La jaula de Adela Fernández | Letras Libres
artículo no publicado

La jaula de Adela Fernández

Dueña de una lógica narrativa que se rige por el cinismo y la negrura, la escritora mexicana habría sido una gran amiga de Shirley Jackson, porque ambas son grandes narradoras de los horrores de la cotidianidad.

Las escritoras hemos sido relegadas a un segundo lugar en el canon literario. En entregas sucesivas haré una personalísima revisión que busca cuestionar nuestros hábitos de lectura, marcados por la brecha editorial de género que ha excluido a autoras audaces y ambiciosas. Este es mi intento por recuperar un espacio que nos pertenece: escribirnos y leernos es visibilizarnos. 

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Leí por vez primera a Adela Fernández (6 de diciembre de 1942 - 18 de agosto de 2013) en la clase de literatura de la preparatoria. Fueron dos cuentos de ella: “Agosto, el mes de los ojos” y “La jaula de la tía Enedina”, que es su relato más famoso, por el que Gabriel García Márquez calificó su obra como “seriecísima, tristísima y oscura”. En “La jaula de la tía Enedina”, una mujer despreciada por sus propios parientes, que “enloqueció de soledad”, es alimentada por su sobrino, al que la familia tampoco quiere por ser negro: “Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre dice que no soy su hijo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron (...) Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente.” La tía Enedina y su sobrino se hacen cómplices en un pacto de locura y sangre (“dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento. Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban”). Estos son los personajes que esboza Adela Fernández en su narrativa: sufren rechazo, son excluidos y, en medio del abandono, muestran sus dolencias y sus carencias como lo único que pueden ofrecer. 

Sus textos se caracterizan estilísticamente por una mixtura en la que, de una manera frágil, se tocan la diferencia y la otredad. Esa estructura es la de El perro o el hábito por la rosa, el primer libro que publicó en 1974, y que encontré en una librería de viejo sobre Donceles Esta bella edición, con viñetas realizadas por Marysole Wörner Baz, quien fuera su compañera sentimental de toda la vida, está firmada por la autora y, a la fecha no he conseguido dilucidar para quién estaba dedicado el ejemplar. Difícil ha sido también encontrar una categoría en la que yo pueda ordenar su obra. El perro o el hábito por la rosa fue considerado como un libro híbrido y, según la propia autora, “fue una crítica acertada ya que contenía cuentos, poemas, teatro efímero e incluso un ejercicio de puntuación”. 

Hija del director Emilio “El Indio” Fernández y la bailarina cubana Gladys Fernández, Adela Fernández tuvo una infancia “rodeada de indígenas y mestizos de diferentes pueblos de México, gente que mi padre contrataba al servicio de la casona, siempre en construcción. Constantemente se iba la luz, así que (...) a la luz de las velas o rodeando una fogata, solían contarme cuentos y leyendas rurales.” Así se fraguó su mente, que ella misma consideraba “invadida de fantasmas, naguales, castigos divinos e inclemencias de la naturaleza”, de donde surgieron relatos tan perturbadores como profundamente humanos. 

En el recuento de su niñez, que aparece en el prólogo de Cuentos de Adela Fernández: Duermevelas y Vago espinazo de la noche, ella también comparte que la casona donde vivía (esa épica “fortaleza” en la esquina de Dulce Olivia) solía recibir a la crema y nata del arte mexicano: “quienes dejaron profunda huella en mí, fueron José Revueltas y Juan Rulfo”. Después, Adela Fernández se acercó a los pintores surrealistas asentados en México: Leonora Carrington, Remedios Varo, entre otras figuras emblemáticas. Así surgió también su interés por realizar “teatro efímero”. Adela Fernández, que estudió en el CCC y en la Universidad Iberoamericana, “escribía y dirigía obritas surrealistas que no duraban más de dos o tres minutos, la mayoría representadas en galerías de pintura y librerías.” Los ejercicios que hacían en sus reuniones, basados en el onirismo como el “cadáver exquisito”, la llevaron a componer su primer poema: “Aún recuerdo mi primera frase: mórbidas mujeres mordiendo muerte (...) Lo titulé ‘La rosa en el vaso’”.   

 

Entró más feliz que nunca a su miserable cuarto.

Vio la rosa en el vaso, le cambió el agua

y decidió ahorcarse.

Ahogados en sol mis destrozos…

hincados en el templo están los diablos

amada por amada la muñeca negra

alteradas mariposas todas pardas

mórbidas mujeres mordiendo muerte

y callados los niños oxidados.

…nada me preocupa; sólo la rosa en el vaso.

 

Cuentos de Adela Fernández: Duermevelas y Vago espinazo de la noche, que reúne casi cuarenta historias, revelan algunos de los mecanismos de una lógica narrativa que se rige por el cinismo, la crueldad, la negrura. “Duermevelas”, por ejemplo, inicia así: “Mi nana decía que a mí me atacaban las duermevelas porque de pronto me quedaba dormida en cualquier sitio y hasta de pie podía conciliar el sueño. Era una caída repentina en otro mundo lleno de imágenes, sin embargo no perdí por completo la conciencia, mantenía los ojos abiertos y podía escuchar todo cuanto decían: ‘A la niña ya la atrapó otra duermevela y cuando despierte se soltará a contarnos historias insensatas y sin juicio’”. A lo largo del libro hay rastros de la aterradora y amarga perturbación que caracteriza a “La jaula de la tía Enedina”. Son  ejemplos “Las gallinitas”, que se refiere a unas ancianas que recolectan sobras en un mercado (“Con sus dedos de pico de ave, las viejas madrugadoras, recolectan las semillas y las guardan en pequeñas y fétidas talegas. Acaso cada una llega a acumular 20 o 50 gramos, suficiente para su nutrición precaria”), o “Una distinta geometría del sentimiento”, donde la familia Iturbe aparece “como todas, normal y cotidiana” pero Rodolfito, el hijo de once años, tiene un laboratorio donde mete fetos abortados “en recipientes ovoides de cristal perfectamente sellados” y, al “unir a cada cordón umbilical un delgado tubo de vidrio, a su vez conectado a diferentes probetas”, les transmite “emociones, sentimientos, síntomas; todo esto ordenado por computador.”. Adela Fernández consideraba que el cuento “es como un sueño que se escapa del mundo onírico y, fragmentado y divagante, se instala en la realidad consciente, en lo cotidiano, causando efectos en los campos de la emoción y de la reflexión. La labor literaria consiste en atrapar todos esos fragmentos repercusivos y estimulantes, darles cuerpo y unidad hasta poderlos narrar como un acontecimiento real”. 

En una de las últimas entrevistas que dio, Adela Fernández cuenta que, mientras veía “desfilar por casa decenas de novias y de personajes famosos”, ella era “la criadita, la traedora: tráeme esto, tráeme lo otro”. La figura paterna siempre fue una presencia siniestra. En “La venganza de Flaubert” que aparece en El cuento (No. 113, Enero-Marzo 1990 Tomo XIX – Año XXVII, pág. 58), encontramos un retrato de “El Indio” Fernández: “Hoy en la mañana, cuando desayunábamos en la cocina, me mandó a ver si se encontraba en su recámara. Regresé corriendo y asustada le dije: sí, estás allá y lo que estás haciendo es lamentable y vergonzoso; no debiste mandarme a mirar eso. Mi padre dejó caer la servilleta sobre el plato y se fue a la recámara a ver qué era eso que estaba haciendo y que a mí me había disgustado tanto.” Heredera de la casona, Adela Fernández está enterrada al lado de la tumba paternas. 

Parte de la obra de Adela Fernández se encuentra sin publicar y sus pocos libros apenas se consiguen en librerías de viejo. Ojalá editen pronto un libro con sus obras completas. A la fecha contamos con una recopilación que deja mucho que desear: Híbrido (nombre mejor no se pudo elegir), publicada en 2011, que contiene poemas entrelazados con obras teatrales, cuentos que pueden hacerse pasar por una novela. Eso es su obra: una mezcolanza de géneros literarios donde persiste, como apunta Elsa Cross, “ese lenguaje que profundiza y eleva, rasga, hiere, sangra y en ocasiones purifica. Sus palabras son saetas.”  

Adela Fernández supo manejar con maestría el terror psicológico, presentando una serie de oscuras fantasías humanas. Su obra me hace pensar en una escritura mórbida, en las dos acepciones para las que se puede usar esta palabra. La relacionamos con lo malsano y el desequilibrio porque, en el imaginario colectivo, representa enfermedad y muerte; pero también significa “blando, delicado, suave”. Habría sido una gran amiga de Shirley Jackson, porque ambas son grandes narradoras de los horrores de la cotidianidad.