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artículo no publicado

Lenguaviajes de Haroldo de Campos

Haroldo de Campos, crítico, traductor y poeta, quiso reescribir la historia de la literatura brasileña haciendo de la lectura una operación privilegiada y de su biblioteca el espacio de posibilidad de una transformación del mundo.

En el horizonte de la literatura, y antes que nada en la intimidad de la lengua de las lenguas, cada vez tantas lenguas en cada lengua, sé que Haroldo habrá accedido a todo ello antes que yo, mejor que yo”
Jacques Derrida

 

 

La obra de Haroldo de Campos –poeta paulista nacido en 1929, que el 19 de agosto cumpliría 92 años– estuvo marcada por el signo del comienzo, de un renacimiento constante: “y comienzo aquí y peso aquí este comienzo y recomienzo y sopeso y arremeto” dice, en traducción de Reynaldo Jiménez, el primer verso de sus Galaxias (1984). De Campos fue crítico, teórico, traductor, traductólogo, mediador cultural y –por encima de todo– poeta. Este autor, que profesó la teoría oswaldiana de la antropofagia, practicó con entusiasmo en todos los campos en los que actuó una crítica al servicio de la creación. Su muerte, el 16 de agosto de 2003, dejó interrumpido un inmenso proyecto poético y cultural.

Impulsor de la poesía concreta en los años cincuenta junto a Augusto de Campos y Décio Pignatari, Haroldo hizo un enorme trabajo de traducción poética, trasladando poéticamente al portugués de Brasil textos provenientes de lenguas como el inglés, alemán, francés, ruso, provenzal, italiano, español, griego, latín, hebreo, japonés y chino. Solo o en compañía de los dos poetas recién nombrados, tradujo e introdujo en Brasil, entre otros, los Cantares (1960) de Ezra Pound, un Panaroma do Finnegans Wake (1962) de Joyce, Maiakovski y la poesía rusa moderna (1968), los poetas provenzales (1968), Mallarmé (1974), fragmentos de Dante (1976), del Fausto de Goethe (1981) y de la Biblia (1990-2004), Blanco de Octavio Paz (publicado como Transblanco en 1986), teatro japonés (1994), poesía china (1996) y la Ilíada (2001-2002) de Homero; con todo ello, introdujo además procedimientos literarios asociados a dichas obras, que a su vez incorporaba al patrimonio vivo de la literatura brasileña.

Como puede verse en esa serie, la poesía –y especialmente la más compleja–, por ser propiamente intraducible, se volvía “transcreable”. Dado que toda transcreación implica un gesto actual de escritura, la traducción poética ya no podría ser “la transmisión inexacta de un contenido inesencial” (Walter Benjamin), sino una liberación de la forma que puede emerger en la transcreación a través de una infidelidad al “contenido del original”. No por casualidad, Jakobson –quien le llamará “mago de la poesía concreta y milagroso traductor poético”– se maravillaría de cómo alguien que en 1961 había estudiado apenas tres meses de ruso podía traducir con tanta maestría a Maiakovski. Una labor que acompañó de una teoría de la traducción desarrollada desde su ensayo pionero “De la traducción como creación y como crítica” (1962), en el que proponía la colaboración de poetas y lingüistas para la traducción poética. En ese sentido, el poeta Andrés Sánchez Robayna, quien lo incorporó al comité editorial de la revista Syntaxis (1983-1993), sigue reivindicando hasta el día de hoy las ideas en torno a la traducción del poeta brasileño, del que hace derivar en gran medida el Taller de Traducción Literaria que coordina desde 1995 en la Universidad de la Laguna, inspirado en las propuestas seminales de Haroldo.

De Campos hizo este trabajo de enriquecimiento de la propia lengua poética no solo incorporando creativamente al portugués de Brasil lo mejor de otras lenguas y literaturas, sino también volviendo sobre la propia tradición poética para rescatar algunas obras relegadas a un lugar secundario en el canon poético nacional. De ese modo, fue un desenterrador de la propia tradición que contribuyó a rescatar el barroco brasileño, con su lectura de Gregório de Matos, y también –junto a su hermano Augusto– a un autor como Sousândrade. Además de ello, los poetas paulistas establecieron relaciones con el movimiento musical del tropicalismo, como testimonian los ensayos de Augusto de Campos reunidos en el Balanço da Bossa (1968) o, en otro orden de cosas, el disco Araçá Azul (1972) de Caetano Veloso –que incluye fragmentos de Sousândrade– y la canción “Circuladô de fulô” (1991), musicalizada por el mismo Caetano a partir de un fragmento de 1965 de las Galaxias de Haroldo.

Uno de los mayores méritos de Haroldo de Campos, en este punto, sería el de no haber disociado nunca poesía y filología o, si se prefiere, crítica y creación. Para él la crítica era, como para Ezra Pound con su paideuma, en un primer momento un problema de selección. Como Haroldo escribía en una carta a Jakobson, “la calidad de la elección decide un poco de antemano, como una verdadera condición de posibilidad, del éxito final del análisis, de su plenitud por lo menos. La operación selectiva –la elección del objeto– sería ya una primera decisión constitutiva del acto crítico”. Como mostraba el poeta brasileño en “Texto e historia”, desarrollando la idea de poética sincrónica de Jakobson, se trataba de volver sobre la tradición, de modo que “lo que antes era un panorama amorfo, contemplado por un ojo destituido de proyecto”, ganara “coherencia y relieve jerárquico” y se vivificara “dentro de una tabla sincrónica donde presente y pasado son contemporáneos”. De ese modo, la labor era volver sobre la tradición no para tomarla como un bloque muerto o estanco, sino para pensarla de nuevo, siguiendo el “make it new!” de Ezra Pound.

De Campos no solo se caracterizó por ser un renovador de la poesía y del pensamiento literario brasileño, sino que también fue un infatigable mediador cultural que, a través de viajes y correspondencias, trabó relaciones intelectuales con algunos de los escritores y teóricos de vanguardia más importantes de su tiempo, entre los que cabe destacar, entre muchos otros, al propio Pound, Max Bense, Michel Butor, Octavio Paz, Severo Sarduy, Julio Cortázar, Néstor Perlongher, Umberto Eco, Roman Jakobson, Julia Kristeva, Philippe Sollers, Jean-Pierre Faye, Jacques Roubaud, Julián Ríos, Andrés Sánchez Robayna o Jacques Derrida. Este último escribió en 1996, en un bello texto de homenaje a Haroldo: “Todo lo que ha podido significar la ley, también el deseo, la urgencia, pero la más aventurada y audaz de las urgencias para mí, en el orden del pensamiento, de la escritura, de la poesía –“única fuente”– en el horizonte de la literatura, y antes que nada en la intimidad de la lengua de las lenguas, cada vez tantas lenguas en cada lengua, sé que Haroldo habrá accedido a todo ello antes que yo, mejor que yo”. Esa era la lengua de Haroldo: una lengua de lenguas en la que comunicaban entre sí los códigos semióticos, una lengua de lenguas que desbarataba las jerarquías y las cronologías admitidas, dando nacimiento a otras.

La biblioteca de Haroldo de Campos, conservada en la Casa das Rosas de la Avenida Paulista de São Paulo, da cuenta de esta práctica excesiva. Son más de 20 mil volúmenes en 36 lenguas diferentes, los cuales remiten, a través de una geometría constructivista y de una proliferación neobarroca, a una multiplicidad de campos y disciplinas puestos en movimiento por la fuerza creativa del poeta brasileño. Si tomamos esa biblioteca babélica como taller de escritura, veremos que es sedimento de viajes y testimonio de las redes intelectuales que tejió incansablemente a lo largo de su vida. Su volumen y distribución, sin los que no hubiera sido posible ni pensable la obra proteica de Haroldo, dan cuenta de la envergardura de su empresa, la cual desemboca en un nuevo viaje creativo: el de su propia escritura. Entre las dedicatorias que se conservan en ella, se encuentra esta de Umberto Eco, quien le enviaba un ejemplar sobre semiótica soviética proponiéndole una traducción al portugués: “Para Haroldo, para que introduzca en Brasil esta traducción italiana de una adaptación rusa de la divulgación francesa de la interpretación praguense del pensamiento leibniziano alemán inspirado en la semiótica griega que Kristeva (búlgara) dice de origen indio (pero quizás es chino por vía del binarismo universal del Yin y del Yan)”. Esos tiempos y espacios, en vez de aparecer en una suerte de cartografía y cronograma que permitiría tomar distancia de ellos para tratarlos de modo objetivo y desapasionado, aparecían, aquí y ahora, como algo que atraviesa las textualidades y que hace de Haroldo, nuevamente en palabras de Eco, un “plagiario profético” que nos abre a una semiosis infinita. Es decir, alguien que había inventado –a través del procedimiento de la plagiotropía– algo que solo emergería y sería reconocido públicamente mucho después. Escribía en 1974 a Leyla Perrone:

Necesito tener una paciencia benedictina para hacer algo en esta maldita lengua muerta. Mientras tanto, veo que todo el mundo publica a ritmo de conejo en esa Lutecia vieja pero siempreviva. ¡De aquí a poco, por la demora que aún preveo para que sean publicadas mis GALAXIAS estampadas en el nº de 1964 de la revista Invenção, acabaré teniendo la impresión borgiana de que el último Sollers (que finalmente ha descubierto a Joyce y a Rabelais) es el que me andó influenciando por algún fenómeno de reencarnación inversa en la máquina del tiempo!.

Haroldo es así el inventor de una máquina del tiempo que –en tanto que máquina del mundo– permite volver a pensar, desde parámetros críticos, lo que a veces se ha llamado la república mundial de las letras, y que nos obliga a ponernos en movimiento a través de la escritura y de unos viajes que aquí se convierten también en viajes espaciales. Galaxias (un poemario escrito entre 1963 y 1976, pero publicado en libro hasta 1984) da cuenta de esa pasión por el viaje y puede leerse como una translación poética de unas políticas de la literatura que, a su vez, permitirían repensar el estatuto de la biblioteca. “Esto no es un libro de viajes”, se lee en el libro, ya que los viajes se confunden con la escritura –escritura que es siempre reescritura, lecto-escritura– y la creación.

Así escribía Haroldo a Jakobson, en 1968, que necesitaba viajar para escribir un experimento en prosa, su Libro de Ensayos – Galaxias, el cual sería una suerte de libro de viajes sui generis. La idea de viaje –el lenguaviaje al que se refiere su hermano Augusto, que es un viaje vía lenguaje– es aquí fundamental. El poema-río Galaxias no es un libro de viajes, porque es, él mismo, una creación móvil, una obra permutable, en constante desplazamiento, “juego de páginas móviles, intercambiables”. O, si se prefiere, se trataría de “un libro de viaje donde el viaje sea el libro”. Como se lee en el mismo, “a medida que el viaje textual se desarrolla, el idiomaterno va mostrando toda su capacidad de metáfora y metamorfosis, incluso por apropiación y expropiación de otras lenguas, por transgresión y transcriación”. Un viaje que es a su vez un movimiento constante de traducción: “Veo todo y lo traduzco en escritura [...] todo esto es una traducción”. De ese modo, cabe ver una relación de intimidad entre lectura, viaje, traducción, re-escritura y crítica en la obra de Haroldo, todas ellas puestas, nietzscheanamente, al servicio de la creación.

En un importante ensayo de 1981, titulado “De la razón antropofágica: diálogo y diferencia en la cultura brasileña”, De Campos proponía, pioneramente, una teoría de la transculturación al escribir: “Escribir, hoy, tanto en América Latina como en Europa, significará, cada vez más, reescribir, remasticar”. En ese contexto, que convendría releer hoy, cuarenta años después, la biblioteca se convierte en el lugar de un ritual antropofágico en el que se hace posible, a través de la incorporación crítica de lo otro, la emergencia de la diferencia.

En un cierto momento, con Borges por lo menos, el europeo descubrió que no podía escribir su prosa del mundo sin la contribución cada vez más avasalladora de la diferencia aportada por los voraces bárbaros alejandrinos. Los libros que leía ya no podían ser los mismos, después de manducados y digeridos por el ciego homeríada de Buenos Aires, que se atrevió incluso a reescribir el Quijote, bajo el pseudónimo de Pierre Menard…

¿Podemos seguir leyendo igual después de Borges? ¿Podemos seguir leyendo igual después de Haroldo de Campos? Los libros de nuestras bibliotecas ya no son los mismos después de manducados y digeridos por aquél al que Julio Cortázar llamara “el gordo cósmico”, el gran devorador de São Paulo, que osó incluso reescribir la historia de la literatura brasileña haciendo de la lectura una operación privilegiada y de su biblioteca el espacio de posibilidad de una revisión constante de la historia y de transformación del mundo. Entrar en las escrituras de Haroldo de Campos supone introducirse en una aventura de transformación en la que las lenguas y los códigos reverberan entre sí, la cual constituye, en sí misma, una invitación al viaje. Como se lee en las Galaxias (nuevamente, tantas lenguas en la lengua, en la lengua de Reynaldo Jiménez),

un ombligodelibromundo un libro de viaje donde el viaje sea el libro

el ser del libro es el viaje por eso comienzo pues el viaje es el comienzo”

La obra de Haroldo de Campos sigue, al día de hoy, por comenzar, por recomenzar, por venir o volver hasta nosotros desde una estrella desconocida y brillante como un porvenir inusitado con su máquina del mundo repensada.