El libro no leído: El libro de los nombres inverosímiles | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo González

El libro no leído: El libro de los nombres inverosímiles

Todos lo hemos hecho. Alguna vez nos han preguntado, ¿y ese libro, ya lo leíste? Sin pensarlo mucho fingimos un sí. Esta serie de ensayos se enfoca en los libros que no hemos leído y que nos acompañan toda la vida como reclamos, como fantasmas. En esta entrega, Diego Zuñiga habla de Umbral, del chileno Juan Emar.

Puede que la primera vez haya sido en aquella casa, la de los libros imposibles. Era un departamento, en realidad; primer piso, a la izquierda, entrabas y, después de avanzar por un pasillo largo y oscuro, descubrías el escritorio. Ahí estaba: un librero blanco, simple, que no alcanzaba a llegar hasta el techo. Mentiría si dijera que recuerdo todos los libros que había entre esos estantes, pero sí puedo asegurar que lo más llamativo —además de algunas primeras ediciones de Enrique Lihn y Adolfo Couve— era aquel ladrillo rojo que formaban cinco libros bien uniformados, misma altura pero distinta cantidad de páginas cada tomo. Era Umbral, de Juan Emar, y por primera vez la podía ver, hojear, pesar –porque un libro así, de esas dimensiones, nos exige, por sobre todo, practicar aquel ejercicio: calibrar el peso de cada tomo detenidamente: sin duda debe ser la novela más pesada que se haya escrito en Latinoamérica al menos, muchísimo más que Los Sorias, de Laiseca, por pensar en otro libro de proporciones—.

Umbral era un mito: una novela de más de cuatro mil páginas —en la edición que preparó la Biblioteca Nacional de Chile, hay que precisarlo, pues en cualquier otra versión editorial tendría el doble— que un compañero de curso aseguraba haber leído en un verano horrible que pasó encerrado en el fundo de sus padres, en el sur de Chile, cuando murió su abuelo, el patriarca de la familia —y el dueño del fundo y de la casa donde creció mi compañero y de la casa de veraneo en la playa, que justo ese año, en que leyó supuestamente Umbral, estaba en remodelaciones—.

Se supone que fue un verano horrible porque la familia quedó paralizada con la muerte del abuelo, por lo que a él y a sus seis hermanos los enviaron al fundo del sur, con dos empleadas y dos choferes, a pasar todo enero y febrero encerrados allá, cerca de la cordillera. Y fue en esa casa —según mi compañero— que encontró, en el escritorio de su abuelo, los cinco tomos de Umbral, intactos, ordenados, en esa biblioteca llena de enciclopedias y de libros acerca de la historia de Chile.

Tenía 17 años, pero ya sabía perfectamente quién era Juan Emar: habíamos tenido que leer, en el colegio, un par de cuentos de Diez, su único libro de relatos y el último que publicó en vida. Su vida. Esa también la conocía perfectamente, pues el profesor de Castellano dedicó toda una clase para abordar la biografía de Emar: su nombre real: Álvaro Yáñez Bianchi (1893, Santiago de Chile), su padre —Eliodoro Yáñez, político, empresario y dueño del diario La Nación—, sus años en París, su contacto con las vanguardias europeas, sus amigos surrealistas, sus amigos pintores, su regreso a Chile, más viajes, más regresos, sus libros y aquellos años decisivos entre 1935 y 1937, cuando publicó prácticamente toda su obra: Miltín 1934, Un Año, Ayer y Diez. El profesor hizo un especial hincapié en que los críticos de la época —y muchos de los contemporáneos de Emar, cómo no— ignoraron olímpicamente su obra, y después vinculó ese desprecio con el silencio —editorial— en el cual se refugiaría Emar hasta su muerte, en abril de 1964. Pero iba a ser un silencio a medias, por supuesto: Emar dejaría de publicar, pero no de escribir. Entre Santiago y su fundo de Quiltripe, en la zona central, se encerraría a escribir Umbral, “la novela más ambiciosa de la literatura chilena, el proyecto de un hombre que confundió la literatura con la vida”, dijo el profesor de Castellano y guardó un silencio incómodo y solemne.

Supongo que mi compañero tenía muy fresca en su memoria toda esa información cuando empezó a leer Umbral. Por eso cuando volvió en marzo a clases —sería nuestro último año en el colegio—, lo primero que hizo fue acercarse al puesto del profesor y le contó su experiencia con Umbral. Por supuesto que no le creyó él ni sus amigos ni nadie que hubiera escuchado, alguna vez, hablar de Juan Emar y la famosa novela de más de cuatro mil páginas, a pesar de que mi compañero era capaz de narrar un par de escenas de forma impecable —escenas que ocurrían, supuestamente, en distintos tomos— y enumerar una lista generosa de personajes cuyos nombres eran tan complicados como inverosímiles, pero de Emar —como sabían quienes lo habían leído— se podía esperar todo, por lo que en algunas personas a quienes les contó su experiencia —un par de apoderados que habían estudiado Literatura o Historia— generó cierta empatía: sí, era posible que en ese verano horrible haya leído Umbral o, al menos, hojeado atentamente los tomos y haberse detenido en un par de cientos de páginas de la novela como para recordar aquellas escenas, aquellos nombres.

Cuando salimos del colegio le perdí la pista a mi compañero, pero nunca me olvidé de Umbral, de esos personajes con nombres inverosímiles, que puedo enumerar de memoria como si efectivamente hubiera leído la novela: Baldomero Lonquimay, Desiderio Longotoma, Isidra Curepto, Fidey de Comiso, Teodoro Yumbel, Trinidad Calama de Borneo, Anacleto Ibacache y Clorinda Machalí, por citar algunos, pero podría llenar muchas páginas con esos nombres propios que protagonizan esa novela que nunca he leído, pero que tantos han creído que sí: Florencio Naltagua, Romualdo Malvilla, Tadeo Lagarto, Wenceslao Curacaví, Rubén de Loa, Estanislao Buin, Fray Tomate y un largo y significativo etcétera.

Hace un tiempo, iluminado por una suerte injusta, encontré los cinco tomos en una librería y los compré. Ahora busco esos nombres y compruebo que son reales. Quizá llegó el momento de saber quiénes son todas esas personas.