Gabriel Zaid: la prosa en la práctica | Letras Libres
artículo no publicado

Gabriel Zaid: la prosa en la práctica

La capacidad de Zaid para generar su particular estilo, que renueva la prosa de ideas en castellano, radica en el lugar desde el que se produce su escritura. Este lugar no es la figura del escritor, sino la imagen (y la función) del lector.

Como lo sabe cualquier traductor de la lengua, hay algo en el español que tiende al derrame y la dispersión. ¿Es esta una característica intrínseca al idioma –a su particular vocabulario, sus estructuras sintácticas, su facilidad gramatical para ciertas combinaciones que tienden más a la expansión que a la concisión– o más bien es el resultado de una suma de usos y tradiciones, una suma quizás centenaria, pero al final contingente? Más allá de las posibles respuestas, se puede constatar un hecho irrefutable: los prosistas castellanos de mayor reconocimiento, lo mismo hacia dentro que hacia afuera del orbe hispánico, suelen ser, con pocas excepciones, narradores y no ensayistas, filósofos, teóricos, críticos, pensadores. En el prestigio de la lengua, la prosa de imaginación se ha impuesto, por mucho, a la prosa de ideas.

Es en esta disyuntiva que destaca la prosa del ensayista mexicano Gabriel Zaid, una que se caracteriza por su novedad estilística, que introduce en el castellano un registro inusual. Este registro aprovecha las posibilidades internas de la lengua, y aunque se origina sin duda en algunas tradiciones de su estilo, al mismo tiempo parece surgir de otra parte, de una suerte de tradición inexistente. En las páginas de clásicos como Los demasiados libros, El progreso improductivo y De los libros al poder, la prosa zaidiana es capaz de combinar la claridad fulminante del reporte con la pluralidad de significados que se fecundan entre sí, típica del poema. Se trata de oraciones, frases, párrafos escritos con una categórica nitidez, esculturas hechas de pensamiento y de lenguaje.

La capacidad de Zaid para generar este estilo, que renueva la prosa de ideas en castellano, radica, me parece, en el lugar desde el que se produce su escritura. Este lugar no es la figura del escritor, sino la imagen (y la función) del lector. Los escritores están demasiado llenos de sí, demasiado convencidos de tener algo que decir y de que todos los demás –los que no somos escritores– debemos escucharlos. En cambio, lo que ambiciona el lector es conocer y organizar el mundo, así como derivar un goce particular de este conocimiento y esta organización. En ocasiones, el lector, entre otros instrumentos, utiliza la escritura como una herramienta para la ejecución de estas actividades de búsqueda, de experimentación, de tentativa sensorial e intelectual. En ocasiones, sus ejercicios de lectura plasmados en la escritura son tan logrados que pueden servir, a su vez, como estímulo y acompañamiento para las tentativas particulares de otros lectores.

La prosa de Zaid se origina en la convicción de que la lectura no es una operación pasiva, sino un acto dinámico, el cual siempre implica –como en la interpretación de un gesto o de un texto– la combinación de unos ciertos signos para la generación del significado. Como Mortimer Adler, Zaid diferencia la verdadera lectura del mero registro de datos y la identifica más bien con la “ejecución”, en un sentido casi musical, de esas partituras de sentido que son los textos. Puede haber así lectores virtuosos, geniales, armoniosos, mostrencos, mediocres, taciturnos, sordos, sosegados… El ideal que se deriva de esta lectura es una prosa como vehículo para la expresión de las ideas: no un simple utensilio para la transmisión de “información”, sino un tejido de significados que exige siempre su propia forma de comprensión, y que, al inducir ese acto, produce una ampliación del entendimiento.

Pero hay algo más. Dentro de esta concepción, la lectura es también un performance: cuenta con una dimensión dramática e incluso coreográfica, como recuerda Vasconcelos al distinguir entre los “libros que se leen sentado” y los “libros que se leen de pie”. Se tratan, estos últimos, de partituras cuya intensidad impulsa no solo al espíritu sino a la materia. Zaid siempre ha tenido presente esta corporalidad de la lectura. Cuando se pregunta –en el título de una de sus obras más entrañables– Cómo leer en bicicleta, está planteando, desde la cubierta misma del libro, la pregunta sobre la dimensión material de la lectura: invita a imaginar el gesto de leer en una circunstancia imposible como modo de resaltar que, al final de cuentas, leer es también una forma de actuar y de estar en el mundo, de estar en un cuerpo.

Como en los géneros musicales, en los géneros literarios la verdadera invención y novedad residen no tanto en la reproducción de un modelo, sino en la ampliación de sus posibilidades, es decir, en la extensión de lo que se puede decir dentro de unas ciertas reglas, reconfigurándolas en el proceso, creando quizás nuevos géneros como rescoldo de la mutación original. El aporte de Zaid a la literatura se cifra en una de estas extensiones y reconfiguraciones, que registran y recrean el acto de la lectura con los medios de la escritura como una forma de movimiento, una coreografía pautada en las palabras que el lector debe encarnar, realizando así el sentido en la presencia.