Simpatía por el diablo | Letras Libres
artículo no publicado

Simpatía por el diablo

Frente al demonio de la Biblia, que tiene poca malicia e imaginación, el que aparece en El Maestro y Margarita, la obra cumbre de Bulgákov, es simpático, inteligente y culto, capaz de inspirar canciones de rock.

En el segundo capítulo de El maestro y Margarita, antes de que Berlioz pierda la cabeza degollado por un tranvía, el diablo comienza a contar una historia sobre el juicio, condena y ejecución de Jesús, de manera distinta al relato de los Evangelios. Cuando le cuestionan cómo se enteró de tales cosas, él responde: “Verán ustedes, lo que pasa es que yo lo presencié personalmente. Estuve en el balcón de Poncio Pilatos y en el jardín cuando hablaba con Caifás, y en el patíbulo, de incógnito, naturalmente, y les ruego que no digan nada a nadie”. Por eso, Mick Jagger dice que esa novela le metió la idea de su canción. El diablo de Sus Satánicas Majestades dice: “I was 'round when Jesus Christ / Had his moment of doubt and pain / Made damn sure that Pilate / Washed his hands and sealed his fate”.

Lo que no cuenta el diablo de Bulgákov es cuando se le aparece a Jesús luego del ayuno de cuarenta días y le propone tentaciones francamente ingenuas. Le dice: “Di que estas piedras se conviertan en pan”, y aunque Jesús le responde con un sinsentido teológico, lo cierto es que estará pensando: “¿Pan? Ya terminé con el ayuno, ahora me daré un mesiánico banquete de pescado, lentejas, chuletas de cordero y mucho vino”. Y comoquiera no echa la endemoniada idea en saco roto, pues ya tendrá ocasión de multiplicar panes.

El demonio también le propone que se lance desde el pináculo del templo. Pero ningún sentido tiene realizar actos milagrosos sin testigos. Ya aprovechará su don de ingravidez para caminar sobre las aguas del mar de Galilea, y para alzarse hacia el espacio sideral delante de sus seguidores luego de la resurrección.

La tercera tentación es muy curiosa. El diablo lleva a Jesús a un monte alto para mostrarle, vaya uno a saber cómo, “todos los reinos de la tierra”. Entonces le dice: “Todo esto te daré, si postrado me adorares”. Jesús le receta otro teologismo, pero en verdad pudo responder: “Todo esto ya es de mi padre, o sea que es mío, porque él y yo somos lo mismo aunque seamos distintos”. En verdad Jehová había dicho cuando habló con Moisés: “Mía es toda la tierra”.

El demonio de la Biblia es poco malicioso. No sabe tentar a Cristo, tiene poca imaginación y apenas provoca a Dios Padre con una pueril apuesta en la que acaban por torturar a Job y asesinar a su familia.

El demonio de Bulgákov es más simpático, inteligente y culto. Hace trucos de magia, teletransporta gente, ha leído a Kant y sabe de filosofía, es conocedor de matemáticas y física, boicotea líneas telefónicas. Son cosas que por completo desconocía el Hijo del Hombre. O quizá solo fue tacaño con su omnisciencia. Alguna vez supuse que yo sería creyente si Jesús hubiese dicho a los discípulos: “De cierto, de cierto os digo que el número atómico del iridio es setentaisiete”.

Más adelante, la canción de los Rolling Stones dice: “I stuck around St. Petersburg / When I saw it was a time for a change / Killed the Czar and his ministers / Anastasia screamed in vain”. Matar al zar fue un mero acto de cambiar un diablo por otro. Lo mismo en El maestro y Margarita, a veces Satanás parece más benévolo que el hombre del Kremlin, si bien tanto uno como el otro tienen poder absoluto y capacidad para eliminar a los indeseables. Anastasia gritó en vano, canta Mick Jagger, y tantos otros millones igual que ella gritaron en vano; el propio Bulgákov lo hizo, sin que nadie lo escuchara; escribió sin que nadie lo publicara. Murió sin saber, quizá sin siquiera imaginar, que su novela sería un clásico, que se traduciría a muchas lenguas, que en este momento un escritor mexicano estaría redactando un texto sobre su novela para una revista llamada, oh paradoja, Letras Libres, y que dos tipos de personas podrían estar leyendo estas líneas: las que recordarían con añoranza su novela y las que, no habiéndola leído, correrían a la librería más cercana para remediar ese vacío en sus almas.