El latinoamericanismo como política antidemocrática | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Letras Libres. Foto: John Jabez Edwin Mayal - International Institute of Social History in Amsterdam, Netherlands, Public Domain // Mapa: Flappiefh / CC BY-SA 4.0

El latinoamericanismo como política antidemocrática

Frente a la hegemonía de la expresión académica de la izquierda radical en el latinoamericanismo, cabe preguntar si puede haber una latinoamericanista que prefiera a Norberto Bobbio y no a Marx.

El latinoamericanismo no es una disciplina al estilo de la antropología, la politología o la crítica literaria, sino un área de especialización para graduados en diversas carreras. Posee una rica tradición intelectual, que se remonta incluso al siglo XIX, pero se ha reducido a la expresión académica de la izquierda más radical de la región. Yo misma ya no me defino como latinoamericanista, aunque me formé como tal. ¿Puede haber una latinoamericanista que prefiera a Norberto Bobbio y no a Marx? ¿O que piense que también las socialcristianas, liberales y socialdemócratas son feministas? ¿Acaso la teoría queer es la única manera de entender la diversidad sexual y de identidad de género para quienes hemos estudiado este tema? Además, comprendo el arte, la literatura y el pensamiento en términos históricos, genealógicos y estéticos, no en términos exclusivos de violencia epistémica colonial o política identitaria. Soy firme partidaria del conocimiento científico y demócrata liberal. Por último, y no menos importante, la dirigencia del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) –en contra de la aguerrida postura de la sección venezolana– ha tendido al negacionismo ante la tragedia de Venezuela mientras corrieron a defender a Evo Morales y a Dilma Rousseff. Abunda pues la militancia disfrazada de academia, la izquierda antiliberal.

El latinoamericanismo como sinónimo de izquierda antiliberal tuvo un momento clave en los años sesenta, con el triunfo de la revolución cubana. El marxismo ocupó las universidades públicas del continente y formó a varias generaciones de jóvenes de las ciencias sociales y humanidades. En los ochenta el debate modernidad-postmodernidad y la caída del muro de Berlín propiciaron el postmarxismo, los estudios culturales, el pensamiento decolonial, el feminismo y la teoría queer. La intersección de estas corrientes conforma el núcleo duro del latinoamericanismo hegemónico actual, definido por su impugnación de la democracia como pluralismo político e ideológico y la incomprensión, que no critica, de la economía de mercado. Habría que agregar que la ciencia y la tecnología son vistas como manifestaciones mayores de la violencia epistémica occidental, por no hablar de la desvalorización de la estética, de la noción misma de individuo y del pasado incompatible con las coordenadas del pensamiento descolonial. Que el feminismo y los estudios sobre el tema LGBTTTIQ se sometan a esta lógica es por lo menos sorprendente. Sin la Ilustración, las mujeres estaríamos como estábamos hace un siglo –y ni hablar de las lesbianas.

Los años noventa significaron la impugnación de la misma noción de estética, reducida a los juegos de poder de las élites. Se trataba de una manera de ver la literatura distinta a la de críticos marxistas o filomarxistas –englobados bajo el nombre de “crítica de la cultura”–, cuyo epítome fue Ángel Rama. Por más politizados que fuesen críticos como Rama, estudiaban la literatura en tanto arte verbal capaz de interpelar a los lectores desde el trabajo formal, no solo desde su “contenido”. Eran marxistas o filomarxistas ligados al pensamiento producido fuera del convento censor estalinista, maoísta o castrista. La influencia de pensadores como Antonio Gramsci, considerado un marxista heterodoxo, o de Lucien Goldmann, marxista estructuralista, demuestran esta afirmación. También la impronta de Mijaíl Bajtín y la Escuela de Frankfurt.

A finales de los ochenta, Hugo Achugar, en su artículo “La biblioteca en ruinas”, expresó su testimonio ante el desmoronamiento de la estética, la crítica literaria y el valor cultural y social de la literatura en el mundo de los medios y la tecnología. Achugar seguía la senda de Terry Eagleton en “Qué es la literatura”. Ésta, según el crítico inglés, no es más que un tipo de escritura muy apreciado, sin ninguna característica que definiera su entidad como discurso más allá de la recepción elitesca de sus lectores, formados en los valores del capitalismo. Reducida a su acepción más chata de expresión de la hegemonía política y social de determinados sectores, la literatura pasó a ser un discurso más entre los tantos sometidos al mismo tipo de análisis de carácter ideológico que se impuso en estudios culturales.

El triunfo en este siglo del pensamiento descolonial, en especial el desarrollado por el ex crítico literario argentino Walter Mignolo, significó la entronización definitiva del espíritu de la sospecha frente a la literatura como arte verbal, así como el refugio en un pasado inexistente, libre del pecado colonial. Las lecturas del pasado son condenadas en nombre del bien de la humanidad subalterna; no es de extrañar el maridaje del latinoamericanismo hegemónico con la política identitaria que está socavando las humanidades en Estados Unidos. Foucault, Butler, Spivak, Derrida, Zizek, Agamben, Lacan o Gramsci han sido puestos –con muy justa razón, dirían algunos; injustamente, dirían otros– al servicio de causas antidemocráticas. Son el canon interpretado por los nuevos cristianos primitivos de la política identitaria y por los amantes ilusorios de un paisaje descontaminado del occidente racista, machista y colonialista que ejerce violencia epistémica.

Se suponía que en esta senda se le haría honor a las fuerzas constructoras de los sectores populares, a los indígenas y afrodescendientes, pero la miopía respecto a las fuerzas modeladoras del presente tal vez explique por qué Enrique Dussel y Ramón Grosfoguel son partidarios del tirano Nicolás Maduro. Solo hay que leer La idea de América Latina, de Walter Mignolo, para entender que semejante ceguera ante lo real deriva en pulsiones autoritarias. El latinoamericanismo hegemónico se trata definitivamente de una política antidemocrática. Uno de sus efectos más perversos es que los jóvenes saben que los cargos académicos, las becas y las redes con poder dentro de las universidades dependen de su entusiasmo respecto al catecismo en uso sobre la economía, la ciencia, la democracia y la cultura. La consagración de la ceguera, en suma.

Existe, desde luego, un latinoamericanismo alternativo, al estilo de las críticas literarias y de la cultura Beatriz Sarlo y Doris Sommer, nombres muy reconocidos. Igualmente, pienso que Nelly Richard y Alberto Moreiras son estimulantes y de interés, pues no se trata de silenciar las voces sino de multiplicarlas. Por supuesto hay otras maneras de hacer crítica literaria en castellano, como las de Gabriel Zaid, Christopher Domínguez Michael, Carlos Sandoval, Ignacio Sánchez Prado, Gustavo Guerrero, Paulette Silva y Jorge Carrión. Estos espacios hay que defenderlos y ampliarlos, pues no se trata simplemente de cultivar una práctica minoritaria, sino de plantearse tanto la apropiación del pasado como una política democrática de cara a las nuevas generaciones universitarias que enfrentan el auge de las izquierdas y derechas antiliberales.