Un bosque de árboles enfermos | Letras Libres
artículo no publicado

Un bosque de árboles enfermos

En este libro de cuentos, Liliana Blum pasa del realismo a lo fantástico, evocando una melancolía interior que lo permea todo.

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El título de este libro, Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019), hace referencia a una plaga que afecta a árboles como el naranjo o el limonero, los marchita desde adentro y los tiñe de gris. Es de una ironía muy oscura encontrarse con semejante nombre ahora que la pandemia causada por el coronavirus ha revelado cómo la melancolía puede surgir y carcomernos desde la intimidad. O, peor aún, de qué manera la violencia en el propio hogar se ensaña contra las mujeres. Y es que en este libro, el sexto volumen de cuentos de Liliana Blum (Durango, 1974), las mayores amenazas vienen del difícil comercio de emociones y cuerpos con los seres cercanos: amantes, padres y amigos.

Sin embargo, las tramas y conflictos que narra Blum distan de ser maniqueos. En sus cuentos hay un descrédito hacia la humanidad que es difícil de ignorar. Si bien sus personajes masculinos quieren lucir como Adán y terminan siendo la serpiente que arruina el paraíso, las mujeres no dejan de ser herederas malogradas de Eva. Vemos así relatos sobre niñas, adolescentes y mujeres vulneradas por maridos infieles, acosadores y casanovas, pero también exigidas por sus madres y hermanas.

“Su marido le había sido infiel con la asistente del contador. (…) A la hora en que se sentó a revisar sus mensajes en la computadora familiar, se encontró con la bandeja abierta y una carta (…) de amor cursi y con pésima ortografía”. (“Conejillo de indias”)

Los cuentos que componen el volumen son de tonos y procedimientos diversos. En algunos parece que el relato principal ocurre en la superficie, aunque debajo de esa normalidad se esté urdiendo una trama distinta, como sucede en “Conejillo de indias”, donde Lucía toma venganza de su marido adúltero con un amante joven; o “Cactus”, que narra lo que sucede cuando una pareja empieza a vivir en la misma casa. En otros, la violencia y la tensión son más explícitos, como en “Picota” o “Desnuda como un sándwich de carne”, dos relatos sobre la inseguridad en el México del narcotráfico y los feminicidios. También hay cuentos trágicos pero cruzados por el humor negro, como “Agua en los pulmones”, acerca de una mujer que se acuesta con su cuñado; “El diablillo de la balsa”, historia de amor retorcida entre una abogada veracruzana y un balsero cubano; o “Madriguera” −el único cuento protagonizado por un hombre−, retrato de Ricardo Stirner, mujeriego y mantenido profesional.

Una de las características que unifica a este compendio de bestialidades y padecimientos humanos es la destreza de Blum para, a partir de fragmentos, cambiar por completo un personaje o una situación (“Sus zapatos se veían viejos y gastados: los zapatos siempre desenmascaran a la gente”; o “su cuerpo [caído] hace el mismo ruido que un costal de naranjas”). En uno de los mejores cuentos del volumen, “Luz de mi vida, fuego de mis entrañas” −ineludible guiño a Vladimir Nabokov−, dos destinos cambian en un instante que se construye y resuelve a partir no de datos, sino de detalles.

“(…) rio con esa risa que usan los hombres cuando están entre hombres, (…) esa mitad del mundo vedada para las mujeres, la cofradía de los genitales exteriores”. (“El diablillo de la balsa”)

La versatilidad de Blum es tal que puede pasar del realismo a la exploración de una vena narrativa fantástica e incluso intertextual, en diálogo con cuentistas predecesores como sucede en “Una novia para Kafka”, donde la zoopoética del escritor praguense –esa manía de crear metáforas animales sobre el humano− se invierte al poner en escena a un escarabajo pelotero que, en realidad y a pesar de todo, es un escritor. O el último cuento del libro, “Palabras bajo tierra”, donde se produce uno de esos encuentros emotivos y sobrenaturales que sólo son posibles en la literatura: un día a una mesera le toca atender, ni más ni menos que a Amparo Dávila, conjurada como fantasmagoría concreta de un relato en el que Blum reescribe y hace palimpsesto sobre la obra de la gran cuentista zacatecana.

Estos cuentos demuestran una desenvoltura para poner al descubierto la violencia cotidiana sin remover mucho de la realidad, tal como Blum ha hecho no solo en sus numerosos cuentos anteriores, sino también en novelas como El monstruo pentápodo (2017) y Pandora (2015). A pesar de lo que sugiere su diversidad de tonos y asuntos, Tristeza de los cítricos es un volumen de cuentos consistente a la hora de evocar una melancolía interior que lo contamina todo. Este libro se inscribe en esa tradición del cuento inclasificable (por citar a Alejandro Toledo) a la que pertenecen escritoras como Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, Esther Seligson o Cristina Rivera Garza. Liliana Blum, como una botánica experimentada, ofrece aquí un compendio de árboles que sí dejan ver el bosque y, en ocasiones, parecen formas atroces de la belleza.

 

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