Tres poemas | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Carl Van Vechten [Dominio público]

Tres poemas

Balada para Carson McCullers

me duelen las manos de tantas certezas

el cuello las palabras divinas lastiman

el dolor es una pedrada en el vientre

en los muslos helados en la boca seca

duele la lengua y sus árboles morados

cada frase cada baldosa cada peldaño

duelen con la mirada de la tarde podrida

con la fusta de verbos morados en la espalda

tridentes en mis pechos en los hombros

en cada lunar triste de mi cuerpo ramaje

mi pobre cuerpo amasijo de culpas y nieve

candelas húmedas asustadas en el camastro

donde navegan en lo oscuro mis recuerdos

aquella muchacha de tanta luna en los ojos

tanta pradera de agujas en mi terapia intensiva

me duelen las horas en el espejo sombrío

los relámpagos en los dientes estropeados

por párrafos sonámbulos jardines de ansiolítico

me duele ese cuerpo ajeno y esbelto

asomado a mi convulsión en la aurora avinagrada

y en esta tarde de nevada y desde hace días

sólo extiende su sombra de pájaro disecado

pensativo en mis dedos azul en celosías

mecido en mis provocaciones y tan hosco

en el ensueño de los antidepresivos

ese pasillo de musgo y vitrales de venas

donde todas las aves fuimos llovizna

viento en los patios desolados de los besos

donde dormían botellas quebradas pianos dolidos

y sólo un amargo resplandor susurra a las puertas

no sé qué destino tendrán estas palabras percudidas

estas desgarbadas palabras estúpidas y sinceras

espigas de fuego en el cuaderno se postran

con las mujeres de lava rendidas a un susurro de nieve

estas frases de torpeza y nota musical violeta

desean escapar de la copa llena la tarántula en los ojos

el certero golpe de estaca en la vagina

la nuca el presagio el momento de beber la decisión

y la sinceridad para asumir el fracaso

el amor cuando es solo pasto seco y libros ahogados

ensueños sin corazón la promesa del adicto

al cabo estupidez y sinceridad definen el vacío

el agobio el pan nuestro de cada día el dios nube

el padre divino y redentor que cuelga de la lengua

cuando estamos vacilantes ante la luz ciega de esta lámpara

hoy en la calma de esta tibia desolación

con una frase sedada jamás melodía

le digo al viento me duelen los días

pero de nuevo voy a levantarme para morderte

y pienso labrada en esta cama tan cerca de la fosa

a la vida le duele más el fulgor de mi escritura.

 

Beatus Ille

en el lecho florecen los nardos los vidrios

reverberan ajenos al tedio y su ladrido

el miedo percibe páramos azules

impasible jardín ajeno a las astillas

aunque sabe de los proverbios

el miedo no quiere levantarse

entrar al agua con el deseo vehemente

pálido en el cristal feroz del estanque

el puto deseo de llorar por las ausencias

la bella fragilidad de sus pasos torcidos

solo su cuerpo de féretros morados

mira la vida retirada en el desánimo solar

apenas el impulso a rozar la ventana

a beber un filo de luz extraviado

elige los zapatos y se calza las tijeras

ceñidas a sus pies cortan los augurios

la navaja arrugada es su camisa

oxidada sonrisa alcohólica de hastío

irrita un poco a su piel de esparadrapo

el miedo no se mira al espejo

sale en silencio por la ventana

no le importa al duelo rasgarse con árboles

su boca de invierno su boca de lirio

ruega por el sensualismo lluvioso

pero la mañana es un blasón de aridez

ceniza en muros mustios muertos macerados

el miedo se da cuenta del paisaje infectado

desolado en asoleo de ladrillos con fiebre

olvidó su pantalón lo advierte en la sombra

sus papeles abolidos en el seno de las amapolas

mas nada importa en el descenso

volverá a desnudarse en las vitrina polvosas

en escaparates radiantes de nostalgia

desnudo acomodará sus papeles en la mesa

las náuseas nubladas en el monitor

el puntual hostigamiento del fracaso

nada tiene rumbo en madriguera de fervores

si piensa en el pasado es un cadáver en la noche

amarrado a la sinfonía fantástica de la intoxicación

por eso come despacio el presente lo remuerde

la tormenta pastosa un trozo dulce de piedad

entonces piensa en lo gris de esos ojos

en esa pureza frágil cuya devoción alaba

y su rencor llueve ceden los temblores

el latido de una máquina al infierno

se olvida de ser un hueso en calles drogadas

y esos ojos de providencia sensual en el verano

desde muy lejos más allá de sus difuntos

de los días desnutridos por el medicamento

escriben con el polvo de su mesa evocación

alivio en la hierba cuyas flores violáceas

son músculo de besos espiga del deseo

el miedo contempla las sílabas contrito y sucio

las guarda en el hueco donde tenía su corazón

y en la hora más perra de su vida decide llorar

 

 

Óleo sobre tela

a la pintora Xanthe Holloway

 

navego en el libro de bellini y te descubro

contemplo la belleza de su isla funeral

te miro en la ausencia en la tersura sacra

en el ardiente perfume del cielo donde yaces

tropiezan mis ojos en el pedrerío del cristo muerto

en la madalena cuando acaricia sus manos

pregunto al papel a la música del roce a la noche

por qué debe ser esta bendición tan triste

tan pulcra en la desolación y plena en la desgracia

por qué tan viva la serena muerte de cristo

tan fruta fermentada la boca de la mujer

quizá en ese instante dijo lienzo y fugacidad

susurro a la pena o tal vez perdón piedad relicario

miro la elegía de bellini te pienso en la añoranza

y las palabras desabrigo pincel aceite de dicha vieja

son de pronto tu mirada tu boca las letras de tu ausencia

tú encarnas ese elogio de abandono y desmayo

dos hombres atestiguan el encuentro

detrás las nubes murmuran el tornasol familiar

el cielo estruja la brevedad del silencio

mis ojos avanzan por el ocre de telas y piel

por los listones y el cuello de la mujer devota

pero desde hace muchos pájaros travesías y pinceladas

mis pensamientos sólo acompañan tu vacío

pueden mis pasos llevarme a la ciudad de canales difuntos

mis manos rasgar las piedras y saber de la fuente

o remar mis ojos en telas ahumadas

pero mis pensamientos sólo son el óleo de tu espera

solos son licor de adioses en el viento

por eso descubro en este cuadro de bellini

amor misericordia dolor y distancia

y en esa inmensa brevedad

eres tú la gélida belleza