dinero de los contribuyentes que formaba parte del “paquete” económico diseñado para sacarlo del negro agujero que ellos mismos habían cavado por ineficiencia o codicia. Aunque luego del escándalo general que esto produjo el gobierno reaccionó tomando medidas para que buena parte de las bonificaciones fueran devueltas, el daño ya estaba hecho en la credibilidad del plan y en la confianza del público. Esa no es la única razón por la cual nadie sabe si el plan económico va a funcionar o no.

La verdad es que las tres áreas clave de la economía están en serios aprietos: la banca, la propiedad inmueble, la industria automotriz. Estos problemas se agravan en forma de un círculo vicioso: la sequía del crédito bancario ha contraído el mercado de la vivienda a niveles históricos, y los que ya no pueden pagar sus hipotecas no se arriesgan a comprar autos, y las empresas que los fabrican y no logran venderlos se ven obligadas a realizar despidos masivos de empleados y obreros que, como consecuencia, dejan de adquirir lo que no sea indispensable. Al respecto, hay datos anecdóticos pero muy reveladores de cómo ha cambiado la sociedad norteamericana para enfrentar la crisis: en una cultura como esta, acostumbrada al exceso y al desperdicio, donde lo que ya no funciona bien se tira y se reemplaza por algo nuevo, la gente está poniendo mediasuelas a sus zapatos viejos o remendando ropas y sábanas; los sastres y zapateros remendones están entre los pocos cuya situación es mejor que antes.

Asimismo, los cines –la forma más barata de entretenimiento– están más llenos que nunca: la gente quiere olvidar por un rato la dura realidad. Sacar al país de esta recesión –que Bush se negó a reconocer hasta los últimos meses de su gobierno– supondrá mucho esfuerzo, suerte y tiempo. Los optimistas predicen que eso ocurrirá a fines de año; los pesimistas creen que habrá que esperar hasta 2010 y aún más.

En otras áreas el gobierno ha dado pasos decisivos y audaces. Los más notorios se han registrado en el campo de la política exterior. Obama ha cambiado la confrontación y la rigidez del régimen anterior por una actitud de diálogo y flexibilidad para encarar los problemas que le plantea su relación con Irán, Rusia y China. La primera fase del prometido retiro de tropas en Iraq comenzará este mismo año, lo que le permitirá concentrar sus fuerzas militares en Afganistán, donde la situación es particularmente grave, en parte debido al fracaso del régimen de Karzai.

En cuanto a América Latina, Estados Unidos ha reconocido por primera vez, a través de declaraciones de Hillary Clinton en México, que el problema del tráfico de drogas y de armas es de los dos países y que el creciente consumo de estupefacientes y la venta de armas de alto calibre al norte de la frontera es responsabilidad de Estados Unidos, lo que era obvio pero se disimulaba bajo capas retóricas. Igualmente clara ha sido la admisión de que los detenidos en la base de Guantánamo fueron sometidos a diversas formas de tortura por agentes de la CIA, aunque me parece muy discutible que los hayan exonerado de responsabilidad legal por cumplir órdenes superiores: es el mismo argumento que usaron los nazis acusados por el extermino de judíos en los campos de concentración. Posteriormente, Obama parece haber reexaminado la cuestión y ha dejado abierta la puerta para que haya una investigación que establezca la responsabilidad de quienes dieron en secreto esa orden y diseñaron las técnicas permitidas, lo cual puede llegar a lo más alto de la administración Bush.

Pero quizás el cambio más dramático sea el de la política con Cuba, en la que se ha iniciado, casi medio siglo después, un deshielo que puede tener grandes consecuencias: aunque no ha levantado aún el embargo que nunca dio los frutos esperados, ha puesto fin a las restricciones que tenían los cubanoamericanos para viajar a la isla y enviar remesas de dinero, aparte de permitir que operen allí empresas de telecomunicaciones, lo cual puede abrir el flujo de libre información para una sociedad privada de ella.

El mismo Raúl Castro, que no es ningún demócrata pero sí un pragmático, ha declarado que está dispuesto a hablar “de todo” con Obama, incluso de “presos políticos” y “libertad de prensa”. Pueden ser meras palabras, pero son palabras que su hermano Fidel jamás pronunció.

Estas y otras medidas señalan el cambio radical que Obama ha producido en los primeros meses de su gobierno. Ha sido, sin duda, muy buen comienzo, pero la tarea que queda por hacer es enorme y extremadamente compleja. Hay dos cuestiones de fondo que deben tenerse en cuenta para medir su éxito o fracaso en el futuro. La primera es que, pese a que muy pocos quieran aceptarlo, la economía norteamericana está ahora subvencionada por el gobierno, sin cuya intervención todo se habría venido abajo. Es decir, se ha convertido en una economía mixta en la que el Estado cumple un papel esencial para subsanar los graves errores del sector privado. La segunda es una consecuencia de la primera: resulta evidente que el principio de que el mercado libre debe funcionar al margen de toda regulación del Estado porque este es un pésimo administrador o –como lo llamó Octavio Paz– un ogro filantrópico, tiene que ser profundamente revisado. El modelo de la economía dirigida por burócratas del sistema comunista fue un fracaso absoluto, pero parece que tampoco funciona bien un capitalismo salvaje, al margen de toda regulación estatal. La presente crisis ha dejado en claro que los peores enemigos del capitalismo son los propios capitalistas, que, en su ciego apetito por enriquecerse, produjeron desastres como el presente y del que sólo pueden salir con ayuda estatal. No sabemos cuáles serán las consecuencias de este matrimonio a la fuerza entre el sector público y el privado, pero sí podemos estar seguros de que Wall Street no volverá a ser lo que fue, si es que todos hemos aprendido la lección. ~

– José Miguel Oviedo