Quesos literarios | Letras Libres
artículo no publicado


Quesos literarios

No sólo los quesos pueden estar trucados, a veces también la literatura.

Siempre se ha sabido que los emporios de alimentos industrializados hacen malabares con la ley y la ética para dar gato por liebre. He visto productos que ostentan con grandes letras “sin azúcar añadida” y al leer los ingredientes me entero de que tienen jarabe de maíz. Muchas cervezas presumen adjetivos como “clásica”, “tradicional”, “premium”, “especial” pero en la letra pequeña confiesan que agregan maíz, pues suele ser más barato que la cebada pura de una cerveza auténticamente clásica, tradicional, premium o especial. Hay mucho aceite de oliva “español” hecho en países africanos pero embotellado en España con marca española. Los jamones comerciales que ni siquiera son jamones llevan aditivos que absorben agua para que haya más agua que carne. Un amigo vecino de una fábrica de café me ha comentado que ve cómo llegan camiones con toneladas de garbanzo. Alguna vez leí los ingredientes de Mi Primer Danone y noté que, para ir educando a los niños en la tabla de Mendeléyev, incluían dosis de citrato sódico, maltodextrinas, ésteres cítricos de monoglicéridos y diglicéridos de ácidos grasos, tocoferoles, palmitato de ascorbilo, almidón modificado de maíz y otras delicias.

En eso de dar gato por liebre, los embutidos y los quesos van a la cabeza. Algunos habrán notado que esos agringados quesos amarillos, al calentarlos más de la cuenta, se convierten en aceite amarillento. Hay mozzarella que me ha estropeado la pizza por tanta agua que tira. Muchas carnes compradas en el departamento de carnes frías minimizan su tamaño al calentarlas.

Para seguir la pista de estos engaños, habría que investigar a las empresas que fabrican los aditivos; saber cuáles son, para qué sirven y a quienes se los venden. Al consumidor le llega la información con una misteriosa letra E, que nada significa; pero si uno busca información, por ejemplo, sobre el aditivo E320, sabrá que es butilhidroxianisol: un cancerígeno.

No sólo los quesos pueden estar trucados, a veces también la literatura.

Como amoroso de las letras rusas me he llevado varios chascos. Esta semana estaba leyendo una novela titulada El duende, de Fédor Sologub, publicada por Planeta en 1962. En el prólogo hallé esta frase: “La crítica considera El duende como una de las obras más importantes de la literatura universal, y cree que se puede colocar a la altura de Los hermanos Karamazov”. Esta mentira es tan obvia como “tradicional” o “sin azúcar añadido”. Si en vez de estar en el prólogo estuviese en la contraportada, sería publicidad engañosa.

El crédito de la traducción es de María de los Ángeles Bosch. Busqué referencias suyas, pero no hallé nada.

En cambio encontré que la traductora no era tal, sino que había tomado una edición de Calpe de 1920 con el título de El trasgo y había hecho un refrito, esto es, refrasear sin imaginación el texto de origen. Ahí donde el de Espasa dice: “Las demás hermanas de Rutilov esperaban, llenas de impaciencia, a la regocijada joven”; la de Planeta dice: “Las otras hermanas de Rutilov aguardaban, con impaciencia grande, a la alegre muchacha”. Donde el pudoroso traductor de los años veinte escribe “La sinvergüenza serás tú”, la moderna escribe: “La idiota serás tú”. Los versos en Calpe se convierten en prosa en Planeta, pues para refritearlos haría falta un mínimo  de talento y voluntad que la Bosch no tiene.

Y así va todo el plagio traductil, sin alterar la sintaxis y sinonimizando por aquí y por allá. Nicolás Tasin, el traductor de 1920 usa la expresión: “Ah de la casa”,  tal como el conde Almaviva canta “Ehi di casa” en Il barbiere di Siviglia, forma antigua que quizás no entendió la traductora, pues en vez de cambiarla como cambia todo por un “¿Hay alguien en casa?”, no hizo sino plagiar en directo: “Ah de la casa”.

Me puse a rascarle más al asunto, y la cosa se puso más interesante. O, siguiendo con Rossini, tomé la ironía de Dandini: “Il caso é bello”.

Busqué el libro original en ruso. He aquí que tenía muchas páginas más que el de Planeta o el de Espasa, de modo que la plagiaria estaba plagiando una novela muy rasurada.

Sologub nos cuenta las visitas que su protagonista hace a tres personajes principales de la ciudad; para esto se toma tres jugosos capítulos. Las versiones en español resuelven esto con apenas una frase: “En los días siguientes, a razón de visita diaria, el profesor fue a hablar con el jefe de policía, el presidente de la Audiencia y con algunas otras personas de relieve en la ciudad”. Más breve que un resumen ejecutivo.

Además había cierta libertad en la traducción. Ahí donde la versión rusa tiene la simple palabra “castigo”, la cual conozco bien por Crimen y castigo, las versiones en español hablan de “venganza diabólica” y “diabólica venganza”.

Investigando más, hallé una respuesta parcial. En la Rusia zarista llegó a circular una versión censurada de la novela, y esa fue la que publicó Espasa y reformuló Planeta. ¿Por qué en Espasa o Planeta no eligieron la versión completa de 1907 o la definitiva de 1912 tal como hicieron editores en otras lenguas? No lo sé. ¿Qué ganaban con darle al hispanolector una versión trunca, pasada por agua, que no era del gusto del autor? No lo sé.

Una edición más, publicada por la SEP y Siglo XXI, es exactamente la de Espasa. Y en cien años no hemos tenido más versiones que las versiones mochas.

Menciono apenas el caso que me tocó digerir esta semana. Pero hay muchos casos, y los hay peores. De algunos me ocuparé próximamente. Mientras tanto, pienso que bien hace falta una Profeco al mundo del libro para garantizar que a las novelas no les saquen la cafeína ni les metan garbanzo.