La escritora que no quiere volverse una burócrata de sí misma | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Romina Santarelli / Ministerio de Cultura de la Nación.

La escritora que no quiere volverse una burócrata de sí misma

Gabriela Cabezón Cámara es una de las voces más potentes y originales de la actual literatura argentina. Busca que cada una de sus novelas tenga una “lengua propia”, que no se parezca a las anteriores, porque teme convertirse en una burócrata de sí misma. En un poema asegura: “Escribir una novela es vivir”.

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Uno de los aspectos más interesantes –y a menudo más sorprendentes– del oficio de escribir ficción consiste en conocer las lecturas, las miradas, las interpretaciones que de las obras propias hacen los lectores. Sobre una misma novela pueden decir, por ejemplo, que les llama la atención la lírica del texto, que haya tanto trabajo sobre el lenguaje, que la prosa sea tan musical, y también puede que pongan el énfasis sobre la presencia de la luz en multitud de escenas o sobre lo queer en toda la historia, y también que crean que el texto haga dialogar el presente con el pasado de la patria, y también que lo vean como un canto a la belleza y la potencia de la naturaleza, e incluso como una crítica feroz al extractivismo, y quién sabe cuántas otras posibilidades.

Todos esos comentarios le llegaron a Gabriela Cabezón Cámara sobre su última novela, Las aventuras de la China Iron (2017), según ella misma contó en una entrevista que –junto con un colega– le hice hace un par de meses. No fue pequeño el desafío asumido por la escritora argentina: hacer un spin-off del Martín Fierro, la más emblemática de las obras de la literatura gauchesca. Dejó a un lado al protagonista y le imaginó una vida a su esposa, un personaje que en el libro de José Hernández apenas si se menciona: narró sus viajes y sus amores, sus anhelos y sus venganzas, sus éxitos después de tantas derrotas.

Entré en la literatura de Cabezón Cámara a través de esa novela, para comentarla con los colegas de un club de lectura. Dio lugar a un debate interesante: a un miembro de ese club el libro no le gustó nada, pues entendía que la que voz que narra adolece de ciertas incongruencias. Si bien la objeción me parece atendible, tomé esas posibles contradicciones como parte del pacto que la novela propone, como un efecto de la lengua propia que la autora se propone crear: una lengua florida, rebosante, casi barroca, diametralmente opuesta a la corriente minimalista que predominó en las letras argentinas durante bastante tiempo. Cabezón Cámara lo dejó claro en una ocasión: “La austeridad en la escritura me parece una pelotudez”.

Antes de Las aventuras de la China Iron, Cabezón Cámara (nacida en San Isidro, provincia de Buenos Aires, en 1968) había publicado lo que algunos llaman su “trilogía oscura”: en 2009, La Virgen Cabeza; tres años después, Le viste la cara a Dios, que en realidad es una nouvelle y se publicó originalmente en formato electrónico, y que luego, con el título de Beya, reencarnó en forma de novela gráfica; y por último Romance de la Negra Rubia, novela de 2014. La “oscuridad” de la serie se manifiesta en la violencia sembrada en sus páginas, en los territorios marginales por donde circulan sus personajes, que sufren esa violencia, los abusos del poder. Sin embargo, también hay siempre un dejo de esperanza: son páginas habitadas por mucha ternura, por mucho amor.

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Los poco más de diez años transcurridos desde que Gabriela Cabezón Cámara comenzó a publicar sus libros coinciden con el período en que el movimiento feminista ha avanzado a pasos de gigante en la reivindicación del lugar de la mujer. Y coincide también con un momento extraordinario para la literatura argentina escrita por mujeres, de la que ella misma es una de las principales exponentes, junto con –por citar solo unos pocos nombres más– algunas premiadas internacionalmente hace apenas un par de meses: Mariana Enríquez, que ganó el Herralde, María Gainza, quien obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz (otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara), Selva Almada, galardonada con el First Book Award de Edimburgo (a la mejor primera obra traducida que llega al mercado británico) y Leila Guerriero, cuya labor en el periodismo narrativo fue distinguida con el premio Manuel Vázquez Montalbán.

Cabezón Cámara cree que la principal contribución del movimiento feminista a la literatura es la posibilidad de que las obras de autoras mujeres se publiquen y difundan más y mejor. “Recién ahora –destaca–, tantos años después, estamos rescatando y pudiendo leer a autoras como Sara Gallardo o Libertad Demitrópulos. Es un delirio”. Cuenta que leyó Siberia. Un año después, obra de autoficción de la ecuatoriana Daniela Alcívar (editada en 2019 por la editorial Candaya, de Barcelona): le pareció una novela “increíble, bellísima, algo muy hermoso”. “El disparador de la novela es un embarazo y un parto: el bebé nace y muere en 24 horas. Eso no lo había leído antes, una novela alrededor de un hecho así. Es algo que le ha sucedido a muchísima gente, y si recién ahora lo leo en una novela es porque las mujeres estamos teniendo lugar para publicar, y por eso recién ahora se ha editado”.

En 2005, la editorial Norma publicó en Buenos Aires una antología de “nueva narrativa argentina”. Incluía veinte cuentos, de los cuales solo seis eran de autoras mujeres. Quizá como un intento de subsanarlo, el año siguiente la misma casa editora presentó un volumen titulado Una terraza propia, con relatos de veintitrés “nuevas narradoras argentinas”. Entre ellas, una por entonces desconocida Gabriela Cabezón (así, con un solo apellido); su texto, “La hermana Cleopatra”, era un fragmento de su work in progress de aquella época, La Virgen Cabeza. La breve ficha biográfica de cada autora les pedía que eligieran un libro. Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita, dijo ella.

Sin duda, pocas cosas dicen más de alguien que escribe –además de sus propios libros– que sus lecturas preferidas. Le preguntamos si hoy elegiría el mismo y nos respondió que no. Entonces, ¿cuál? “Uh, qué difícil. Tal vez uno que no fuera literatura. Pienso en un libro de Emanuele Coccia, La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura, que sacó una editorial muy chiquitita [Miño y Dávila Editores, Buenos Aires, 2017]. Es un libro antiespecista, que piensa la vida vegetal, y es tan hermoso, tan hermoso, tan hermoso, que probablemente elegiría un libro como ese”.

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En la actualidad, Cabezón Cámara trabaja en una historia que transcurre a comienzos del siglo XVII entre el País Vasco y la provincia argentina de Tucumán. Cuando le preguntamos si dedicaba mucho tiempo a la investigación y al rigor histórico, su respuesta es contundente: “No. Ni a palos”. Luego matiza: “Sí trato de leer textos de esa época, porque lo que tengo que tratar de pensar es una lengua. Quiero escribir una novela que tenga otra lengua, que no sea como La China Iron: esa ya la hice. Si no, me voy a volver una burócrata de mí misma. Y eso suena poco vital. Necesito leer cosas que tengan que ver con la época. Sí, es una forma de investigación”.

¿Qué otras cosas de la época ha leído? “Ando para todos lados con las crónicas de los viajes por Sudamérica de Diego de Ocaña. Leí las crónicas de Colón, las de Cortés. He leído pocas cosas más estremecedoras y más terroríficas que las crónicas de Hernán Cortés”.

Pero, además, Gabriela Cabezón Cámara está preocupada. “Tengo la cabeza bastante desesperada por la cuestión del cambio climático, y por el desmonte, y por el uso de plaguicidas. Y también por la cuestión del hambre. Son cosas que me vuelven loca. Es un desastre lo que está pasando. Es un desastre a niveles que todavía no alcanzamos a dimensionar. Tenemos que pelear mucho y muy duro. Yo tengo cincuenta años y calculo que llego al fin de mi vida más o menos bien. Pero la gente que tiene diez o quince años, y la que está naciendo ahora, va a vivir en una distopía que no nos podemos imaginar. Horrorosa. Y van a vivir menos que nosotros. Entonces me parece que tenemos la responsabilidad de dar esa pelea, a como dé lugar”.

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La semana pasada se murió Yuyo, el perro de Gabriela Cabezón Cámara, y ella escribió un poema que publicó en Facebook, y luego otro que publicó una revista digital. Este último dice: “Yo sabía pero no sabía / cuánto de vos y de mí / se había tejido / en un animal más grande / uno hecho de mujer y de perro”. Pero el primero es, si cabe, es más emotivo, tal vez por más urgente. En él, además de Yuyo, lo llama Estreya, que es el perro de la China Iron, el primer personaje en orden de aparición; así empieza la novela: “Fue el brillo. El cachorro saltaba luminoso entre las patas polvorientas y ajadas de los pocos que quedaban por allá…” Ese cachorro es Estreya. Y en el poema la autora le dice: “Vos me ayudaste a hacer una novela / porque escribir una novela es vivir”.

Me parece que asomarse a la literatura de Cabezón Cámara a través de esos versos puede ser una buena idea. Al otro lado esperan sus novelas: una narrativa llena de poesía, una lírica que se expande en busca de sus propios límites.