Disfrutar de la belleza de los errores en la escritura | Letras Libres
artículo no publicado

Disfrutar de la belleza de los errores en la escritura

En muchos textos se abren involuntarias ventanas hacia una belleza que habría resultado imposible de apreciar si alguien no hubiese cambiado una letra o una palabra por otra o no hubiera sufrido un pequeño lapsus de incoherencia.

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El capítulo final del libro Ser escritor, de 1997, en el que Abelardo Castillo vuelca su experiencia y sus consejos para aprendices en la materia, está compuesto por casi cincuenta máximas, llamadas por el autor —quizá por modestia, quizá solo por jugar con las palabras— “Mínimas”. Una de ellas recomienda: “No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido”.

Además de los sentidos que, con razón o sin ella, les puedan hallar “los profesores”, a menudo de las erratas se puede extraer otro elemento, quizá más valioso: belleza. Belleza inesperada, que surge de un modo casi mágico, una especie de serendipia que en ocasiones vale la pena celebrar. Una de sus formas más curiosas es la de los llamados lapsus calami, errores o tropiezos involuntarios e inconscientes que se cometen al escribir y que hacen que el texto pierda coherencia pero, a veces, ganen en vuelo poético o creatividad.

En una escena hacia el final de 2666, la monumental novela de Roberto Bolaño, un grupo de personajes relacionados con el mundo editorial hablan de lapsus calami (en latín, “error de pluma”) y mencionan una veintena, como los siguientes: “El cadáver esperaba, silencioso, la autopsia” (tomado de El favorito de la suerte, de Octave Feuillet), “Empiezo a ver mal, dijo la pobre ciega” (Beatriz, de Honoré de Balzac), “Después de cortarle la cabeza, lo enterraron vivo” (La muerte de Mongomer, de Henri Zvedan) o “Tenía la mano fría como la de una serpiente” (de Ponson du Terrail).

Más graciosos que las propias citas son los comentarios de los personajes. Tratan de imaginar, por ejemplo, cómo podía ser que “con las manos cruzadas sobre la espalda, paseábase Enrique por el jardín, leyendo la novela de su amigo” (según narra El día fatal, de J. H. Rosny). “Cabía la posibilidad —plantea alguien— de que este Enrique hubiera inventado un artefacto que le permitiera leer sin sostener el libro con las manos”, y luego se ocupa de describir cómo sería esa hipotética mochila portalibro, que contaría con una varilla metálica para que el lector pudiera, a través de un complejo dispositivo, pasar las páginas con la boca.

Esta lista de lapsus calami tuvo bastante difusión tras la publicación de la novela de Bolaño, en 2004, pero parece evidente que el escritor chileno la tomó de un artículo titulado “Disparates literarios”, de José Martínez de Sousa, publicado en 1998. En este texto, el listado se atribuye a un libro titulado Museo de errores, de “un literato austríaco” de nombre Max Sengen. En la novela, sin embargo, los personajes no consultan ese libro, sino otro “cuyo título Archimboldi no pudo ver”. Hay quien sugiere que se trata de un pequeño homenaje de Bolaño a Martínez de Sousa, una de las máximas autoridades en tipografía, ortotipografía y bibliología en nuestro idioma.

 

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Mucho más comunes son los errores de tecleo, que en ciertos casos también dan lugar a buenas anécdotas. Una de las más célebres corresponde a un libro de Marshall McLuhan. Se cuenta que la obra, publicada en 1967, debía llevar por título la más famosa de las frases acuñadas por el intelectual estadounidense: The Medium is the Message, es decir, “El medio es el mensaje”. Pero alguien en la imprenta hizo algo mal. Cabe imaginar la sorpresa cuando los editores recibieron los ejemplares con una letra de diferencia en la portada: The Medium is the Massage. O sea, “El medio es el masaje”.

McLuhan, que era un tipo brillante, en aquel defecto vio virtud. “¡Déjenlo así! Es genial y da justo en el blanco”, exclamó, según relata Eric, su hijo mayor, en la web MarshallMcLuhan.com. De esa forma, hay cuatro interpretaciones posibles para la última palabra del título: massage (“masaje”), mass age (“la era de las masas”), message (“mensaje”) y mess age (“la era del lío, de la confusión”). The Medium is the Massage fue el primer libro de McLuhan desde el que le había dado fama mundial tres años antes, Understanding Media, esto es, “Entender los medios”. Sin duda, McLuhan lo había entendido todo.

 

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Incluso los errores de ortografía dan lugar a mundos nuevos. Victor Hugo, en Los miserables, cuenta una historia muy curiosa. Un cocinero de apellido Hucheloup había creado un plato de carpas rellenas, que él llamaba carpes au gras (literalmente, “carpas con grasa”). Escribió un cartel para anunciarlo en el exterior de su taberna, pero se equivocó en la preposición: CARPES HO GRAS. Pasaron semanas y las inclemencias del clima borraron un par de letras, de modo que el cartel terminó diciendo: CARPE HO RAS. “De modo que, con el auxilio del tiempo y la lluvia —escribió Hugo— un humilde anuncio gastronómico se había convertido en un consejo profundo”.

¿A qué se refiere? Pues a que la frase parece una alusión al famoso carpe diem, “aprovecha el día”, que Horacio incluyó en sus Odas. “Aprovecha las horas”, termina aconsejando el cocinero. “Así pues —completa Victor Hugo—, el tío Hucheloup, que no sabía francés, se había encontrado con que sabía latín, con que había hecho salir de la cocina la filosofía y con que, queriendo simplemente eclipsar al gran concierto Careme, se había igualado a Horacio. Pero lo más notable era que también quería decir: ‘Entrad en mi taberna’”.

 

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Que una errata se convierta en un éxito recuerda a esa frase de Samuel Beckett que a los optimistas tanto les gusta repetir: “Intenta de nuevo. Falla de nuevo. Falla mejor”. (En el original: Try again. Fail again. Fail better. Ese fail también suele traducirse, quizá para dar más fuerza a la frase, como “fracasa”. Fracasa mejor, de hecho, es el título de un libro publicado hace pocos meses en Argentina, una especie de manual de autoayuda para emprendedores que recopila casos de “fracasos y fracasados que cambiaron el mundo”. Por supuesto, se vendió un montón.) ¿Qué mejor forma de fallar que dar lugar, sin querer, a un título ingenioso y polisémico para un libro o a un cartel que, además de invitar a comer en una fonda, deje una enseñanza filosófica?

El caso es que la frase de Beckett se ha malinterpretado. Es decir, su lectura optimista también es un error. Beckett era profundamente pesimista y, para comprobarlo, basta leer lo que sigue inmediatamente después de la famosa cita en su contexto original, la pieza dramática Rumbo a peor: “Falla otra vez. Otra vez mejor. O mejor, peor. Falla peor otra vez. Aún peor. Hasta enfermar del todo. Vomita del todo”. En un artículo en The New Inquiry, el escritor Ned Beauman compara el uso optimista de la frase con el uso consumista y capitalista de la mítica efigie del Che Guevara, pero admite que es posible que al propio Beckett esto le hubiera causado gracia. “Ninguna demostración de la inutilidad de la vida o del vacío del lenguaje —afirma Beauman— es tan profunda como para que no pueda, algún día, convertirse en un imán tranquilizador para la heladera”. Y esto, a su vez, termina dándole la razón al pesimismo. Es decir, lo pone en su lugar.

Sucede que a menudo los extremos se tocan y el pesimismo parece completar la vuelta al todo y desembocar en el punto de partida, en el optimismo. Quien no espera ya nada del mundo se ilusiona y sonríe con las más pequeñas buenas noticias. Como quien hace caso a la propuesta de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego: “Ya que no podemos arrancar belleza de la vida, busquemos al menos arrancar belleza del no poder arrancar belleza de la vida”. ¿Cómo no disfrutar de la fe de erratas de un periódico que explica que ahí donde dijo que a un candidato a presidente le gustaba pasar su tiempo “con Toy Story” en realidad debió decir “con Tolstoi”? Relajarse y gozar de la belleza de los errores parece, en efecto, una medida oportuna.