Pequeñas andanzas de un argentino en México | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Cristian Vázquez

Pequeñas andanzas de un argentino en México

Apuntes de viaje de un columnista que pudo conocer, por fin, la tierra de la revista para la que escribe desde hace años.

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Llegué a la ciudad de México y ahí me quedé los primeros dos días del viaje, pero como también estuve allí toda la última semana, la dejaré para el final. De modo que empiezo por Guadalajara, adonde llegué el martes 3 de diciembre. El motivo principal de la visita es, por supuesto, la Feria Internacional del Libro (FIL). Me dicen que este año la vieron “desangelada”, con poco movimiento, poca gente. Para mí, que la veo por primera vez, es enorme y la pueblan multitudes. Recorro los pasillos, conozco editoriales, compro algunos libros y me regalan otros, me reencuentro con gente, conozco en persona a contactos de redes sociales, me presentan a autores que he leído y a otros que no.

Converso con editores que, más que de libros, hablan sobre todo de los problemas logísticos de acudir a la FIL, de la antelación con la que deben preparar todo, de la ingeniería organizativa para combinar el trabajo de esta feria con las que están antes y después en el calendario, de un largo etcétera. Me recuerdan que, del mismo modo que existen muchas fantasías en torno a la escritura, también las hay en el mundillo de la edición. Como apunta el editor italiano Marco Cassini, en su libro Erratas. Diario de un editor incorregible:

“Con el oficio que he elegido esperaba una vida distinta a la que llevo. Imaginaba largas horas leyendo manuscritos que iban a cambiar la historia de la literatura, conversaciones en figones llenos de humo con escritores legendarios, esclarecedoras reuniones con colaboradores que continuarían en cenas memorables […] Olvidé que un editor no es solo un apasionado de los libros, un agitador cultural, sino que fundamentalmente es empresario, siempre pendiente de los impuestos, balances y cuenta de resultados”.

Me gustó mucho la FIL. Ojalá pueda volver.

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Fui a Guanajuato. Tuve un día entero para recorrerla, y me encantó. Las casitas multicolores que se esparcen sobre las laderas de los cerros, las calles que suben y bajan, su centro histórico tan pintoresco. El Museo de las Momias me pareció impresionante, en el más llano sentido de la palabra; el de la Inquisición (Museo ex Hacienda del Cochero), sobrecogedor. Cuando iba entrando al Museo Iconográfico del Quijote, alguien me habló a mis espaldas: “Perdona, ¿tú eres Cristian Vázquez?”. Era un muchacho que –para mi enorme sorpresa– me explicó que me conocía de Letras Libres, es decir, de leer columnas como esta y de ver mi foto al pie de la página. Me contó que se llama Arturo y que justo había estado leyendo a un argentino: me mostró el ejemplar de La uruguaya, de Pedro Mairal, que llevaba en sus manos.

De Guanajuato fui a Oaxaca. Y casi lo primero que hice allí fue comerme una tlayuda, que me habían dicho que era lo típico. Ya había comido tacos, quesadillas, chilaquiles, espinazo con verdolagas, tortas ahogadas, enchiladas mineras… Pero la tlayuda fue letal. El día siguiente me lo pasé yendo de la cama al baño. Me dijeron que lo que debió hacerme mal fue el “asiento” (grasa de cerdo). Me dijeron que no hay extranjero que visite México que no caiga enfermo al menos un día por causa de la comida. También me dijeron que debió ser la maldición de Moctezuma. “¡Si tú no eres español!”, me dijo una española. Pero tengo pasaporte español: seguro que el fantasma del tlatoani no distingue entre hijos y entenados.

Por suerte, fue solo un día. Al siguiente pude hacer la excursión que incluye Hierve el Agua y un taller de tapetes y una fábrica de mezcal (para todo mal) y no tuve mayores inconvenientes. Y al siguiente comí un caldo de piedra que estuvo buenísimo, servido por un mozo argentino que llegó a Oaxaca de vacaciones y se quedó por amor. No importa cuándo leas esto: ahora mismo hay alguien viajando por ahí, enamorándose de quien lo hará dejar su tierra atrás y lanzarse a la aventura.

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Once horas tardó el bus en el que viajé de Oaxaca a San Cristóbal de Las Casas, la noche del miércoles 11 al jueves 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. Las pantallas de la terminal de Autobuses de Oriente mostraban un noticiero según el cual se esperaban 10 millones de personas en la basílica de la Ciudad de México. ¡10 millones!, pensé. ¡Tres veces la población de Uruguay! ¡Dos Dinamarcas! En México todo es grande y en todas partes hay muchísima gente. Esa es una de las impresiones más fuertes que traje de mi periplo, junto con los colores y los sabores y los aromas y los sonidos y todo lo demás que reverbera en cualquier esquina. México –los mexicanos lo tienen muy claro– es una fiesta para los sentidos.

san cristobal
Foto: Cristian Vázquez

San Cristóbal también tiene mucho encanto. Ese día, además, estaba revolucionada por la fiesta de la Virgen. El siguiente conocí las ruinas de Palenque, donde el guía nos contó historias de los mayas y nos llevó a dar un paseo por la selva, y el otro visité el caracol zapatista de Oventik, algo que viví como una zambullida en la historia del presente. Cada una de estas excursiones da para una crónica; aquí no hay espacio; léanse estos apuntes como el intento de dar una idea de qué México vi en las semanas que por allí anduve.

El domingo 15, por la mañana, un autobús me dejó en el aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez y un avión, unas pocas horas después, en la CDMX. Me quedaba una semana para disfrutar la capital.

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Y sí que la disfruté. Fui a Teotihuacán y a las casas museos de Frida Kahlo y León Trotski, y al museo Diego Rivera Anahuacalli, y al inagotable Museo de Antropología, y al Palacio de Bellas Artes (donde vi la muestra “Zapata después de Zapata” que tanto revuelo causó) y paseé por el Zócalo y el Templo Mayor, por la Condesa y la Roma, por Coyoacán y San Ángel, por Tlatelolco y el bosque de Chapultepec, por la Zona Rosa y la plaza Garibaldi y las librerías de la calle Donceles y también por otras librerías. Y conocí el Estadio Azteca, con visita guiada incluida y sin creerme del todo que siga albergando partidos, cómo no lo clausuraron para convertirlo en un monumento a los goles de Maradona contra Inglaterra en 1986.

azteca
Foto: Cristian Vázquez

Hasta me vi citado en un periódico. La tarde del mismo día en que llegué, mi amiga Brenda y yo entramos en un bar y, mientras esperábamos el café, ella se puso a hojear un ejemplar de El Sol de México. Su suplemento dominical dedicaba una página completa al robo de libros (en relación, claro está, con el caso del embajador mexicano al que habían descubierto robando en una librería de Buenos Aires) y ahí, entre Bolaño y Fresán y otra gente, estaba mi nombre y una frase de este artículo. Lo que son las cosas

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En mi penúltima noche mexicana conocí la librería Casa Tomada, en la Condesa, donde se presentaban dos libros, publicados por la editorial La Dïéresis: una edición bilingüe del poema Beauty, de B. H. Fairchild, traducido por el argentino residente en Nueva York Ezequiel Zaidenwerg, y el poemario Bichos, que incluye versos del propio Zaidenwerg y de la también argentina Mirta Rosenberg, fallecida en junio pasado. Mi amiga Brenda es prima de los responsables de La Dïéresis, de ahí la invitación.

Ese mismo día, un rato antes, puse atención a la lista de presentadores. La encabezaba Robin Myers, poeta estadounidense radicada en México. En junio del año pasado estaba yo reunido con la gente de un club de lectura del que suelo participar, estábamos leyendo poesía, y cuando la mesa ya estaba adornada por varias botellas vacías llegamos a poemas de Robin Myers, que nos gustaron mucho, de modo que la googleamos y descubrimos que es joven y que vive en México. Yo terminé enviándole un mensaje por Facebook, mensaje que ella no había respondido…

De modo que, concluida la presentación de los libros, me acerqué a hablarle y le conté toda esta historia. Ella ni siquiera había visto mi mensaje: como no éramos “amigos” en Facebook, mis palabras habían pasado de largo hasta alguna carpeta recóndita. El caso es que en Casa Tomada charlamos y sí nos hicimos “amigos” y fue un rato muy agradable el que pasamos en esa noche de poesía. Después Brenda y yo nos fuimos a la Arena México a ver las luchas. Aunque a mi viaje aún le quedaba un día, aquel fue un hermoso cierre para unas hermosas semanas. Muchas gracias por tanta belleza y generosidad, mexicanas y mexicanos. Hasta la próxima, ojalá pronto.