Un viaje postrero a la oscuridad | Letras Libres
artículo no publicado

Un viaje postrero a la oscuridad

Los ambientes sofocantes y macabros que la autora argentina Mariana Enríquez ha retratado en obras anteriores vuelven con más fuerza en su última novela, Nuestra parte de noche, galardonada con el Premio Herralde de Novela 2019.

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El más reciente libro de Mariana Enríquez es una novela de terror que hiela la sangre y obliga al lector a estar alerta, como los animales nocturnos que se refugian en la oscuridad de la selva. Los ambientes sofocantes y macabros que la autora argentina retrata en Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama vuelven con más fuerza en las escenas de Nuestra parte de noche, galardonada con el Premio Herralde de Novela 2019.

La novela comienza como una clásica road novel muy al estilo de On the road de Jack Kerouac. Un padre y su hijo viajan en automóvil desde Buenos Aires hasta Iguazú, cerca de la frontera con Brasil y Paraguay. A través de sus ojos observamos el vasto paisaje tropical que guarda terribles secretos y leyendas sobrenaturales. En Nuestra parte de noche hay retazos de la cultura guaraní y vistazos a deidades paganas, como San La Muerte y San Güesito.

Juan y Gaspar Peterson parecen ser dos hombres ordinarios que huyen del dolor de la pérdida tras la muerte de Rosario, su esposa y madre, respectivamente. En varias partes de la historia Enríquez cita a Bram Stoker: “For the dead travel fast”, una frase de su célebre Drácula. En el periplo de estos personajes hay un sentido de urgencia, una prisa que inicialmente es inexplicable e incómoda. Pero nada pasa por casualidad: todos los personajes y situaciones acaban desvelando lo oculto. La autora nos va recetando la verdad a cuentagotas en una trama que no es lineal ni predecible. La historia va y viene, y se cuenta desde distintos puntos de vista, como lo hace Tarantino en Pulp Fiction.

El valor de esta obra va más allá de su impecable mitología y estructura. Mariana Enríquez entreteje con maestría esta apasionante narración con acontecimientos históricos. Sin generar hastío, recorre la época de la dictadura militar desde los años setenta hasta mediados de los ochenta. Asimismo, una gran parte de la novela transcurre en la selva, un entorno opresivo y sofocante, lugar de los desaparecidos, lugar de fauces hambrientas y fosas clandestinas.

En las profundidades de la maleza se erige una mansión tenebrosa y diabólica, donde se llevan a cabo los ritos de una despiadada orden esotérica. Juan Peterson es el médium de dicha orden. Desde muy joven, Peterson fue esclavizado por los Reyes-Bradford, los líderes de esta secta que es también la familia de su difunta esposa. Los miembros de dicha élite se rigen por la impunidad y aprovechan su posición privilegiada en la sociedad para abusar de los que menos tienen y utilizarlos como carnada en sus sangrientas ceremonias. Junto con algunos de sus aliados, Juan intenta alejar a su hijo de sus garras y heredarle un futuro libre.

Enríquez nos introduce a un universo oscuro y tenebroso al estilo lovecraftiano. Las líderes de la orden –Florence, Anne y Mercedes– recuerdan a personajes reales que jamás se desprendieron de sus auras enigmáticas, tales como Aleister Crowley –el célebre creador de la orden esotérica Astrum Argentum y líder de la Ordo Templi Orientis (Orden del Templo del Este)– o Eliphas Levi, el escritor y ocultista francés.

Toda la historia gira alrededor de la relación padre-hijo, una relación a ratos tóxica y explosiva, a ratos entrañable y conmovedora. Juan hace todo lo posible para evitar que la orden esclavice a su hijo como lo hizo con él, incluso si esta protección significa abusar físicamente de él. Desde los ojos de Gaspar su padre es un demente, un hombre despiadado que ha perdido el contacto con la realidad. Nadie se imagina el poder que Juan tiene y cómo lo usa para que la oscuridad juegue a favor de su hijo.

“El estado de clarividencia, cuando es permanente, es locura.”

La autora nos va guiando por un pasillo estrecho e impenetrable del cual parece no haber escapatoria. Como era de esperarse, la orden arrincona a Gaspar y lo encuentra años después de la muerte de su padre. El chico tiene talentos místicos y también es capaz de invocar a la oscuridad, lo que es una bendición para las líderes decadentes. Poco después de terminar su entrenamiento, en las profundidades de la selva, el joven médium despierta a la deidad más temida y la alimenta con un festín nauseabundo: “El lugar detrás de la puerta nunca había tenido olor en las anteriores excursiones lideradas por Gaspar. Ahora, sin embargo, había un bochorno en el aire, un tufo de carne vieja y cripta bajo el sol, de leche en mal estado, de sangre menstrual y aliento de hambre, de dientes sucios. La respiración de una boca mugrienta.”

La oscuridad es pegajosa y húmeda, como la boca de una sanguijuela hambrienta. Pero al final del día es el sitio que atrae, como dice Cormac Mccarthy en su icónica La carretera: “Nadie quiso estar aquí, pero nadie quiere irse”. Hacia el final de la historia, Gaspar deja muy claro que un viaje a la penumbra no tiene retorno.

 

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