Entrevista a Hernán Ronsino: “Cada libro es un universo propio, pero me gustan las conexiones.” | Letras Libres
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Foto: Selina Haberland

Entrevista a Hernán Ronsino: “Cada libro es un universo propio, pero me gustan las conexiones.”

El autor argentino habla acerca de su novela más reciente, Cameron (Almadía, 2019).

La violencia no es un tópico inusual dentro de la narrativa de Hernán Ronsino (Chivilcoy, 1975). En su cuarta novela, Cameron, cuenta la historia de un hombre proveniente de un linaje militar que durante su juventud se dedicaba a perseguir y torturar a los enemigos del Estado. Aunque está retirado, no puede olvidar el deseo de seguir a las personas, por lo que cada noche sigue a Juan Silverio del Club de Jazz hasta el río. De manera inesperada, Cameron deja de ser el perseguidor para convertirse en el perseguido. Sin conocer los motivos de este cambio, se esconde de la policía en la casa de Orsini, su vecino, mientras emprende la búsqueda de su pierna ortopédica que le ha sido removida. Entre los desvaríos que le producen las pastillas y la fiebre, evoca y vive en carne propia el horror del que fue agente. La ambigüedad y el misterio construyen una novela donde el lector tiene que asumir un rol activo.

 

Me parece que Cameron es una reflexión sobre la memoria, como Walter Benjamin la concebía, es decir, que lo único que podemos evocar son los restos del recuerdo. ¿De dónde vino el interés por trabajar este aspecto de la memoria?
Benjamin es un autor que siempre está presente en lo que hago. En Lumbre reflexiono sobre la idea del pasado como relámpago. La evocación en ese libro tiene que ver con la memoria involuntaria, es decir, la fuerza rejuvenecedora del recuerdo. Pienso que Cameron construye una idea de memoria opuesta a la de Lumbre. Allí hay una memoria de la evocación, una memoria afectiva, una memoria de la recuperación de un territorio perdido. Y en esta novela hay una memoria absolutamente vacía de afecto y que está atravesada por el horror. Es la memoria de una violencia. Cameron es el que padece en su propio cuerpo el deterioro y se vuelve víctima de esa violencia que él mismo ejerció sobre los otros. En ese sentido, me gusta pensarla cercana a la manera en que trabaja Beckett. La memoria de esos personajes que andan sobre una tierra baldía.

“La huella es la memoria de una ausencia” es una frase que aparece constantemente en el libro. Cada vez que se dispara la memoria en Cameron, muchas veces como consecuencia de las pastillas que toma, lo hace para desnudar algo del horror del pasado. En esos momentos se devela algo de la verdad, algo de lo inconsciente que él todo el tiempo está tratando de ocultar o de enmascarar. Es ahí cuando el lector tendrá que atar cabos.

En La descomposición (2007), Glaxo (2009) y Lumbre (2013) entretejes eventos históricos con la vida íntima de los personajes. En Cameron el registro es diferente. El punto de partida no es un evento histórico, sino el inconsciente del protagonista, de donde se tienden puentes a referentes temporales. ¿Por qué este cambio?
Esa es la gran diferencia al abordar el tópico histórico. Mi propósito era pensar la tensión entre justicia y venganza, que aparece todo el tiempo y que atraviesa a todos los personajes, sin cerrarla a un hecho histórico concreto. Un lector argentino puede llevar esa lectura hacia la violencia sistemática de los años 70. No sé cómo lo leería un lector mexicano y hacia qué lugar lo llevaría.

¿Eso está relacionado con que la acción de la novela no se desarrolle en algún territorio determinado?
Sí, deseaba explorar la indefinición en todos los sentidos. La indefinición territorial, la indefinición de los hechos, la indefinición climática. Quería que todo esto removiera el arraigo de las otras novelas para generar una sensación de apertura. Por eso también elegí ese nombre, quería que fuera extraño para potenciar la distancia con lo pampeano.

Hay algunos personajes que ya habían aparecido en relatos anteriores. ¿Concibes tus libros como parte de un mismo proyecto en desarrollo que comparte obsesiones o como universos independientes donde es casualidad que vuelvan ciertos personajes?
No pienso los libros como parte de una obra en construcción. Terminar cada libro me deja en un estado de incertidumbre profunda. No sé qué hice y empiezo a entenderlo hasta que los lectores me devuelven algo de su propia lectura.

En mis primeras novelas hay personajes y espacios que se repiten. Pero en Cameron me gustaba la idea de meter a alguien del otro universo en este, que es completamente diferente, para potenciar lo siniestro. Por ejemplo, en todos mis libros aparece Pajarito. Él un personaje querido en el otro universo porque es un humanista y escribe obras de teatro. Y acá se transforma en un colaboracionista de la violencia. En un juego interno de mis libros quería ver cómo una figura familiar se transformaba en alguien desconocido. Para quienes habían leído los otros libros, encontrarse con este personaje provoca una sensación perturbadora. Y para quienes lo conocen por primera vez es simplemente un personaje fantasmagórico. Cada libro es un universo propio, pero me gustan las conexiones.

Juan Silverio y Julio Cameron, el protagonista, son muy distintos entre sí. ¿Cómo construiste los personajes de esta novela?
Lo que me interesaba con Juan Silverio era marcar un contraste entre él y Cameron. Silverio es el hijo de las víctimas y es una víctima también. Sus padres fueron desaparecidos y torturados por Cameron. Silverio se dedica a leer poesía en la radio. Me gustaba que al hacerlo le diera voz a los desaparecidos y le pusiera metáforas a ese dolor. En cambio, Cameron es lo opuesto. Él es el que no tiene metáforas. Retomando a Benjamin, es el de la violencia pura sin mediación o simbología. Por lo mismo no es posible saber quién es. Constantemente le remarca a los otros personajes y al lector “Usted no sabe quién soy yo”.

La estructura de la novela deja muchos espacios para la participación activa del lector. 
No me interesaba armar una trama explícita y cerrada. Pienso Cameron como una contracara a Glaxo, que es mi otra novela breve. Glaxo es un relato cerrado y esta es una historia atravesada por ausencias. Mientras la escribía pensaba en el Espacio Memoria que se construyó hace 15 años en lo que era la ESMA, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio durante la dictadura cívico militar. Cuando lo visité no me encontré con un memorial, sino con salas completamente vacías donde el visitante tiene que poner su propio cuerpo ante ese vacío y reconstruir el horror. En otros memoriales hay objetos y videos, así que el espectador descansa ante lo que observa. En este no. Me atrajo ese efecto de reconstrucción crítica que cada visitante tenía que hacer. Esa idea me daba vueltas ante los vacíos que hay en la novela. Por lo que quería que el lector hiciera algo. Habrá que ver si lo logré.

La tecnología juega un papel cartográfico dentro de la novela. ¿Cómo te sentiste al trabajar con esto?
En la novela, la tecnología le permite a los personajes espiar o tener la fantasía de vivir una vida mejor en lugares en los que nunca han puesto un pie. Es un elemento nuevo para mí porque las otras novelas tienen una tecnología más anacrónica, más del siglo XX. Me gustó trabajar esto. Es una novela que aborda el delirio, entonces introducir elementos disruptivos, como la tecnología de rastreo de la pierna de Cameron, ayuda a crear ese ambiente frenético.

Parece que hay dos tipos de escritores: los que tienen un plan trazado de hacia dónde quieren llevar la historia y los que dejan que sea la historia quien los guía. ¿A qué grupo perteneces?
Yo soy de los primeros, pero en esta novela me pasé al otro grupo. En general, planeo mucho. Armo mapas, trabajo minuciosamente, investigo, hago esquemas y sé qué escena voy a escribir cada día. Pero esta novela me llevó al otro método. Por lo mismo fue una escritura urgente y la terminé en dos meses. En la medida en que escribía se me iba abriendo la trama. Fue algo que me removió profundamente todo el esquema que tenía y por eso sigo pensando en los efectos que me dejó su escritura. Como experiencia fue maravilloso. Ahora estoy trabajando en otra novela, pero no de esa manera.

Eres sociólogo de formación, pero en tus textos hay una reflexión crítica sobre el quehacer literario. ¿Cómo ponderas ambas disciplinas?
Hace un tiempo pensaba que eran cosas muy opuestas porque brindan herramientas distintas. Hace poco encontré dos definiciones que me mostraron que tienen cosas compartidas. Bourdieu dice que la sociología tiene que desnudar aquello que está oculto. Y Vila-Matas piensa que la literatura tiene que desnaturalizar el lenguaje y alumbrar lo que está invisible. La motivación de uno y del otro es la misma: apuntar a trabajar críticamente sobre la realidad. Aunque me siento más escritor que sociólogo. En el fondo, prevalece la ficción.