Entrevista a Yael Weiss: “Escribir es ser sensible al dolor” | Letras Libres
artículo no publicado

Entrevista a Yael Weiss: “Escribir es ser sensible al dolor”

La escritora y editora mexicana habla sobre Hematoma (Elefanta, 2019), su primer libro de relatos.

Tuvo que pasar una década para que Yael Weiss (Ciudad de México, 1977) publicara su siguiente libro de ficción. En Hematoma (Elefanta, 2019), el dolor que atraviesa los cuerpos encuentra un espacio: pequeños golpes que dejan la piel tapizada de tonos morados y verdes o el vacío que se siente en el pecho al perder a alguien querido. Sin ser propiamente relatos fantásticos, Weiss altera los mundos de los personajes con situaciones que por más extravagantes que parezcan –una secta que colecciona moretones, un hombre que se hace pasar por rescatista, un par de desconocidos que se turnan una casa, un número que se encuentra en todas partes o una muerta que vuelve solo para ir de fiesta– cuentan con una explicación, aunque esta solo sea racional para sus personajes. ¿Es posible que ocurra eso? En el universo de Hematoma lo es.

¿Cómo nació Hematoma?
No fue un proceso lineal. Estos cuentos salieron en diferentes momentos, en situaciones tan disparatadas. Ni siquiera contaba con un tema para hacer un libro alrededor de él. Escribía cuentos porque me ganaba el ansia de escribirlos. Yo hace mucho tiempo decidí que no quería ser escritora. Estudié química porque no quería estudiar letras, aunque luego me pasé a letras. Me volví editora porque no quería ser escritora. Me daba mucho miedo el fracaso. Entonces escribía cuentos para sacarme las ideas que los inspiraban, pero los guardaba en el cajón. Después empecé a trabajarlos más y decidí subirlos a un blog para que mis amigos y quien los encontrara los leyera. El primero en darme una opinión fue Tomás Granados. Trabajé con él en el FCE y un día imprimió todos los cuentos que tenía en una especie de librito y me los corrigió. Tiempo después conocí a Elvira Liceaga, quien estaba escribiendo un libro de cuentos y me propuso tallerear. Ella estaba muy acostumbrada al taller y yo no, pero era el ingrediente que me faltaba. Fue ella quien me dio la idea de hacer un libro. Seleccioné los que me parecía que iban tendiendo tentáculos unos con otros, como por un mismo ambiente o un mismo tono. Creo que los relatos van formando un tejido aunque no es un hilo el que los atraviesa.

A diferencia de los relatos del género fantástico, donde los elementos que perturban el orden suelen venir del exterior y sin una explicación, en tus relatos estos provienen del interior de tus personajes. ¿De dónde salieron estos personajes?
Mis cuentos no son fantásticos porque hay una explicación dentro de la lógica irracional de los personajes. Me gusta sembrar la duda acerca de si lo que narro pasó en la cabeza del personaje o si pasó de verdad –aunque sabemos que eso es imposible porque es ficción– o si podría ocurrir en el mundo real. Algunos de estos personajes nacen de alguna anécdota que me contaron y me hacía preguntarme ¿a qué tipo de persona se le puede ocurrir hacer eso? Otros están inspirados en personas que conocí. Por ejemplo, la médico forense de “Hematoma” está inspirada en una médico que conocí en Bruselas que me revisó tras una trifulca callejera y me tomó fotos para su colección personal, porque mis moretones le parecían interesantes.

Me llaman la atención las cosas que hacen las personas, pero siempre hay una explicación de por qué se les ocurrió hacer algo tan raro o irracional. Muchas veces tachamos a unos de locos, pero en realidad bastaría con comprender lo que está pasando en su cabeza para entender que actuaron de acuerdo con su lógica.

Los personajes de este libro están llevados por sus deseos reprimidos o por aquellos que están fuera de lugar. Son oscuros en el sentido de que muchas veces ni ellos los conocen pero influyen en sus pensamientos y comportamientos. Hay un momento en que el personaje está muy frágil y sale un trauma que era antiguo. Me interesa esa corriente subterránea, pero que siempre está en acción. Es como entrar al backstage del cuerpo.

Estos personajes también son muy solitarios. Pero parece que la soledad es más profunda mientras más rodeados de personas están, sobre todo al interior de las familias o las parejas.
La realidad es que estamos completamente solos. Por más que nos juntemos con otra persona, eso de no estar solo es solamente una ilusión. Incluso, hay tantos momentos del día en los que ya estás completamente hundido en una relación contigo mismo todo el tiempo. No hay vínculos ni se comparten experiencias de vida. La experiencia de vida del mundo moderno es casi todo el tiempo solitaria.

En el caso de las parejas he llegado a pensar que se trata de una fórmula química. Cada persona es un elemento. Hay dos elementos que se juntan y pueden funcionar muy bien en una fusión muy fuerte. O pueden ser totalmente repelentes. O pueden unirse durante un tiempo, pero ser muy inestables y basta que intervenga otro elemento para que se deshaga la unión. Es una cuestión de química, de ver con quién va a funcionar el compuesto por mucho tiempo. Como se trata de elementos particulares, es hasta que se ponen en un mismo espacio que sabemos cómo van a reaccionar. Antes las reglas sociales imponían que esos elementos se quedaran juntos aunque fueran muy dispares. Hoy en día, si los elementos se tienen que separar lo hacen, porque hay menos cohesión externa de los elementos. Es una apuesta. Hay veces que funciona muy bien, pero creo que lo más interesante para mí es cuando no funcionan.

Hablabas de que no hay un hilo que teje a todos los relatos, pero la violencia es un elemento del tejido que forma Hematoma. No es un tema ajeno dentro de tu obra. Tu primer libro, Cahier de violence (2009) publicado en París, también abordaba la violencia en cinco canciones en prosa. ¿Qué diferencias ves tú entre la aproximación a la violencia en ambos libros?
Lo que más me obsesiona es pertenecer a la realidad, tocarla y decir “sí tengo un cuerpo y está en contacto con otros cuerpos”. Es una necesidad por no estar aislado a causa de la locura o de algún espacio que nos separa de las cosas. Y esta obsesión se ve en mis dos libros. En Cahier de violence, el protagonista camina por París enojado y va teniendo encuentros desafortunados con la gente. El libro acaba con la frase “hay que aumentar la realidad con todas sus fuerzas”. ¿Cómo lo logra? Exacerbando el ruido y provocando sensaciones físicas más fuertes a través de la violencia, porque siente que el mundo está plano y cada vez se vuelve más virtual. Ese personaje tiene mucho de mí cuando vivía en Francia. El problema que yo veía ahí es que a la gente no le gustaba que la tocara o la viera. Entonces yo empezaba a sentir que me faltaba la realidad, que la gente no estaba en contacto con lo que la rodeaba, que no pasaba nada.

Las violencias que trato en mis libros no son violencias extremas, sino pequeños dolores que se vuelven placenteros y que son parte de la vida. Pienso que no tenemos que sacar estas microviolencias de nuestra cotidianidad y evitarlas a toda costa. Hay un afán por vivir una vida indolora, pero yo creo que es necesario aceptar el dolor e integrarlo en nuestras vidas. Por supuesto que me refiero a una violencia consensuada y que no busca provocar daño.

Esta necesidad de sentir el mundo que experimentan tus personajes se nota en la proliferación de imágenes sensoriales. Pero me llama la atención que las sensaciones que provocan los espacios no son siempre agradables. Es como si los espacios de lo íntimo, las habitaciones o las casas, se volvieran también una amenaza para los personajes que los habitan. ¿Por qué esta alteración del orden?
Escribir es como pintar una escena, tienes que elegir qué elementos pueden ser contundentes. Sí me importa mucho la experiencia de los sentidos y las emociones que provoca lo que vemos y experimentamos. Por eso traté de producir sensaciones. No quería que los personajes fueran puras palabras, así que intenté dotarlos de un cuerpo, de gestos y movimientos.

Sobre los espacios, creo que el depredador está dentro y que lo más amenazante es lo que está dentro de tu espacio más íntimo. Viene de un miedo personal. Durante mucho tiempo no podía compartir espacio con nadie más. No quería que hubiera nadie en mi casa además de mí y no quería sentirme como una extraña dentro de ella.

Sobre el tono como criterio para agrupar estos cuentos, muchos tienen tintes de humor y también de tristeza. El final del libro es desolador. ¿Por qué esta transición?
El primer relato y el último siempre ocuparon esos lugares. Los demás cambiaron de lugar en varias ocasiones. En retrospectiva, me doy cuenta de que “Hematoma” empieza con una médico forense que llega a revisar un caso y “Ju” termina con la frase “hay más muertos que vivos”, como cerrando todo. El último cuento está situado en una especie de futuro-pasado, ya ocurrió la Tercera Guerra Mundial y está por iniciar la cuarta. Deseaba sumergir al lector en un mundo donde quizá ya pudo haber terminado todo, pero quedan algunos sobrevivientes.

Yo quería que ese cuento funcionara como un puente al mundo del libro en el que estoy trabajando ahora. Al final no me salió porque mi siguiente libro tiene más en común con “Sábado en familia”, el cuarto cuento de este libro, que trata sobre una adolescente que no siente que pertenece a ningún sitio y que siente temor de la mujer en quien se puede convertir.

Me pasa mucho que siento que me seco y ya no sé para dónde voy o ya no me suena el relato. Cuando pasa eso agarro a cualquier cuentista que me gusta, me pongo a leer y es como si me cambiara de cassette tantito, me refrescara porque de repente vuelve la inspiración, no sé qué es o qué pasa, pero vuelvo a encontrar mi tono. No podría hablar de qué estaba leyendo al momento de escribirlos porque surgieron en momentos diferentes. Pero creo que algo que influyó en el tono es que mi mejor amiga murió de cáncer hace dos años y medio. Su muerte atraviesa todo el imaginario del libro: muertos, féretros. Tenía el impulso de transformar ese deseo de volver a verla e irnos de fiesta una vez más y lo convertí en una ficción.

¿Cómo compaginar la edición con la creación?
Hay editores que escriben. En todo caso eso a mí no me funcionaba. Era uno de los boicots que me hice para no escribir. El ser editor es muy desesperante porque estás todo el tiempo corrigiendo textos de otras personas y muchas veces empiezas a ver todas las fallas, porque no todos son genios. Es cansado y decepcionante. Como editor tienes que hacer muchas concesiones al mercado o a lo que quiere el dueño de la editorial. Y muchas veces se publican cosas que tú no publicarías. Luego vas a las librerías y ves libros que están mal escritos. Y después de leer tantos manuscritos ya estaba muy cansada como para escribir y muy desilusionada de la literatura. Pero ahora en la Revista de la Universidad no corrijo tanto y eso me refresca muchísimo, porque además no es una revista literaria y puedo conocer lo que se está haciendo en otros campos.

En “La deriva” cuentas la historia del “Pueblo de los escritores”, un lugar donde la democracia se ve amenazada porque los escritores no se dan cuenta de que pueden incidir en su realidad. ¿Consideras que los escritores llevan a cuestas esa responsabilidad?
No creo que tengan una responsabilidad, pero creo que la literatura verdadera no deja de vincularse con el sufrimiento, con los lados oscuros de la humanidad, con las partes que raspan. En este cuento, los habitantes del “Pueblo de los escritores” están en camino a una elección, pero su capacidad de incidir se limita al voto y no hacen más. No se dan cuenta que se está levantando una derecha muy peligrosa. Y en vez de señalarlo escriben una literatura comercial, que no aborda estos problemas. Yo no creo que un escritor tenga que necesariamente ser militante, pero el hecho de escribir no puede ser indiferente a reflexionar en torno al problema humano. No pensarlo profundamente te saca de la literatura y la vuelve completamente vana. Cualquier obra literaria de verdad, aunque trata solamente de una relación problemática con los objetos de tu cocina, tiene una incidencia sobre la realidad. Habrá una incomodidad y una preocupación por lo humano. Esta literatura que cultiva la sensibilidad hacia lo humano, no por una responsabilidad, es un ingrediente en contra de la barbarie. Este pueblo de escritores ha fallado porque no hace nada contra la inhumanidad. No se interesan por lo que no está fluyendo, por lo que de alguna manera es la piedra en el zapato de alguien a quien perjudica. Escribir es ser sensible al dolor.