Ética de la amistad | Letras Libres
artículo no publicado
Imagen: Augustin-Louis Belle (1757 – 1841), Public domain, via Wikimedia Commons

Ética de la amistad

A lo largo de la historia, varios filósofos se han ocupado de los dilemas éticos planteados por la amistad.

La amistad suele plantear dilemas éticos. De esto se han ocupado varios filósofos de la antigüedad. Quizás podemos hallar el mejor resumen en las Noches áticas de Aulo Gelio.

Comienza con una confesión del sabio Quilón, que en cierta ocasión procuró con artimañas dejar sin castigo a un amigo que había violado la ley. Él mismo emitió una sentencia condenatoria, pero convenció a los otros jueces para que lo declararan inocente. “De este modo, en un asunto tan trascendente, cumplí mi deber como juez y como amigo.”

Aulo Gelio hace eco con otros pensadores al preguntar “si a un amigo hay que ayudarlo quebrantando la justicia, hasta qué punto y en qué”. Para esto cita a Cicerón, quien asegura que, “cuando esté en peligro la vida o el honor de un amigo, hay que desviarse del recto camino y apoyar sus deseos injustos”, si bien deja claro que “hay un límite a las concesiones hechas a la amistad”.

La duda persiste, pues no queda claro cuál es el límite de esas concesiones ni qué tan graves puedan ser los deseos injustos del amigo.

De manera más categórica, cita a Pericles: “Hay que ayudar a los amigos, pero sin ofender a los dioses”.

Por su lado, Teofrasto expresa que “hay que asumir una vergüenza o infamia pequeña y leve, si con ello se consigue un gran beneficio para un amigo”. Para justipreciar la magnitud de la infamia propia contra el beneficio del amigo, Teofrasto compara nuestra honra con oro y el beneficio del amigo con bronce. Verdad que el primero es más valioso, pero quizás, al torcer nuestras convicciones por un amigo, perdemos apenas unos gramos de oro, y en cambio salvamos una tonelada de bronce.

En su ensayo “De la amistad”, Montaigne habla de Tiberio Graco y Cayo Blosio, conocidos por su sólida amistad. Los jueces preguntan al segundo qué habría hecho por Tiberio Graco. “Todo”, responde Cayo Blosio. Lo presionan un poco más: “¿Y si te hubiera pedido quemar los templos?”. Él responde que lo habría hecho. Montaigne nos dice que Tiberio Graco y Cayo Blosio “eran más amigos que ciudadanos”.

Luego advierte sobre la diferencia entre las amistades firmes y las comunes, en las que “hay que avanzar con la brida en la mano, con prudencia y precaución”.

Aulo Gelio se lamenta de que los discursos éticos sobre la amistad sean relativos y no se hable de casos particulares. Usando sus mismos ejemplos, a él le gustaría que la ética tasara cuántos gramos de oro equivalen a un kilo de bronce.

Tales criterios son complicados de asimilar. Digamos que alguien es juez de un concurso de novela en el que participa un amigo. Según la ponderación aureobroncínea, se debe votar por la mejor novela si el premio es de cincuenta mil pesos; pero se debe votar por el amigo si el premio es de cien mil euros, pues la deshonra del juez es la misma en ambos casos, mas no así el beneficio del amigo.

A veces la novela es mejor para filosofar que la filosofía. Pienso ahora en El curioso impertinente. Anselmo le pide a su amigo Lotario que seduzca a su mujer, para así convencerse de su fidelidad. De ahí el lector cuestiona qué peticiones a un amigo pueden ser lícitas, qué favores se pueden conceder a un amigo, si es preferible procurar su gusto que su bien, hasta donde abandonar nuestros principios por favorecer a un amigo, y en qué circunstancias el acto supremo de una amistad puede ser el engaño o la traición.

Vaya uno a saber, pero diversos filósofos han justificado que varíen los criterios personales e incluso la impartición de justicia cuando de amigos se trata. En la política, es pan de cada día que alguien delinca porque se lo pide un amigo; o que se perdone al delincuente porque es amigo. Y eso, que siempre ha sido común, parece que también es ético.