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artículo no publicado

Los motivos de Bernardo Reyes

Bernardo Reyes (“soldado leal, un hombre sencillo a pesar de su arrogante aspecto militar”, escribió Rubén Darío) aspiraba a suceder a Porfirio Díaz. En vez de eso sufrió el exilio, la cárcel y posteriormente la muerte por metralla al intentar terminar con el frágil gobierno de Madero.

 


Mas Porfirio por tontera

quitándome la cartera

y matando mi ilusión,

me despachó a la Frontera

a gobernar Nuevo León.

El Tenorio Maderista, 1912.

El olvido

El 9 de febrero de 1913 dio inicio el golpe de Estado en contra del gobierno de Francisco I. Madero encabezado por Bernardo Reyes, un hecho que ha sido registrado por la historia como el “cuartelazo”. Para ese entonces, Bernardo Reyes contaba ya con una fuerte trayectoria en la carrera de las armas en la que alcanzó el grado de general de División, con una impecable hoja de servicios desde su participación –muy joven aún– en la lucha en contra del Imperio de Maximiliano. El paso más significativo de esta carrera fue su nombramiento a los 35 años como jefe de la Tercera Región Militar que incluía el extenso e influyente territorio de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León. En 1887 ya era gobernador para este último estado y desde allí consolidó su poder para llegar a la Secretaría de Guerra en 1900. En este cargo estuvo un breve tiempo que fue suficiente para agudizar su rivalidad con los “científicos”, quienes habían efectuado atrevidos cambios en la organización del ejército. No obstante, se convirtió en uno de los más fuertes aspirantes a suceder a Porfirio Díaz; el otro fue José
Yves Limantour, el poderoso secretario de Hacienda.

Reyistas sin Reyes

Para la elección presidencial de 1904 –la primera por seis años– los partidarios de Reyes lo mencionaron reiteradamente como candidato, así que no resultó una sorpresa que de nuevo en 1909 se le considerara el posible sucesor. Como en otras ocasiones la avalancha del reyismo, más fuerte que nunca, fue contenida por el mismo Reyes al extremo de autoexiliarse del país. Al aceptar una comisión militar de Díaz en Europa, benefició el ascenso de Francisco I. Madero, quien supo encauzar las inquietudes políticas de la sociedad. En la coyuntura en que se produjo la caída del dictador, en mayo de 1911, fueron notables las ausencias tanto de Limantour como de Reyes que por diferentes motivos habían estado durante varios meses en el extranjero, alejados de la política nacional.

Cuando el maderismo avanzaba en forma arrolladora, Reyes decidió regresar a México. Aceptó a destiempo lo que durante varios años le habían pedido sus seguidores y se postuló como candidato a la presidencia ese año para enfrentar a la figura política más popular del momento. Hubo conversaciones e intentos de establecer alianzas; sin embargo las diferencias resultaban brutales entre la concepción civilista de Madero y la militarista de Reyes.

Educados en ámbitos opuestos, Madero llegaba a la contienda con ideas modernas que se expresaban sucintamente en la democracia como vía para la transición. En su crítica a las soluciones armadas, Madero optó por el civilismo para explicar lo que había acontecido en México y hacer una propuesta para su futuro, tal como se desprende de su libro La sucesión presidencial en 1910, publicado a finales de 1908, que en la primera versión ostentaba el subtítulo de El Partido Nacional Democrático, que él mismo suprimió en la segunda para alejarse en forma contundente de los reyistas.

Para Reyes –que seguía las ideas en boga en Francia– el cambio solo podía asegurarse a través de las armas, más cuando en México habían permitido la consolidación de la nación liberal. De este modo, Reyes se ubicaba del lado del partido liberal, con su obstinación por el progreso y por una nueva identidad nacional, contraria al bando conservador, aferrado este último a la permanencia de las instituciones virreinales. Para él, Díaz era la cabeza del nuevo ejército liberal y nacional, y había garantizado la paz al hacerse del poder. Así lo expresa en el capítulo que dedicó al ejército en México, su evolución social, la obra coordinada por Justo Sierra y cuya publicación data de 1900.

El itinerario de esa irreconciliable relación fue narrado por el mismo Reyes cuando, luego de los numerosos tropiezos durante la campaña presidencial contra Madero, tomó la decisión de renunciar y salir de nuevo del país hacia un destino desconocido. Reapareció a finales de 1911 con un plan político que dio a conocer en noviembre. En la Navidad de ese año se entregó en Linares, ante el fracaso de la insurrección convocada en contra de quien acababa de asumir las riendas del poder presidencial.

La justificación

En el extenso plan revolucionario que había publicado el 16 de noviembre en Soledad, Tamaulipas, Reyes se pronunciaba en contra de lo que llamó la “imposición” de Madero quien, según él, había realizado “toda la escala de las intrigas para perderme”. Asumía el Plan de San Luis, aunque con el añadido de dieciséis puntos. Recordaba haber regresado al país en abril de 1911 cuando fue llamado por Díaz para ponerse al frente del ejército y condicionó el encargo a la salida del grupo “científico” de la administración y a que le fueran otorgadas las facultades para “transigir con la Revolución, la que a mi juicio estaba justificada”.

Reconocía que aunque la voluntad popular por mayoría aceptaba la candidatura de Madero, este le conminó a postularse también, con la “seguridad de que la campaña habría de hacerse dentro de la ley, y teniendo en cuenta los vínculos amistosos que nos ligan”. Pero los propósitos que se desprendieron de la reunión del 2 de agosto en Tehuacán, Puebla, no fueron respetados y la contienda se transformó en prisiones, desafueros, asesinatos y violencia en contra de sus partidarios. Lo que llamó la “camarilla maderista” fue apoyada por el gobierno provisional que encabezaba León de la Barra y los diputados y senadores pertenecientes al grupo “científico”.

Entre los hechos aludidos, destacan los de la mañana del 3 de septiembre cuando un grupo amplio de simpatizantes de Madero –que Reyes calculó en tres mil– se enfrentaron a sus partidarios en la avenida Juárez, los apedrearon y sitiaron la casa donde habían encontrado refugio, según la versión que el oficialista El Imparcial dio al día siguiente. Para El Porvenir, un diario reyista, la acción había sido programada por Gustavo Madero, Jesús Urueta, Juan Sánchez Azcona y Camilo Arriaga, tal como Reyes lo reconoció meses más tarde, al recordar que el 19 de septiembre escribió al ingeniero Alberto García Granados, secretario de Gobernación, para quejarse de la policía por no intervenir para detener los desmanes. Al considerar que no contaba con las garantías para su supervivencia, el general Reyes decidió abandonar la contienda y salir del país el 28 de septiembre, sin atender el llamamiento en contrario de sus seguidores.

Reyes consideró que no tenía alternativa luego de que el Congreso de la Unión le negó la “prórroga del plazo señalado para los sufragios, hasta que el voto de los ciudadanos estuviera garantizado”. Eso fue definitivo para que el Partido Reyista y otros declararan que no concurrirían a los comicios. Por ello, declaraba en su plan “nula de toda nulidad la declaratoria que señala, respectivamente, para desempeñar la Presidencia y Vicepresidencia de la República a los ciudadanos Francisco I. Madero y Lic. José María Pino Suárez”.

La popularidad

Al rendirse Reyes en Linares, fue conducido a la prisión militar de Santiago Tlatelolco, en la ciudad de México. Durante todo el año de 1912 se desarrolló un juicio que generó fuertes expectativas en la sociedad y un voluminoso expediente. Madero no pudo prever las consecuencias de la presencia de Reyes en la capital de la república, cuando los movimientos antimaderistas se articulaban por todo el país.

El 3 de marzo de 1912 Pascual Orozco –el estratega de la definitiva batalla de Ciudad Juárez– se levantó en contra del presidente desde Chihuahua. En el Plan de la Empacadora del día 25 realizó críticas severas a Francisco I. Madero porque “ha usurpado el poder de nuestros expoliadores, llegando a él no por el camino llano de la democracia, sino por las tortuosidades del engaño y la traición; ascendiendo por una pirámide de cadáveres y escombros, y burlando la buena fe del pueblo que por error convirtió en ídolo al verdugo”. En su programa declaraba, además, derogada la reforma constitucional que estableció la vicepresidencia.

Fue a combatirlo Victoriano Huerta, en tanto jefe de la División del Norte, apoyado entre otros por Francisco Villa, con quien tuvo un altercado que terminó por llevar a este último a la prisión de Santiago Tlatelolco el 13 de junio. Félix Díaz se sublevó en octubre, desconociendo también al presidente; sometido unos días después, fue encarcelado en San Juan de Ulúa, en Veracruz. Condenado a muerte por un jurado militar, recibió el perdón de Madero y fue trasladado a la penitenciaría del Distrito Federal. El 26 de diciembre, Villa se fugó. Francisco Vázquez Gómez venía conspirando desde que fue sustituido por Pino Suárez en la vicepresidencia. Francisco del Toro se sumó a los vientos de rebeldía en los Altos de Jalisco e incluso se insinuó de una actitud semejante por parte de Venustiano Carranza, pero los hechos se interpusieron y no le dio tiempo de definirse en ese sentido. Por si no fuera suficiente, Reyes ya había esgrimido en su plan que no podían realizarse elecciones por los conflictos que tenían los estados de Morelos, Chiapas, Guerrero, Puebla y Veracruz.

Implacable la rueda de la historia invertía en un tiempo tan corto las posiciones y la popularidad que perdía Madero, la ganaba de nuevo Reyes. El diario El Intransigente de esas fechas mencionaba que el juicio del inculpado estaba lleno de “irregularidades” y que “se han mutilado las declaraciones rendidas por el procesado”. Hasta el poeta Rubén Darío salía en su defensa desde París, según un
artículo reproducido por El Heraldo Independiente el 21 de mayo de 1912. Allí llamaba “ilustre” a Reyes. Habiéndolo conocido en la villa de Neuilly, encontró en él “un soldado leal, un hombre sencillo a pesar de su arrogante aspecto militar, aficionado a las letras, y autor, él también, de varias obras; espíritu generoso y amante de su patria”. El nicaragüense citaba un escrito del doctor David Cerna en el que igualaba al general con Coriolano, el personaje del Plutarco de Vidas paralelas que fue retomado por Shakespeare. Personaje cuyas fuentes de debilidad y fortaleza eran su altivez y su “apasionado sentimiento” y a quien “no es el pueblo romano quien le atrae su destrucción...” sino esas sus cualidades. Simpatizantes, tanto Darío como Cerna, debían reconocer que Reyes vaciló demasiado.

Adelantándose al juicio de la historia, Bernardo Reyes se había exculpado, como si adivinara lo que vendría, en su declaración del 26 de noviembre desde la prisión: “Y aquí estoy ante vosotros; sereno en mi conciencia, dado que abrigo la convicción de estar acusado por actos que no infaman, en los que se puede suponer que el aspecto de los contrarios y cambiantes intereses que se agitan en la crisis de un pueblo, que puede haber error, pero nada en absoluto que mancille...”

Doble paradoja

Aunque Reyes inició el movimiento para derrocar a Madero, los generales Manuel Mondragón, Félix Díaz y Victoriano Huerta lo culminaron en un sentido que aquel nunca esperó. El periodista Nemesio García Naranjo lo dejó claro cuando escribió que fueron dos cuartelazos. De acuerdo con lo que siguió, Reyes no se equivocó respecto a la vía militar para alcanzar la estabilidad y el desarrollo del país, como lo habían ensayado los liberales en el siglo XIX. Baste recordar que luego del asesinato de Madero el proceso democrático tuvo un largo paréntesis, mientras los militares Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas ponían al país en el tránsito al desarrollo a través de la vía pacífica y las instituciones. Por el contrario, la democracia, la vía civilista por la que pugnaba Madero, tuvo que esperar casi un siglo. ~