Fijarse en el cambio | Letras Libres
artículo no publicado

Fijarse en el cambio

Apuntes sobre la poesía de Elisa Díaz Castelo, quien ha ganado la más reciente edición del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por su libro El reino de lo no lineal.

En 1609 se publicaron los fragmentos de un libro que fungiría, de no haber muerto su autor, como la conclusión de un trabajo monumental. Eran del sexto libro de The Faerie Queene, obra de Edmund Spenser que hubiera llevado el título The mutabilitie cantos  [Cantares de la Mutabilidad]. La colección explora las transformaciones de objetos, personas y espacios como muestra de que “todo lo que se mueve se deleita en el cambio”. Que Spenser no haya podido terminar este libro demuestra que tal empresa solo podría cobrar sentido desde su incompletitud: si hay una constante en la poesía donde se busca retratar al universo por medio de sus transformaciones, desde Lucrecio hasta Olga Orozco, es que la única forma de mediación entre la escritura poética y el cosmos es lo fragmentario: ¿cómo podríamos expresar algo inabarcable, sin principio ni final evidentes, por medio de algo tan endeble como nuestro lenguaje humano? Esta clase de poesía, entonces, empieza con una esperanza y termina, en el mejor de los casos, con el reconocimiento de una derrota, sea consciente (como hace Pound al final de sus propios Cantares) o determinada, como fue para Spenser, por lo endeble del cuerpo.

Mi acercamiento a Principia (FETA, 2018), primer libro de Elisa Díaz Castelo, me llevó inmediatamente a estas preguntas. Sus poemas, flanqueados por citas de autores como Isaac Newton, Albert Einstein y el mismo Spenser, presentan galaxias, estrellas, transformaciones, y las combinan con cuerpos, descomposición y tierra. Entre ambos planos existe una mirada que observa aquello que no puede conocerse sino por lo limitado de las palabras, pero también habita un cuerpo real, con una vida real que habita su finitud junto a los otros. Lo que enlaza al primer universo lírico con el segundo es, como atestigua su poema “Credo”, la mutabilidad, el reconocimiento de que hay un enlace entre nosotros y el universo, aunque no lo veamos ni podamos alcanzar a entenderlo:

Creo en las estrellas porque insisten en constelarse
Aunque quizá estén muertas.
Creo en el azar todopoderoso, en las cosas
Que pasan por ninguna razón, a santo y seña.

La creencia en “el azar todopoderoso” está presente a lo largo de la aún breve producción de la escritora. Nosotros, que vivimos bajo el signo de la entropía, nos dispersamos con el universo sin sentirlo, y aún tenemos una idea unificadora tanto de nuestro propio ser como de lo que existe afuera. Díaz Castelo muestra esta preocupación en poemas como “Oda a los Ancestros”, donde posiciona al ser humano en una continuidad evolutiva desde nuestra común ancestra Lucy hasta “la primera célula organizada, / la primera huérfana / y la última [...]” (Principia, 27), o, de una manera más intimista, en “En un café de Buenos Aires, mi amiga divorciada me enseña una foto de su boda”, poema publicado con anterioridad al libro:

Míranos, me dice, con su cara ajena,
con sus otras manos, con sus ojos
de asfalto llovido y hambre a medianoche.
En la foto bailan los novios

y afuera estamos ella y yo solas, platicando.

En este poema, la relación entre el ser y el universo se encuentra en la reflexión sobre una fotografía que se describe en presente, haciendo que coincidan dos situaciones espaciotemporales: así como Lucy es nuestra ancestra “la chimuela” y todas nuestras células están emparentadas con la primera, el instante pasado de una boda coexiste, como un extraño dolor, en un presente ajeno. Cercana a la visión spenseriana de la mutabilidad, al ánimo de erudición presente en nuestra gran poeta materilista, Sor Juana Inés de la Cruz, y a construcciones de verso e imagen que podemos relacionar con poetas actuales como Fabio Morábito (en su uso de adverbios y construcción de escenas familiares), María Baranda (en su ánimo ennumeratorio y uso de la imagen sostenida) o Coral Bracho (en su echar mano de lenguajes especializados para construir densas imágenes), la oriunda de la Ciudad de México aborda un orden entrópico, donde todo movimiento está determinado por fuerzas que habitamos sin aspiración a conocer, y ese desconocimiento es, en fin, lo que nos vuelve humanos.

Escribo esto luego del anuncio de que el nuevo libro de Díaz Castelo ha ganado la última edición del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, acaso el premio de mayor peso en la poesía mexicana, y por lo mismo me gustaría dedicar un espacio a observar cómo esto afecta la continuidad de dicho galardón. El Aguascalientes suele ser visto como determinante del “canon” poético mexicano, al ser otorgado, con algunas excepciones, a poetas con una producción literaria extendida, por obras que podrían considerarse “mayores” en términos de calidad y de cómo se relacionan con el resto de sus trabajos (Me llamo Hokusai, de Chrisian Peña, 2014, Las maneras del agua, de Minerva Margarita Villarreal, 2016, o Libro centroamericano de los muertos, de Balam Rodrigo, 2018). Dicha costumbre parece estar cambiando, con el galardón en 2019 a César Cañedo por su segundo libro Sigo escondiéndome detrás de mis ojos, y en esta ocasión a nuestra autora, también por su segundo libro. Salvo que estas dos ocasiones sean promovidas por el “azar todopoderoso” que también rige a los premios literarios, acaso el Aguascalientes esté moviendo su enfoque a voces menos plenamente constituidas: si por lo general un primer libro anuncia promesas inaugurales, perspectivas que se desarrollarán a lo largo de la obra, un segundo libro suele reaccionar sobre el primero, tomando otros riesgos, otras formas de abordar la poesía. Al conocer la obra de Elisa Díaz Castelo hasta el momento, no me queda más que observar la riqueza de lenguaje y de posibilidad presente en su primer libro; esta riqueza me hace esperar la publicación de El reino de lo no lineal, y la continuidad de esta tendencia para el premio Aguascalientes, con entusiasmo.