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artículo no publicado

Lecciones indelebles

Palabras de la autora en la recepción del Premio Xavier Villaurrutia, otorgado por el libro Estrella de dos puntas. Octavio Paz y Carlos Fuentes: Crónica de una amistad.

Lo primero que uno debe hacer en momentos como este, es dar las gracias. Muchas gracias a las instituciones convocantes, a los miembros del jurado –representados hoy por Angelina Muñiz-Huberman–; a los maestros Leticia Luna, Lucina Jiménez y Felipe Garrido, y, también, a la editorial Planeta y a quienes durante muchos años me ayudaron con la investigación para la escritura de este libro. A todos ellos, mi gratitud central.

No puede sino ruborizarme estar hoy aquí, recibiendo un premio que tanto Octavio Paz como Carlos Fuentes obtuvieron el siglo pasado. La relevancia de los libros con los que ganaron, aún me estremece: El arco y la lira y Terra Nostra son dos de las más valiosas expresiones de la literatura mexicanas. Sin esos dos libros, nuestra historia cultural y su lugar en el orbe hispánico serían muy distintos.

Por eso, tal vez hubiera resultado más pertinente que las primeras personas a quienes agradeciera mi presencia en este acto fueran, precisamente, Fuentes y Paz. No sólo porque el tema de Estrella de dos puntas sea la relación de estos notables intelectuales –entre ellos y con el mundo de la cultura y la política mexicana y mundial– o porque, de muchas maneras, su amistad nos trajera hasta aquí a todos los que amamos a la literatura y a México.

La amistad no tiene un decálogo. Nace de encuentros azarosos pero afortunados, de sitios y momentos compartidos, de afinidades electivas o de la complicidad circunstancial. Y aunque existen diversos tipos de amistad, hay un elemento común que las favorece: la mutua admiración. Una admiración que se desdobla en el hallazgo de un interlocutor sui generis, una forma de hablar con uno mismo en la imagen del otro, pero también, un espejo que debe asumir los rasgos y los riesgos de la crítica.

Si la amistad es, entre otras cosas, una conversación, la literatura es una forma de la amistad y estos amigos la ejercieron hasta el punto de convertir esa estrella en el centro de nuestra literatura durante medio siglo y quizá durante más tiempo aún. Al leer sus ensayos, poemas, novelas y cuentos o su correspondencia, hallamos acá y allá las obras, los nombres y rostros de los autores a quienes hemos leímos durante muchos años; asimismo, aprendemos a valorar no solo su participación directa en la construcción de esa argamasa poderosísima –las revistas, los suplementos– de nuestro edificio cultural, sino también su intervención en la alzadura de las instituciones que han sido orgullo de nuestro país y que siempre debemos defender como el mejor y más generoso legado de México, un país al que Fuentes y Paz amaron profundamente. Sin embargo, no por ello dejaron de criticarlo, pues el amor verdadero nace del reconocimiento del otro: de sus virtudes, pero también de sus defectos y faltas.

Juntos combatieron los excesos del nacionalismo que recurrentemente ha aparecido en nuestra cultura, en oposición a un universalismo calificado de reaccionario por las buenas conciencias nacionales. Al hacerlo –y a diferencia de quienes clamaban por una “mexicanidad” chiquita, mezquina e ignorante–, Paz y Fuentes abrieron a México al mundo: le dieron un lugar y un nombre en el concierto de las naciones, como quería Alfonso Reyes.

En las primeras páginas de este libro, escribí que la Estrella no era un volumen de crítica literaria, sino la lectura de una o varias pasiones, perseguidas con los ojos de mi propia pasión. La historia que narra no se trata de mí, pero el seguimiento de esas dos figuras fundamentales de nuestra cultura me hizo sentir orgullosa de la lengua y la literatura a las que pertenezco, capaces de crear un lenguaje fuera del reducido coto de lo doméstico: una escritura mexicana y al mismo tiempo universal. No obstante, obtuve otra lección indeleble.

A mediados de los sesenta y antes del horror diazordacista que combatieron frontalmente, ambos proyectaban la creación de una revista que atrajera a lo mejor de Hispanoamérica. Paz le escribía a Fuentes: “Una revista hispánica, en el buen sentido de esta desdichada palabra, pero abierta al mundo. No creación y crítica –fórmula de mi juventud– sino creación crítica y crítica creadora.” A su vez, un entusiasmado Fuentes le decía a Paz: “el aislamiento es el virus maligno de la crítica en México. ¡Crítica!” Deseaban hacer una revista que defendiera la libertad artística e intelectual y cuyo motor fuera la “pasión crítica”, para usar un término concebido y cultivado por Paz durante toda su vida. La revista Plural, inserta en las páginas de Excélsior, fue la respuesta a ese anhelo.

Así, la mayor enseñanza que recibí al escribir este libro fue comprender que la defensa de la libertad y el ejercicio de la crítica son elementos imprescindibles para la salud de cualquier sociedad democrática. Aprendí también que la crítica debe ejercerse en cualquier contexto, más allá, incluso, de la amistad, porque la crítica a las ideas no debe confundirse con un juicio a la persona.

En este tiempo aciago en que vivimos, hemos pagado caro la ligereza intelectual o el olvido de nuestra historia; de sus virtudes, pero sobre todo de sus errores, que no debemos repetir. Nuestra única esperanza nace de la crítica, ese aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”, leímos en Posdata. Cuando en 1976 apareció el primer número de la revista Vuelta –una publicación que nació a resultas de una arbitrariedad del Estado, y el golpe a Excélsior–, Octavio Paz escribió una frase con la que concluyo. Quiero creer que sus palabras aún pueden actuar como talismán para nosotros, los ciudadanos y, a la vez, mostrarnos la exigencia que debe conducirnos: “Una nación sin crítica es una nación ciega”.

Muchas gracias.