Fernando del Paso y sus noticias del imperio (de la moda) | Letras Libres
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Imagen: Flickr: Tania Victoria / Secretaría de Cultura (CC BY-SA 2.0)

Fernando del Paso y sus noticias del imperio (de la moda)

El autor de Palinuro de México fue osado y deslumbrante al elegir su ropa. Por ello pedimos a las editoras del fanzine de moda y humor Pinche Chica Chic que analizara los gustos sartoriales de Del Paso.

Si uno observa las fotografías disponibles de Fernando del Paso, pareciera que el escritor fallecido en días recientes se interesó por la moda sólo hasta alcanzar la madurez. Abundan retratos suyos de edad avanzada, ataviado con trajes y accesorios coloridos combinados con atrevimiento, pero ninguno da cuenta de esta afición siendo jovencito. Como si antes de esta etapa, absorto en sus ocupaciones intelectuales —escribir una novela le tomaba entre ocho y diez años—, no hubiera tenido tiempo suficiente para encontrar, como lo hizo al cumplir los ochenta, la corbata con los colores rojo y gualda de la bandera de España, que portó en 2015 en la entrega del Premio Cervantes, la cual, tras una búsqueda infructuosa en México, su hijo Alejandro terminó encontrándola en Estados Unidos. Fernando del Paso nunca representó con su vestimenta el estereotipo del escritor con saco sobrio de tweed y parches en los codos.

Así como desarrolló un estilo propio en su trabajo literario, el autor de José Trigo se formó uno de vestir, inspirado en su padre: hombre de pocos recursos, contador, que usaba traje y corbata. Asoció la elegancia con su figura pública, pues como alguna vez declaró, él escribía en pijama y salía a la calle con traje. En bata escribió también su propio personaje, el del escritor en traje despampanante. Había desempeñado empleos que le exigían el uso de la corbata —el más numeroso de los accesorios en su armario—, y se inclinaba por las más llamativas, pero prefería andar cómodo en casa y con el cuello despejado. Vestir con distinción fue una manera de presentarse ante los demás.

Pasó veintitrés años fuera de México, de 1969 a 1992, en Estados Unidos, Londres y París, respectivamente. En los últimos dos lugares de su viaje germinó el gusto heredado de su progenitor. En Londres adoptó como amuleto textil la camisa mamey con rayas blancas del poeta tabasqueño José Carlos Becerra, quien la olvidó en casa de un amigo mutuo, antes de morir en un accidente automovilístico en 1970. “Rota y manchada, a veces llena de polvo, en ocasiones planchada y guardada en el ropero, otras colgada por meses en el respaldo de una silla, me ha acompañado todos estos años y la he usado siempre que el desaliento y el pesimismo han estado a punto de vencerme, o cuando una pereza infinita me ha invadido, o cuando me ha abrumado y casi convencido la idea de que ya nada, a nadie, tengo qué decir”, expresó en su discurso de ingreso a El Colegio Nacional, en 1996.

Ahí mismo, Del Paso tuvo su primer y único viaje ácido —eran los años setenta—, experiencia que ensanchó sus sentidos y lo llevó a iniciar su obra plástica rocambolesca de tonos psicodélicos. “Se despertó un universo de color en su cabeza”, dice, en entrevista con Letras Libres, la videoasta Paulina del Paso, su hija. Es probable que el contacto con la publicidad, ocurrido veinte años atrás, haya nutrido también su pasión por lo que no era en blanco y negro. Después esa fascinación se traspasó a su vestimenta. Ella lo recuerda en esa época vestido únicamente con suéteres de colores. No compraba mucha ropa, su sueldo como locutor en la BBC era modesto y lo destinaba a la manutención de su familia.

Mesurado, su gusto por la moda se acrecentaba sutilmente en su atuendo y como parte de sus motivos de reflexión. Dedicó algunos textos al tema en la columna Un día de éstos, que publicaba una vez a la semana en el periódico El Día. En estas entregas informó a los lectores mexicanos sobre las nuevas tendencias en Londres, una de las capitales de la moda en el mundo. El 28 de diciembre de 1973, por ejemplo, con motivo de la inauguración de una retrospectiva de la diseñadora inglesa Mary Quant, considerada por algunos la inventora de la minifalda en los años sesenta y, por otros, sólo quien la popularizó tras la iniciativa de André Courrèges, escribió: “Nadie como ella tuvo la intuición y el talento para diseñar y fabricar la clase de ropa atrevida, sorprendente y revolucionaria que respondía a los sueños y rebeldías todavía subconscientes de la juventud”.

Fue testigo de la aparición del movimiento punk, tal como lo escribió en su texto del 24 de agosto de 1977, “Una moda prendida con alfileres”: “Se les ve ya en muchas partes del centro de Londres, y especialmente en Chelsea: en King’s Road, los sábados en la tarde, con el pelo pintado de verde limón, azul, magenta —un color o varios al mismo tiempo—: cadenas de excusados y de bicicletas colgándoles al cuello; a veces, alguna suástica, una cruz de hierro; abundancia de zíperes y a veces de mugre; y sobre todo, llenos de alfileres de seguridad: en la chaqueta, en los pantalones, colgándoles de una oreja, atravesando —o como si atravesaran— una aletilla de la nariz o una mejilla. Son los punk, palabra que en inglés significa algo que no sirve, que está podrido, que es basura, desperdicio”. Le vaticinaba una vida corta a este nuevo modo de ser y de vestir, orquestado, según él, por muchachos sin empleo, aburridos, de clase baja, con un profundo desinterés en el arte y sin ninguna inquietud política, científica o social. No lo dice expresamente, pero tal vez su velado rechazo hacia esta tribu urbana se fundamentaba en el hecho de que él valoraba el buen gusto, la pulcritud y los colores. “Puede suceder que el sistema, una vez más, industrialice esta moda y, al hacerlo, la neutralice. Algunos conjuntos punk, como el Little Feat, ya no son tan estridentes. Algunos jóvenes punk ya no se ven tan sucios, y casi son elegantes. No tardará en aparecer ropa punk fabricada al por mayor, boutiques especializadas, alfileres sofisticados y caros”.

Linda 67: historia de un crimen, con la que retoma la escritura poco tiempo después tras dedicarse a la vida diplomática en París, es acaso su obra con mayores referencias a marcas y diseñadores de moda. El protagonista, David Sorensen, hijo de un diplomático acostumbrado a vivir como rico sin serlo, se lamenta de no poderle mostrar a su padre la gran colección de ropa que tiene en el armario, compuesta, entre otras prendas, por camisas de algodón egipcio, hechas a su medida por el camisero de The Custom Shop, de Grant Avenue. Recuerda con amargura los guantes de cabritilla color rosa con bordados de pequeñas perlas diseñados por Christian Dior para la casa Neiman Marcus, que le regaló a Linda y ésta despreció, a pesar de que ella misma hacía sus compras en Cartier, Armani, Ungaro y Laura Ashley, por lo que no podía presumir ignorancia. Halaga a Olivia, su amante, llamándola “genio”, cuando ella le da algunas opciones para combinar su ropa.

“Coordinar las prendas”, dice Paulina sobre el estilo de su padre, “era contrastarlas”. Extendía sobre la cama sacos, camisas, pantalones, calcetines y corbatas, las ponía juntas y seleccionaba las que hacían juego. Lo importante era el combo singular que formaban en conjunto todas las piezas. Regalarle ropa al maestro se convirtió en una costumbre. Su esposa, sus hijos, sus amigos, la gente de la biblioteca en Guadalajara donde fue director, su enfermera y hasta su fans configuraron a través del tiempo un estilo que prescindió de sastres personales o marcas favoritas. Lo mismo portaba un carísimo gazné verde al cuello que una camisa magenta del supermercado.

Cuando su primogénito murió hace trece años, Del Paso eligió especialmente el atuendo que llevaría su hijo en el funeral: un traje color canario y una camisa azul suyos. Era buzo y se llamaba igual que él.

Al morir don Fernando, el 14 de noviembre pasado, sólo dejó dicho a su familia que lo velaran en medio de flores. Se despidió con un traje color azur tornasolado —obsequio de su hija Adriana—, una camisa rosa mexicano y una corbata en tonos azules y rosa pastel. Lucía lentes azules, un pañuelo, calcetines de rombos y zapatos Oxford azul marino con azul gris. Su esposa Socorro le acomodó un clavel carmesí en la solapa del saco.