El escritor y la ciudad | Letras Libres
artículo no publicado

El escritor y la ciudad

Ricardo Piglia

Los diarios de Emilio Renzi. Tomo II. Los años felices

Barcelona, Anagrama, 2016, 420 pp.

 

El escritor y la ciudad. Así podría haberse subtitulado este libro, en lugar de Los años felices, que no lo son realmente, al menos leídos en presente y no a la luz ambarina del recuerdo. Porque la mayor parte de las anotaciones del joven Piglia, en plena formación literaria y sentimental, entre 1967 y 1975, entre su primer libro de cuentos (La invasión) y su primera nouvelle (Nombre falso), tienen que ver con la experiencia urbana. Largos paseos en soledad. Librerías, cines, restaurantes, sedes editoriales y cafés. Reuniones de la histórica revista Los Libros con Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano. Cambios de domicilio con regusto a malditismo. Conversaciones, mientras caminan, mientras beben, con el polemista David Viñas. La Avenida Corrientes al amanecer. Buenos Aires es la gran protagonista de este diario, como contexto afectivo e intelectual de un Piglia desorientado, con problemas psicológicos, sexualmente promiscuo, por supuesto: lector voraz y brillante.

Las idas y venidas por la topografía metropolitana a menudo guardan relación con el dinero. No es de extrañar, porque toda la obra pigliana es una gran reflexión sobre cómo circula el capital. Se consigna el precio de los artículos y de las conferencias, el sueldo de la universidad, los honorarios por dirigir colecciones. Cómo ser un escritor profesional, se pregunta el autor, que también trabaja en guiones de cine. El modelo es Manuel Puig, que escribe todos los días y que dedica parte de su jornada laboral a la relación epistolar con sus traductores y editores extranjeros. Tal vez sean Puig, como presencia cercana, y Juan José Saer, como ausencia europea, los dos grandes puntos del radar de Piglia. Los puntos rojos más importantes en la pantalla de su generación, que “es una serie dispersa, no cronológica, de lecturas y de rituales comunes, que envejecerán con nosotros”. Una generación que aparece generosamente representada, porque los desplazamientos por Buenos Aires no cesan de provocar encuentros, pero cuyo lenguaje y cuya actividad política son juzgados severamente, en una atmósfera cada vez más enrarecida por la violencia policial y guerrillera.

Para quienes hemos leído sistemáticamente a Piglia y habíamos cartografiado su mapa de referencias (Borges, Arlt, Joyce, Brecht, Chandler...), la gran sorpresa de estas dos entregas de sus diarios ha sido descubrir la importancia medular de Cesare Pavese en su juventud. Leyó todos sus libros y se identificó con él. A menudo, de un modo claramente intencionado, Pavese es citado en el mismo párrafo o en la misma página que Borges, como si este fuera la historia visible de toda la textualidad de Piglia, y aquel, su historia secreta. Por supuesto, en el centro está El oficio de vivir, su obra maestra y el gran modelo de Los diarios de Emilio Renzi, otra obra maestra. La lógica es borgiana: el escritor argentino se nutre de toda la tradición occidental, tiene derecho al universo; pero su mundo es pequeño, una ciudad del Cono Sur.

Articulado en series, y desprovisto de la alucinante construcción del primer libro, donde la evocación del abuelo permitía el desarrollo de una estructura novelesca, este segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi orbita alrededor de dos ausencias. Sendos viajes, a Cuba y a China, cuyas anotaciones no se reproducen. Esas omisiones, al tiempo que evitan la posibilidad de contrastar la política de izquierda argentina con dos de sus referentes de la época, invocan un concepto clave en la literatura pigliana, el de la literatura futura: ¿cuándo leeremos esos diarios que el escritor nos sustrae? ¿En qué otro proyecto los ve incluidos? No sabemos cuál es el porcentaje de los diarios, de esos 327 cuadernos sobre los que Andrés Di Tella filmó un precioso documental, que el autor ha decidido incluir en los tres volúmenes que ha editado (el tercero se publicará el año próximo). No es descabellado presumir que estas mil quinientas páginas revelen algunas historias y oculten otras, cuyo revelado todavía es posible, tal vez probable, puro futuro.~


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