Pérdida de la inocencia | Letras Libres
artículo no publicado

Pérdida de la inocencia

Qué vergüenza

Paulina Flores

Barcelona, Seix Barral, 2016, 296 pp.

Paulina Flores (Santiago de Chile, 1988) ganó el premio Roberto Bolaño con el relato “Qué vergüenza”, que da título a su primer libro. El volumen está compuesto por nueve cuentos que, aunque comparten contexto, tema y una cierta atmósfera, ponen en juego diferentes estrategias narrativas y todas funcionan. En el relato que abre la colección, un padre en paro acude a un casting acompañado de sus dos hijas. Está contado desde el punto de vista de la mayor, que es la que ha visto el anuncio y ha animado al padre a presentarse a la prueba. Sin embargo, nada sale como esperaban y la culpa y la vergüenza se adueñan de padre e hija, ante la incomprensión de la hermana pequeña. Con la humillación y la conciencia de ella, llegan también la madurez y la responsabilidad: “Observó a su hermana pequeña como nunca antes lo había hecho, y sintió lástima por ella, aún más lástima de la que sentía por sí misma. Porque sabía que su hermana no comprendía lo que pasaba y ella sí. Esa tarde no habría papas fritas. Y eso bastó, eso fue todo. La tomó de la mano, firmemente, y así emprendieron el camino a casa, siguiendo los pasos rápidos de su padre, Bellavista abajo.” El cuento contiene algunos de los temas que aparecen en el libro de manera recurrente: la relación entre padres e hijos, la distancia entre el mundo de los adultos y el de los niños, el paro y la búsqueda desesperada de empleo, y la vergüenza. En esta primera pieza, como en otras del volumen, también la ciudad, las calles por las que los personajes caminan con decisión pero como si no supieran adónde ir, tiene entidad propia.

Entre esos relatos de gente de clase media o baja, por lo general maltratada por la crisis chilena de los noventa, sorprende “Teresa”. Una chica fuma un cigarrillo en la puerta de la biblioteca mientras flirtea a distancia con un tipo al que es la tercera vez que ve y que lleva a una niña, presumiblemente su hija, en bici. La joven recuerda un episodio de su infancia: se perdió en el supermercado y cuando le preguntaron su nombre para avisar por el altavoz, mintió y dio el nombre de su mejor amiga: Teresa. Vuelve a hacer lo mismo cuando se presenta al atractivo padre sin explicar los motivos de ese engaño gratuito.

En una entrevista con Inés Martín Rodrigo, Flores afirma que escribe de “la vida cotidiana. No sé, me es difícil hablar de ‘temas’, porque, en general, lo que pasa es que me obsesiono con ciertas historias que se me ocurren y luego los temas van saliendo solos”, y que le interesa mostrar “cómo [los personajes] se enfrentan constantemente a su origen, ya sea para dejarlo atrás o para afirmarse en él”. El protagonista de “Talcahuano”, que pasa meses entrenándose con sus amigos para convertirse en ninjas con el objetivo de robar una guitarra, un bajo y una batería, es un ejemplo del primer caso. El protagonista de “Últimas vacaciones”, en cambio, es una muestra de lo segundo. Los dos, jóvenes de una edad similar, reaccionan de manera diferente al sentimiento de vergüenza: el que tiene aspiraciones ninjas sabe que no quiere ser como su padre, alcohólico, taciturno y sin trabajo; al que deduce que su padre es algo más que un ladronzuelo mientras veranea con su tía y sus primas lo invade la vergüenza cuando se descubre negando a su madre: para perdonárselo elegirá “desaprovecharse”.

En el libro hay relatos sobre rupturas y vueltas al hogar materno y a un estado casi infantil, sobre la relación de complicidad que establecen una niña y la hermana de su abuela (“me mostró el silencio, y lo bello que es”, recuerda la narradora), sobre revelaciones inesperadas y relaciones laborales, sobre la pérdida de la inocencia y sobre bruscas entradas en el mundo adulto. Uno de los temas que vertebran el volumen es la vergüenza y esta suele venir del choque entre dos visiones de la realidad: la de los niños y la de los adultos. Es lo que sucede en el último relato, “Afortunada de mí”, que es casi una nouvelle con dos historias paralelas: una sobre la amistad entre dos niñas que se convierte en imposible conforme se tejen de manera paralela relaciones entre sus padres y otra de una chica que cede su apartamento a una pareja de amantes para que practiquen sexo mientras ella los escucha desde la habitación de al lado. Es lo que ocurre también en “Laika” cuando el amor platónico que siente la niña se convierte en real y concreto. En otros cuentos, la vergüenza viene de la colisión entre lo que uno creía y lo que de verdad sucede: “Las revelaciones. El desengaño. Me sentí como alguien que recién comienza a entender cómo funciona el mundo, como alguien crédulo y limpio, una víctima. Y supongo que mantuve los mismos ojos inmensos incrédulos durante varios días. Acongojada frente a la sonrisa burlona del mundo”, escribe la narradora de “Espíritu americano”.

Cuando le preguntan por sus referentes, Paulina Flores une a Lorrie Moore, Alice Munro o William Faulkner con Nina Simone, Morrissey o la cantante chilena Javiera Mena. Ese eclecticismo se nota en la frescura de sus cuentos, en los que convive la escritura de diarios con los cromos de Sailor Moon y en los que la máxima felicidad para dos niñas puede consistir en “ver ‘Los Caballeros del Zodiaco’ sentadas en la alfombra, una tarde después del colegio, sin padres y con sánguiches de queso-tomate entre las manos”. El libro consigue un equilibrio complicado: conserva la hermosa inocencia del primer libro pero sin caer en errores o vicios de principiante; tiene el sosiego y la mesura propia de voces ya maduradas y el descaro del debutante. El resultado de esa mezcla son estos nueve relatos redondos que componen un libro extraordinario. ~


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