Una habitación propia, noventa años después | Letras Libres
artículo no publicado

Una habitación propia, noventa años después

A nueve décadas de su publicación, el libro de Virginia Woolf sigue siendo un referente obligado no solo en términos de teoría feminista, sino del pensamiento político del siglo XX.

En octubre de 1928, Virginia Woolf (1882-1941) dio un par de conferencias sobre mujeres y narrativa en dos colegios universitarios para mujeres, Girton College y Newnham College, en la Universidad de Cambridge. Durante el siguiente año, las revisó y amplió para que Hogarth Press, editorial fundada por ella y Leonard, su marido, las publicara en 1929 bajo el título Una habitación propia. El libro que cumple este mes noventa años acaso sigue siendo la obra más influyente de Woolf, y un referente obligado no sólo en términos de teoría feminista, sino del pensamiento político del siglo XX.

Un primer detalle que vale la pena mencionar es que, dado que las conferencias originales fueron impartidas en colegios para mujeres, Woolf arranca increpando directamente a un público exclusivamente femenino, detalle que la mayoría de las traducciones al español no consideran. Esto neutraliza, sin duda, la intención política del texto: Mercedes Bengoechea, de la Universidad de Alcalá, ya se ha encargado de señalar hasta qué punto cambia el libro si one se traduce como una, en vez de uno, cuando Woolf habla en primera persona o se dirige al auditorio: “La permutación reiterada y constante del pronombre genérico one en uno masculino”, escribe, “distorsiona la diferencia de sentir y de emoción entre leer montones de veces ‘una piensa’ –es Virginia la que piensa– y leer ‘uno piensa’”.

Pero dejando esto de lado por un momento (aunque conviene que se quede dando vueltas por ahí, para que cuestionemos otras traducciones bajo esta misma premisa), pasemos a intentar definir el tema central del libro, con la esperanza de que esto nos conduzca a alguna certeza sobre qué hay de poderoso en él que ha logrado mantenerse como un clásico durante tantos años. Más que una preocupación sobre equidad en términos de derechos (lucha fundamental para las feministas de la época), me parece que la inquietud central de la autora está en la duda de las condiciones necesarias para crear obras de arte y las razones por las que las mujeres no han destacado en este ámbito al mismo nivel que los hombres.

Partiendo de que las circunstancias materiales suelen estar en contra de la creación –“Los perros ladran, la gente interrumpe, hay que ganar dinero, la salud falla”–, la brutal diferencia en las condiciones de vida entre hombres y mujeres agudiza las dificultades a las que ellas se enfrentan. Si el perro ladra, una mujer debe alimentarlo o sacarlo a pasear, si a los hombres los interrumpen ocupaciones profesionales, las mujeres han vivido atadas a lo doméstico. Como Rosario Castellanos, que en su poema “Autorretrato” describe mejor que nadie el tipo de cosas que se le atraviesan a las mujeres cuando intentan sentarse a escribir:

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.
Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

Para mostrarnos la potencia del patriarcado en ese momento (agudizado además en la Gran Bretaña por un inquebrantable respeto a la tradición), el primer capítulo del ensayo consiste en una descripción de cómo a la narradora ficticia propuesta por Woolf (identificada como “Mary Beaton, Mary Seton o Mary Carmichael), se le veta el acceso a tres lugares representativos de la élite masculina, todos dentro de Oxbridge, la ficticia ciudad universitaria en donde se ubica esta parte de la reflexión: los jardines, la biblioteca y la iglesia. Con esto, la autora logra describir, simbólicamente, la imposibilidad de acceder al placer, a la cultura y a la vida espiritual sin una continua supervisión masculina. Esto simboliza también la dificultad de desarrollar una voz y una opinión propias, elementos que también forman parte de la habitación propia que, evidentemente, va más allá de una necesidad meramente física. La habitación propia son las paredes, el escritorio y la silla, pero también la posibilidad de entablar diálogos con otras mujeres, lo cual implica necesariamente la construcción de una tradición literaria femenina.

¿Cuáles son entonces, volviendo a la pregunta original, los obstáculos a los que se enfrenta la mujer que escribe (o pinta, o baila, o compone música)? Woolf propone una respuesta al final del último capítulo: “La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no solo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía”.

Las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver”, dice Woolf en las primeras páginas de Una habitación propia. Un poco más adelante, escribe “Es fatal, para cualquiera que escriba, pensar en su género”. Estas dos oraciones dan luz sobre lo que para mí es el mensaje central del libro: que si bien no vamos a resolver el problema de la escritura (dudo que Woolf haya pensado entonces que para ahora estaría resuelto, aunque no lo sé), vale la pena intentar escribir, en términos materiales e inmateriales, sin ataduras o con la menor cantidad de ataduras posibles, desde lo que ella llama una mente femenino-masculina o masculino-femenina. Una persona.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir”. Este llamado radical a la independencia y a la lucha por la privacidad sigue cambiando, noventa años después de su publicación, las vidas de miles de mujeres generación tras generación (y cambiando, como consecuencia, a quienes las rodean). Acaso eso es lo que encierra la famosa habitación: la conquista del derecho a la vida propia.