Entrevista a Cristina Morales: "Una novela es un acto de libertad por parte de su creador" | Letras Libres
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Foto: Yander Zamora/EFE/EFEVISUAL

Entrevista a Cristina Morales: "Una novela es un acto de libertad por parte de su creador"

La ganadora del premio Herralde y del Nacional de Narrativa examina los feminismos y el control del Estado a la luz de su novela Lectura fácil (Anagrama, 2018).

Con su cuarta novela, Cristina Morales (Granada, 1985) se ha convertido en una de las escritoras españolas más famosas (y controversiales) de la actualidad. En menos de un año ganó el premio Herralde y el Nacional de Narrativa en España, en las bibliotecas de Barcelona y Madrid los ejemplares para préstamo se han agotado con listas de espera de cinco meses y se ha convertido en el blanco de políticos que cuestionan sus méritos literarios por su postura política. Lectura fácil (Anagrama, 2018) narra la vida de cuatro mujeres que han sido diagnosticadas con diferentes grados de discapacidad intelectual y que comparten un departamento. El hilo es la novela que una de ellas escribe en mensajes de Whatsapp siguiendo un método de lectura fácil. Pero, como termina descubriendo el lector, la novela es una reflexión en torno al control que el Estado ejerce sobre los cuerpos y las mentes de las mujeres.

En Lectura fácil se presentan discusiones relevantes: la sexualidad de las personas con discapacidad intelectual, la explotación por parte de un sistema patriarcal y el deseo de emancipación. ¿Estos temas ya los tenías en la cabeza antes de escribir la novela o fueron surgiendo mientras la escribías?

Tanto el cuestionamiento del concepto de discapacidad como el deseo están desde el primer momento. Creo que todo empieza a crecer a partir de estos dos pilares. Pienso que todos estos temas no vuelven el texto barroco, sino que afinan el discurso y me permiten exponer mis cuestionamientos en torno a lo que se piensa que es la discapacidad intelectual.

Has dicho que Lectura fácil pretendía ser una novela sobre danza, pero al final la danza se convirtió en una excusa para hablar de otros temas.

Yo tenía interés de escribir algo más ensayístico sobre cómo se enseña la danza en los centros cívicos. Me interesaba examinar esta idea de la danza democratizada o de acceso a todo el mundo porque yo he practicado danza en estos ámbitos y quería saber qué consecuencias tiene. Por una cuota muy barata o gratis todo aquel que no procede ni de la academia ni del conservatorio puede recibir una formación dancística. Pero aunque todo es aparentemente libre y democrático, hay una violencia que se oculta detrás de la gratuidad.

¿Cómo se expresa esta violencia en la danza?

El binarismo mente y cuerpo es algo absurdo. La danza disciplina el cuerpo y la mente. El bailarín no solo tiene que tener aptitudes físicas, necesita un carácter especial y el estómago para obedecer a su director o coreógrafo. En mi novela, Nati es un personaje que se quiebra porque tiene habilidades dancísticas, pero carece de obediencia y eso la convierte en una bailarina mala para el establishment dancístico. Ese rechazo es violento.

¿Por qué contar las historias de mujeres que han sido excluidas de la sociedad por considerar que tienen una discapacidad intelectual? ¿Hay un interés por darles voz?

Lejos de mí dar voz a nadie que no sea yo. Yo no he sido elegida por ninguna asamblea para representar a nadie porque tampoco me gusta ser representada. En la novela no doy voz más que a mí misma. La novela no tiene una clave realista en el sentido de que yo quiera recrear la vida personal de cuatro mujeres con discapacidad. Es un juego. Los personajes comparten los espacios que se pueden asimilar en la realidad con los espacios de las personas mal llamadas discapacitadas, pero no son sino una excusa para hablar de radicalidad política y control del Estado. La novela plantea un juego que es: cuanto más radical políticamente es una, mayor porcentaje de discapacidad tiene. La radicalidad política es concebida como una discapacidad y una tara para ser miembro de la sociedad. Yo no quería dar voz a las sin voz. Si yo puedo hacer algo es ayudarlas a ellas a encontrar su foro y su propia voz, pero para nada yo sustituirlas.

En tu novela también está presente una crítica al control que buscan ejercer los demás, primordialmente hombres, sobre las mujeres. Vemos cómo las protagonistas ni siquiera son capaces de elegir qué comer, qué vestir o qué hacer. Pero también hay una crítica al feminismo.

Me parece valioso poder permitirnos no caer en el juego partidista, sino que una pueda expresarse fuera del binarismo. En el que es quizá el fragmento más largo de la novela, Nati habla con su prima Marga sobre la decisión de la asamblea de anarquistas de echar al tío con quien se estaba enrollando porque piensan que es un policía secreta. Para Marga es algo normal porque los okupa la están ayudando y ella tiene conciencia de discapacidad y conciencia de la nomenclatura que el Estado le ha puesto a su ser. Nati no, ella es la más discapacitada y la más radical. Mientras Marga ve como normal que hayan echado al secreta porque puede ser una amenaza contra la propia asamblea, Nati lo percibe como que la están tratando de un modo machista porque le dan a entender que ella no goza de libertad sexual y que su pareja sexual siempre va a ser una amenaza para ella y quienes la rodean. Ella no tiene las riendas de su deseo. Es el otro el que decide la relación sexual. Ese pasaje es muy crítico con ese feminismo que ella llama el “feminismo de la negación”. Una está legitimada para decir no, cuando no desea, no a la violencia, pero no está autorizada para ser un objeto se asentimiento, decir sí a un deseo naciente en nosotras. Creo que esto es una tarea pendiente de los feminismos, al menos de los que conozco en Cataluña.

Me parece que esta anarquía está también presente en la manera en que se estructura el libro. ¿Por qué decidiste mezclar diferentes formatos, el de las actas de asambleas, el de la novela escrita por Whatsapp, el fanzine?

Una novela es un búnker o un útero donde cabe todo. Lectura fácil es clásica en el sentido de planteamiento, nudo y desenlace y no me parece rompedora en su estructura. Los diferentes formatos que aparecen entran en la novela muy bien. Pienso que le da una vuelta de tuerca al género, pero se maneja dentro de él. Por mi parte está hecha con una arquitectura muy calculada y eso la dota de seriedad. Ya me gustaría a mí escribir algo ilegible, pero tengo que desprenderme de mucha tradición literaria para aprender a hacer algo así. Quizá en los temas es donde se encuentra su aspecto más innovador.

Parece que a los lectores de tu novela les incomoda descubrirse del lado de los opresores y sentirse identificados con los prejuicios que señalas.

Una novela es un acto de libertad por parte de su creador. Y yo la hice con toda la libertad que puedo tener. Si alguien se siente incómodo es bueno para él, significa que está en crisis de su posición de privilegio y bienestar. A mí me gusta sentirme así como lectora y por eso intento provocarlo en mis historias.

En toda la novela hay una conciencia política, pero esta queda más explícita en el fanzine. En una parte de él escribes: “Pero hablar con el lenguaje coloquial o establecido es hablar con el lenguaje de las dominadoras. Es hablar desde el entendimiento acrítico de unas palabras que las dominadoras cargan de significado por nosotras”. ¿Cómo luchar o resistir contra este lenguaje que se nos impone?

Mi experiencia es que esto se puede conseguir desde la organización colectiva, o sea desde la construcción de relatos autónomos que marcan la distancia del poder, al margen de cualquier instancia gubernamental o capitalista. Otra manera es leer a referentes en renombrar lo que ya había sido nombrado por el poder. Por ejemplo, leer a María Galindo, una filósofa anarcofeminista boliviana, o al filósofo transgénero Paul B. Preciado, o al filólogo Agustín García Calvo, quienes se encargaron de desvelar lo que el lenguaje del poder, que se ha asentado en nuestro día a día como lenguaje coloquial, ha ocultado de su violencia. Ellos clamaban por abandonar todo tipo de academicismo a la hora de hablar de los temas más peregrinos o rocambolescos. Si alguien no puede entender algo no es porque sea tonto, es porque hay otros que no quieren que lo entienda. Por ejemplo, los vocabularios de la medicina, del derecho, de la arquitectura, que no todos podemos entender, están destinados a una opacidad y a mantener a alguien que atesora los secretos del lenguaje como un sometedor de aquel que no lo atesora.

¿Qué diferencias ves entre el feminismo de América y el de Europa?

Me parece que el feminismo no tiene que limitarse a la academia, sino que se puede ver en la danza, el encuentro organizado entre compañeras que no tienen ni por qué ser autoras, en las publicaciones que se distribuyen de manera libre y al margen del mercado, como fanzines. Mi acceso al feminismo ha sido así. María Galindo fue para mí la puerta de entrada a los feminismos latinoamericanos. En su obra yo descubrí por primera vez la reflexión anticolonial y eso me dio herramientas para entender el feminismo europeo y para entenderme a mí misma como migrante dentro de España porque yo soy una andaluza que emigró a Cataluña. Sus textos me brindaron un marco de significados que antes no manejaba y que, quizá, el feminismo de Estado democrático (como el que se da en la academia española) no me proporcionaba. Lo que yo he intentado hacer es ser crítica con mi propia casa, con mi propia cultura. Si eres crítico en la cultura del otro es lo más cercano al colonialismo. Yo hablo de lo que conozco bien, de lo que me oprime que no es sino mi propia cultura. Mi vocación no es teórica, pero me llegan lectores que me dicen que hay un pensamiento teórico en la novela y que puede ser exportable fuera de las fronteras en que nace.

El libro es también una crítica contra el sistema y la normalidad. ¿Cómo ves tú que tu libro esté teniendo una aceptación positiva dentro del sistema literario?

Para mí no es conflictivo en absoluto que haya recibido premios. No me parece que el premio Herralde copte el discurso del escritor al que premia ni que sea un ejercicio de mercadotecnia ni de blanqueamiento de cualquier posición de poder que podría tener la editorial. Al contrario, es mérito del escritor ser capaz de entrar a una editorial comercial y abrir una cuña para nuevos discursos y nuevas expresiones artísticas. Esto es una batalla dada por los autores que han sido fieles a su discurso literario, que no se han dejado influir por las tendencias del mercado. Los premios son una plataforma para llegar a más lectores.