Los muertos olvidados | Letras Libres
artículo no publicado

Los muertos olvidados

La historia de los mexicanos en territorio estadounidense incluye episodios trágicos: escenas de violencia, juicios improvisados, autoridades omisas o en colusión, ejecuciones sumarias frente a multitudes cómplices. Estos sucesos eran parte del imaginario colectivo sin ser necesariamente bien comprendidos: uno asumía la existencia de racismo letal pero no su verdadera extensión. Los historiadores William D. Carrigan y Clive Webb se dieron a la tarea de realizar una extensa investigación documental para averiguar la profundidad de esta violencia. Los resultados, incluidos en Forgotten dead: Mob violence against Mexicans in the United States, 1848-1928 (Oxford University Press, 2013), son reveladores por duplicado: por un lado muestran el lugar frontal que tenían estos episodios de violencia como parte de la vida cotidiana y la supuesta administración de justicia y, por otro, exhiben qué tan complicado es recuperar una memoria que al paso del tiempo se desgasta e irremediablemente se emborrona. William D. Carrigan accedió a responder algunas preguntas para ampliar los temas de su investigación.

 

Al inicio del libro se explica que “linchamiento” no tiene una definición concreta. Aunque parece ser un término inequívoco, resulta problemático. ¿Por qué?

La palabra “linchamiento” se comenzó a utilizar en Estados Unidos, probablemente en Virginia, y se utilizaba desde un inicio para hablar de violencia extralegal. Sin embargo en un principio no se refería necesariamente a asesinato; podía tratarse de azotes o de esos episodios en los que bañaban a las víctimas en brea y plumas. Se trataba de un caso en el que los miembros de una comunidad decidían administrar un castigo fuera de la ley. Con el paso del tiempo empezó a hablarse de un linchamiento solo si una persona era asesinada, especialmente ahorcada. Durante un buen tramo del siglo XIX, la palabra “linchamiento” no tenía las connotaciones negativas que ahora tiene. La gente justificaba el linchamiento con argumentos como: “es algo que la comunidad hace cuando se ve enfrentada con circunstancias inusuales y los líderes de la comunidad lo hacen porque el momento de crisis lo requiere”. En particular durante la Fiebre del Oro en California (1848-1855), a nivel nacional estas multitudes se volvieron sinónimo no de personas que se oponían al sistema legal, sino que lo sustituían. Fue hasta el final del siglo XIX cuando activistas en favor de los derechos civiles, en especial de los afroamericanos, como la National Association for the Advancement of Colored People, decidieron utilizar los periódicos para darle al linchamiento el giro negativo que tiene hoy. Fue entonces que la palabra se comenzó a usar para hablar predominantemente de un crimen racial. Incluso, en el siglo XX, cuando se escuchaba el término se pensaba, casi en automático, en una turba de hombres blancos que atacaban a una persona de raza negra.

Dice que el término linchamiento tenía una connotación menos negativa a inicios del siglo XIX, ¿notaron en sus fuentes que las personas hablaban de estos con menos arrepentimiento?

Sí, desde el principio se plantearon ambas posturas: había personas que eran muy críticas de los linchamientos. Y también encontramos muchos recortes de periódicos y testimonios de individuos que los defendían y decían que eran algo bueno, que era algo que había que hacer, que la comunidad los necesitaba, que la criminalidad estaba fuera de control y había que enviar un mensaje. Muchas personas creían que el linchamiento era una parte central de su orden social.

Paradójicamente, ¿veían esta violencia como una herramienta civilizatoria?

Creo que sí. Creían que algunos individuos –negros, mexicanos, chinos, nativos americanos– no serían capaces de adaptarse fácilmente a la cultura y solo entenderían y harían lo que debían hacer si se comunicaban con ellos mediante la violencia. En contraste, pensaban que sí podían dialogar con los inmigrantes británicos y franceses; explicarles cómo es que Estados Unidos era distinto a sus países de origen. Pero con los mexicanos o con los chinos había dos opciones: o no se adaptarían nunca y debían volver a México o a China o solo aprenderían cuál era su lugar a través de la violencia.

¿Por qué una ola de violencia a esta escala en contra de los mexicanos ha pasado tan inadvertida hasta ahora, en contraste con los actos de violencia en contra de los afroamericanos, por ejemplo?

Primero, porque la población afroamericana hasta hace muy poco era mucho mayor que la población hispanoparlante, o que la población mexicana. Otro factor también importante es que la mayoría de nuestras instituciones de comunicación y de educación estaban localizadas en la Costa Este, y la violencia en contra de los mexicanos ocurrió en su mayoría en el suroeste, en regiones más bien remotas.

Otro de los factores fue que los afroamericanos se organizaron muy bien para protestar en contra de los linchamientos. Su protesta fue, incluso, la razón por la cual los linchamientos se conocen tanto como ahora. Al inicio del siglo XX comenzaron a publicar cada año listados con el número de linchamientos ocurridos y enviaban a los medios esos documentos junto con boletines para generar atención. Algo curioso ocurría con esos listados: cuando publicaban sus datos, los reportaban en dos columnas identificadas como “Blancos” y “Negros”. En la categoría de víctimas “blancas” estaban incluidos los asiáticos y los latinoamericanos, claro, más mexicanos que de cualquier otra nacionalidad. Los lectores de esos artículos no estuvieron al tanto de esto.

En esa época, los mexicanos en Estados Unidos, ¿tenían algún líder, un defensor de su causa en la lucha contra esta violencia?

Hubo algunos, pero ninguno equivalente, por ejemplo, a César Chávez o a W. E. B. Du Bois para los afroamericanos, o a Martin Luther King. Nadie de esa talla unía a los mexicanos en el suroeste de Estados Unidos. La contraparte real a esta violencia fueron los diplomáticos mexicanos. En el libro dedicamos un capítulo a la respuesta de los mexicanos ante la violencia y la importante labor que realizó el cuerpo diplomático. Quizá si el gobierno mexicano no hubiera intervenido como lo hizo habría habido espacio para que surgiera un líder de entre la comunidad. Quizá el equivalente más cercano a un héroe del movimiento contra los linchamientos, si tuviera que elegir a alguien, sería Matías Romero.

Los testimonios de los perpetradores de la violencia que recuperan en el libro utilizan una retórica racista que tiene ecos en algunos discursos actuales.

Sin duda hay ecos del pasado en los justicieros actuales que utilizan el mismo tipo de argumentos: “Debemos tomar la ley en nuestras manos, el gobierno estadounidense no puede detenerlos, no es capaz de proteger nuestras fronteras.” Sin embargo, la violencia del pasado es distinta, porque a estas personas no les es posible ejercerla del mismo modo. Están mucho más aislados que antes. Hoy vemos que, tristemente, parecen alejarse de los márgenes. Quizás estemos entrando en una nueva era de violencia. ~