Guillermo Sucre, príncipe de los críticos | Letras Libres
artículo no publicado

Guillermo Sucre, príncipe de los críticos

En La máscara, la transparencia –un verdadero canon antes que Harold Bloom pusiese de moda la palabra– Guillermo Sucre lega uno de los libros críticos capitales en la historia de la lengua; un tratado que parece irrepetible.

Pocos críticos literarios han quedado asociados a un solo libro, no único pero sapiencial en esencia, de aquellos que se consultan muchas veces en la vida y se leen con frecuencia, de principio a fin, empezando por un capítulo o paseándose por varios de ellos. Si Hugh Kenner es The Pound era; Edmund Wilson, La estación de Finlandia, Emir Rodríguez Monegal, El juicio de los parricidas; Cyril Connolly, La tumba sin sosiego y Jean Starobinski, Rousseau: la transparencia y el obstáculo, Guillermo Sucre, fallecido esta mañana en Caracas, será siempre el autor de La máscara, la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana (1975 y 1985). No es una colección de ensayos, como parecería rezar el subtítulo, sino un libro unitario con veintisiete capítulos. Si toda nuestra poesía desapareciera merced al apocalipsis, podría ser reconstruida gracias a Sucre, autor de un verdadero canon poco antes que Harold Bloom pusiese de moda la palabra.

Recorro los subrayados en mi ejemplar de la edición del FCE (1985) de La máscara, la transparencia y los encuentro pertinentes, exagerados, contradictorios y felices, el resultado de toda una vida de lector, la mía, con ese libro de quien también fuera poeta (Pretextos publicó apenas en 2019 La segunda versión, su poesía reunida, a cargo de Antonio López Ortega), profesor universitario y colaborador insigne de Plural, Vuelta y Letras Libres.

Mi ejemplar de La máscara, la transparencia ya no me sirve. Necesito uno nuevo para leerlo sin la estática de mis lecturas anteriores.

Pero voy sobre mis subrayados, aleatoriamente, como lo propone la muerte. De Gabriela Mistral, cuyo don no fue “la metamorfosis: aventurarse en la materia y hacer que ésta viva verbalmente en el poema”. De los haikai de José Juan Tablada: “la reducción del cuerpo verbal del poema está en correspondencia con la expansión de su sentido…”.

Y me espanto de leer lo que el crítico venezolano decía de Huidobro: “Modificar, cambiar la historia no es una empresa imposible. Pero ya Altazor no parece creer lo mismo en cuanto a la naturaleza esencial del hombre: su fragilidad ante la muerte…”.

De César Vallejo: “No creo, por supuesto, que valga la pena negar el carácter marxista de la visión de Vallejo, pero es igualmente cierto que él le da un sentido más amplio al marxismo”.

Ante Roberto Juarroz, Sucre no confunde al poeta con el aforista y, sin embargo, los emula, como crítico: “esa escritura aforística no pretende fijar un saber ya dado, sino, por el contrario, minarlo… crear, si se quiere otro, que ya no es un saber sino una experiencia que todavía está por discernirse a sí misma”. Y si Homero Aridjis “no es un poeta genésico ni mucho menos arcádico”, cada poema de Alberto Girri “parece una combinación de dominio estilístico y abandono instintivo…”. Mientras que para Tomás Segovia el exilio no es histórico, sino ontológico, Octavio Paz entendió “que hoy la presencia no puede ser evocada sino como ausencia”.

No quedará duda que La máscara, la transparencia es uno de los libros críticos capitales en la historia de la lengua; un tratado de esas proporciones, de ese calado, de esa negativa a pactar con las modas que asfixiaban a la literatura cuando fue escrito, parece irrepetible. Ojalá los happy few que lo atesoran leguen su valor sapiencial a algún nuevo lector, pues en cuanto a nuestra poesía en el siglo XXI, no tenemos nada igual. Es como si Sucre hubiese cerrado para nosotros la puerta de la Edad de la Crítica, y arrojado la llave al río.

En 1997, tras enviarle Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V, Sucre me respondió con una carta inolvidable, por generosa, que he releído esta mañana, no sin emoción, no tanto por lo que entonces podía decir él de un joven crítico, sino por su certeza en que estábamos obligados a lograr “el (re)nacimiento de una verdadera conciencia crítica en la literatura de toda nuestra lengua”.

En junio de 2003 fui a Caracas por única vez. Acaso fue la última ocasión en que los jurados del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (el que, al ganar Mario Vargas Llosa en 1967, acompañó al Boom) sesionaron en libertad y yo, siendo uno de ellos, voté por Fernando Vallejo, el ganador, quien se las arregló, en el ejercicio de su infinita libertad, para que la dictadura de Chávez desahuciara el benemérito galardón.

Busqué en vano a Sucre para agradecerle en persona aquella carta donde me ordenaba –sin haberme visto jamás– que cuidara mi alma y estuviese al pendiente de los buitres. Voz de oráculo.

Regreso, en el día de su muerte, a La máscara, la transparencia, obra no solo de un poeta y de un liberal, sino de uno los pocos escritores hispanoamericanos que merecen aquel título –un poco cursi, a no dudarlo (que Guillermo Sucre me perdone)– de príncipe de los críticos.