La noche del océano | Letras Libres
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La noche del océano

 
     Cientos de capitanes y miles de marinos
     navegaron dichosos hacia atroces destinos
     y no volvieron nunca de los mares remotos.
     Lento y cruel los devora el abismo insondable.
     Se perdieron por siempre en los fondos ignotos.
     Duermen el sueño eterno en lecho inexorable.
      
     Navegantes han muerto en todas las edades.
     El árbol de su vida mecieron tempestades.
     Fueron hojas que el viento dispersó en el oleaje.
     Hoy sus huesos descansan en abismos sin luna.
     Y las olas reparten su labor; mientras una
     hunde el barco, la otra se encarga del pasaje.
      
     Nunca ha vuelto a saberse. Son desaparecidos
     que vagan en tinieblas por sitios escondidos
     y de repente chocan con hondos arrecifes.
     Cuántas familias viven en zozobra y dolencia
     en los puertos y playas, pendientes de una ausencia
     y esperando que vuelvan en lanchas o en esquifes.
      
     En la noche no cesan de hablar sobre vosotros.
     Se apoyan en las anclas, sollozan unas y otros,
     ligan a vuestro nombre distante, ensombrecido,
     viejas canciones, risas, anécdotas dichosas,
     y el amor ya imposible de las novias y esposas.
     Mas vuestro cuerpo yace en las algas dormido.
      
     "¿Dónde estarán?", preguntan. "¿Son acaso felices?
     ¿Dejaron nuestra tierra por mejores países?"
     No obstante, pasa el tiempo. Ayer se hace lejano.
     El mar devora el cuerpo y corroe la memoria.
     Tinieblas a tinieblas va sumando la historia.
     El negro olvido crece sobre el oscuro océano.
      
     Pronto el vivo recuerdo también queda borrado.
     Cada amigo regresa a su trabajo honrado.
     Sólo lloran las viudas que en noches tormentosas
     os siguen recordando. Sin esperanza, heridas,
     remueven las cenizas que aún están encendidas:
     son en muertos hogares las brasas dolorosas.
      
     Y cuando al fin la muerte las devuelve a la tierra,
     ya nada aquí os memora: ni una tumba os encierra
     en el gris cementerio que es la última aldea.
     Sois el ciprés ya seco que el otoño deshoja
     en el puente deshecho como vuestra congoja,
     o la canción muy triste que un viejo tararea.
      
     ¿Dónde yacen los náufragos? ¿Cuál fue la noche oscura
     en que la mar siniestra dio fin a su aventura?
     A las olas implora la madre arrodillada
     cuando avanzan feroces en la marea ascendente.
     El dolor las impregna, les da la voz doliente
     con que de noche lloran al quebrarse en la rada. -— Traducción de José Emilio Pacheco