Fernando del Paso, in memoriam | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: Ulises Ruiz Basurto/EFE/EFEVISUAL

Fernando del Paso, in memoriam

Murió Fernando del Paso, autor de una obra vasta y profunda. El poeta Ángel Ortuño recorre en este breve homenaje algunas de las estaciones de la obra poética del escritor.

Cuando muere un gran escritor, la costumbre aconseja paliar el duelo con la alegría de la relectura. Una respuesta un poco más rápida es evocar aquello que ha permanecido como impresión indeleble, revivir los entusiasmos lectores de la primera vez.

Ya en otras ocasiones he tenido oportunidad de comentar mi deslumbramiento frente a la obra de Fernando del Paso. Da un poco de temor —tal vez, pudor— adjetivar una escritura que nada gana con esos elogios que difícilmente podrían siquiera insinuarla, ya no digo abarcarla o reducirla a una fórmula sencilla. Máxime en el caso de quien, como del Paso, destaca entre los más grandes escritores de lengua española en el siglo XX.

Conocido sobre todo como novelista —con sus tres catedrales, José Trigo, Palinuro de México y Noticias del imperio—, Fernando del Paso también escribió ensayo, teatro y poesía. Es en este último género donde atrevo algunos apuntes.

Desde la publicación de Sonetos de lo diario (aparecido en 1958 en la colección Cuadernos del Unicornio, dirigida por Juan José Arreola), del Paso muestra lo que será una constante a lo largo de sus publicaciones en este género: el rigor formal en el uso de formas métricas y estróficas, aunado a una delirante capacidad metafórica tributaria del más risueño surrealismo a través del cual (como le hubiera gustado proclamar al mismísimo Breton) presentaba una relectura del humor y el ingenio verbal de los Siglos de Oro de la tradición española. Enigmas, adivinanzas y varios juguetes retóricos más, se sumaban a un inventario que mostraba la evidencia de esa aspiración clásica: la diversidad dentro de la unidad.

El barroquismo de del Paso —rasgo estilístico compartido con su prosa— provoca en sus poemas una auténtica rebelión de vocablos, a la manera de Girondo: llevados por el sonido, por el ritmo, trazan un espiral que pareciera alejarse del sentido pero que, en realidad, vuelve sobre él una y otra vez, con humor y gran ligereza. Esto queda aún más de manifiesto con la reedición de Sonetos de lo diario, en la que se suman Sonetos del amor para quedar en Sonetos del amor y de lo diario, publicado en 1997 por el Colegio Nacional. Salta a la vista (al oído) que trastocar en el nuevo título la cronología editorial (es decir, van en segundo término los sonetos publicados antes, en 1958) continúa en esta línea de dar prioridad a la sonoridad y musicalidad del verso, porque el título —claro— también es un verso. Si en el caso de las novelas ya los expertos se han referido a la ambición de totalidad de del Paso, ¿por qué habría de extrañarnos que en poesía sujetara a esta visión el conjunto de sus poemas desde el mismo título?

El año 2004 marca el regreso a la publicación de poesía en la bibliografía de Fernando del Paso. Aparece, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, PoeMar. Con una extensión considerablemente superior a los dos libros anteriores, muestra también una mayor gama de recursos en cuanto a formas métricas y estróficas, a la manera de un poeta colombiano a quien del Paso admiraba profundamente: León de Greiff. El juego verbal, la hibridación de vocablos, las palabras-maleta del gran Lewis Carroll (y también el espíritu jocoso de parodia dictatorial a lo Humpty Dumpty, donde las palabras hacen “lo que él quiere”) nos toman por asalto desde el título. Un aparente verbo construido a partir de un sustantivo (poemar), una alusión sintética a un relato enigmático (“La narración de Arthur Gordon Pym”) y su autor, y otras resonancias, oscilan provocando la misma confusión del oleaje marítimo, cuyos movimientos de ida y vuelta anulan, al cabo, las mismas nociones de ida y vuelta: el mar que siempre está llegando y yéndose a la vez, los versos. El despliegue de recursos retóricos, compositivos, motivos, alusiones, juegos verbales e imaginería forma un conjunto sorprendente, lúdico y profundamente conmovedor. Una experiencia de lectura que, al tiempo que nos fascina, nos dará también una pesarosa idea de la  magnitud de la pérdida que sufrimos todos los lectores en estos tristes momentos.

Que la tierra le sea leve, don Fernando del Paso.