Mújiks | Letras Libres
artículo no publicado
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Mújiks

¿Qué se hace con la libertad? es una pregunta tan relevante hoy como cuando la hicieron Chéjov en 1897 o Bunin en 1910.

Chéjov tiene un cuento que a veces se publica como “Campesinos”, a veces como “Mújiks”. Este último es más atinado, ya que nos aclara el traductor: “Mújik significa literalmente hombrecillo. Se aplicaba este término como símbolo de atraso a los campesinos, a los obreros manuales e incluso a comerciantes poco instruidos”. En aquellos años se entendía que los nobles y las clases privilegiadas debían ser gente educada, pero hoy sé de legiones bien acomodadas en los negocios, en la política y en la farándula a las que bien les vendría la designación de mújiks.

El cuento de Chéjov trata sobre un camarero de un restaurante de lujo en Moscú. Luego de sufrir una lesión y ya no poder trabajar, se va, acompañado de su mujer e hija, al pueblo natal, donde vivirá con su familia campesina. Ahí no hallará sino atraso, suciedad, ignorancia, maridos que golpean a sus mujeres, ebriedad y violencia, todo aderezado con una torcida religiosidad. El hombre habrá de morir al caer en manos de un curandero y la mujer se verá obligada a salir con su hija a pedir limosna.

Tolstói se indignó a leer el texto, publicado en 1897. Lo llamó “un atentado contra el pueblo”. Pero Tolstói predicaba desde su altar de nobleza, y en cambio Chéjov venía de una familia de siervos. Tolstói y otros autores habían pensado que tras abolir la servidumbre en 1861, los campesinos harían buen uso de esa libertad; Chéjov se dio cuenta de que la realidad era distinta. Por eso el atentado al que se refería Tolstói se manifestaba sobre todo en las palabras de uno de los personajes, que expresaba nostalgia por aquellos años de la servidumbre. “Con los señores vivíamos mejor. Trabajábamos, comíamos y dormíamos, todo a su debido tiempo. Para almorzar: sopa de coles y gachas; para cenar: también sopa de coles y gachas. No nos faltaban pepinos ni coles. Comíamos a nuestro antojo, cuando queríamos.”

El año de la muerte de Tolstói, Iván Bunin publicó Una aldea, historia también de campesinos desde un punto de vista parecido al de Chéjov. El protagonista dice: “¡Ni siquiera al diablo le sirve este pueblo! Están labrando la tierra hace ya un millar de años; ¡qué un millar, muchos más!, y no hay ninguno que la sepa labrar bien. No saben hacer su único trabajo. No saben cuándo hay que salir al campo, cuándo hay que sembrar o segar. … ¡Ni una sola campesina sabe hacer el pan; se separa la corteza de arriba y debajo hay una masa agria! ... ¡El pueblo! ¡Soeces, perezosos, descarados, y tan embusteros que ninguno cree lo que dice el otro!”.

Mucha iracundia causaron los dos textos por mostrar lo que la gente no quería ver. Pero hoy ese cuento y esa novela se consideran obras maestras.

Si en este presente los leemos como textos históricos rusos, nos perderemos de algo importante. La pregunta que palpita en ellos es: ¿qué se hace con la libertad? La familia de Chéjov puso el ejemplo. Le bastaron dos generaciones para pasar de la esclavitud a lo más alto de la creación literaria, de la sensibilidad, de la inteligencia. Por lo mismo Chéjov era un devoto de la educación. La educación era el único medio para convertir a esos salvajes Mújiks en seres humanos. Pero, extrañamente, el Mújik no quiere educarse, sea hombrecillo de aquel entonces u hombrecillo de hoy; por eso creo que a nuestro diccionario le hace falta esa palabra: mújik.

¿Qué se hace con la libertad?, se tiene que preguntar la gente, y quizá se responda que la libertad sirve para encender el televisor cuantas horas uno quiera. Quizá los escritores-mújik se respondan que sirve para escribir novelas comerciales que no ofendan a nadie, no atormenten a las débiles psiques, naveguen buenamente con el desangelado espíritu de la época.

¿Qué se hace con la libertad? Hay que preguntar hoy como lo hizo Chéjov en 1897 o Bunin en 1910. Porque si no se hace nada, da lo mismo perderla.