Como todo ya se ha contado, podemos contarlo todo | Letras Libres
artículo no publicado

Como todo ya se ha contado, podemos contarlo todo

Distintas teorías han intentado establecer cuántos tipos de historias existen. Unos dicen 36, otros 20, otros 7. En cualquier caso, la originalidad no radica tanto en encontrar un argumento nuevo sino, sobre todo, en saber cómo contarlo.

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Quien más, quien menos, supongo que todos los que en algún momento nos lanzamos a crear una narración (una novela, un cuento, una pieza teatral, un guion cinematográfico, etc.) tenemos en algún momento la sensación de que lo que estamos haciendo ya lo ha hecho alguien antes de nosotros. Es entonces cuando nos proponemos ser más originales. “Tengo que hacer algo nuevo”, nos decimos, olvidando que hace ya unos tres mil años el autor del Eclesiastés nos avisó que no hay nada nuevo bajo el sol.

Esa aspiración de crear algo nuevo quizás haya mortificado al dramaturgo italiano Carlo Gozzi (1720-1806). Escribió más de una treintena de obras, cuyos argumentos se inspiraron en cuentos infantiles tradicionales, en textos de Cervantes, Tirso de Molina, Calderón de la Barca y otros españoles del Siglo de Oro y en otras historias que recogió allá y aquí. La más famosa, de hecho, fue la adaptación de un relato del orientalista francés François de la Croix, quien a su vez lo había tomado del poema Las siete princesas o Las siete bellezas, del poeta persa del siglo XII Nezamí Ganyaví. Recreada luego por Friedrich Schiller, acabaría convertida en ópera, ya en el siglo XX, por Giaccomo Puccini. Hablamos de Turandot.

El caso es que Gozzi compuso solo dos obras originales. Podemos imaginárnoslo ante su mesa de trabajo, presa de la angustia por no dar con un argumento original, lamentando que todo lo que se le ocurría ya hubiera sido escrito por alguien más. Fue tal vez en uno de esos momentos de abatimiento cuando se dedicó a enumerar todas las situaciones dramáticas que se le ocurrían, es decir, las situaciones que podían dar lugar a una pieza de teatro. Azorado, no encontró más de 36. ¿Cómo podía no repetir situaciones ya narradas, si no eran más de 36?

 

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Esa lista se perdió. Schiller y Goethe, que admiraban a Gozzi, se negaron a creer que las situaciones dramáticas pudieran ser tan pocas, y se lanzaron ellos mismos a la tarea de registrarlas. Parece ser que no solo no pudieron encontrar más, sino que ni siquiera llegaron a 36, de modo que decidieron olvidar el asunto. Y todo podía haber terminado allí. Pero al proyecto, iniciado por un italiano y proseguido por unos alemanes, lo sistematizó un francés, Georges Polti, quien en 1895 publicó Las 36 situaciones dramáticas, libro que desglosa y explica en detalle cada una de esas posibilidades (y cuya primera traducción íntegra al castellano, realizada por el argentino Adrián Silisque, se publicó hace apenas dos meses).

Las situaciones listadas por Polti son las siguientes: 1. Suplicar; 2. Liberación o rescate; 3. Venganza que sigue al crimen; 4. Vengar familiar con familiar; 5. Acosado; 6. Desgracia irreparable; 7. Ser víctima; 8. Rebelión; 9. Tentativa audaz; 10. Rapto; 11. Enigma; 12. Conseguir algo; 13. Odio entre parientes; 14. Rivalidades entre familias; 15. Adulterio homicida; 16. Locura; 17. Imprudencia fatal; 18. Crimen de amor involuntario; 19. Matar a alguien sin saber que es uno de los suyos; 20. Sacrificarse al Ideal; 21. Sacrificarse por los allegados; 22. Sacrificarse por la pasión; 23. Verse obligado a sacrificar a los suyos; 24. Rivalidad entre desiguales; 25. Adulterio; 26. Crímenes por amor; 27. Conocer la deshonra de un ser amado; 28. Amores imposibles; 29. Amar al enemigo; 30. Ambición; 31. Lucha contra Dios; 32. Celos equivocados; 33. Errores judiciales; 34. Remordimientos; 35. Reencontrar; y 36. Perder a los suyos. 

“Lista extraña, a la vez decepcionante, desordenada, penetrante, paradójica”, escribió el filósofo y especialista en estética Étienne Souriau en un libro de título elocuente: Las doscientas mil situaciones dramáticas, de 1950. Y añade: 

Cosa curiosa, en esta lista hay, si tiramos de los hilos, por así decir, un esfuerzo evidente por llegar al número de 36 […] propuesto por los primeros investigadores. Porque a fin de cuentas adulterio y adulterio homicida no son dos especies, sino el género y una de sus especies. Sacrificarse, sea por el Ideal o por los allegados (¿por qué no también por Dios, por el honor, por los prejuicios, etc.?), es siempre una misma situación. ¿Y por qué separar el adulterio homicida de los crímenes por amor? […] Hay algo más grave. Muchas de esas entidades, dramáticas o no, no son realmente situaciones. Son acciones, aventuras, más exactamente tipos de acontecimientos. El rapto, incluso la muerte, o la imprudencia fatal, son medios evidentemente útiles para sustentar o alimentar la acción…

 

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Todas las clasificaciones son caprichosas, lo sabemos. Y Souriau suena razonable al sugerir que Polti forzó la suya para alcanzar el “número mágico” de 36. Pero también suena razonable la idea de que efectivamente existe un número limitado de situaciones dramáticas posibles. O lo que es más o menos lo mismo: de historias que se pueden contar. ¿Cuántas? Ha habido varios intentos de dar con la cifra definitiva.

En 1993, el estadounidense Ronald B. Tobias publicó 20 Master Plots (“20 argumentos maestros”), en el que despliega un listado bastante más consistente que el de Polti: 1. Búsqueda; 2. Aventura; 3. Persecución; 4. Rescate; 5. Escape; 6. Venganza; 7. Enigma; 8. Rivalidad; 9. El Aguerrido; 10. Tentación; 11. Metamorfosis (física); 12. Transformación (espiritual, emocional, etc.); 13. Maduración; 14. Amor; 15. Amor prohibido; 16. Sacrificio; 17. Descubrimiento; 18. Exceso de miseria (moral); 19. Ascenso; y 20. Caída. 

Para el inglés Christopher Booker, en tanto, todo se puede reducir a siete categorías, como explicó en The seven basic plots (“Los siete argumentos básicos”), de 2004: 1. Vencer al monstruo; 2. De la pobreza a la riqueza; 3. La Búsqueda; 4. El viaje y el regreso; 5. Renacimiento o resurgimiento; 6. Comedia; y 7. Tragedia. Sin embargo, los dos últimos ítems echan por la borda el trabajo, ya que están más cerca de ser un género que un tipo de trama narrativa. Una búsqueda o una historia “de la pobreza a la riqueza”, por ejemplo, pueden contarse tanto en tono de tragedia como de comedia. Booker menciona pero deja fuera de su listado por considerarlos “inferiores” otros dos argumentos, que son mucho más sólidos: el misterio y la rebelión contra el poder.

Hace dos años, científicos de la Universidad de Vermont, en Estados Unidos, analizaron 1.700 libros y concluyeron en que el arco dramático de todas las historias se encuadra en una de seis categorías, a las que pusieron los siguientes nombres: 1. De la pobreza a la riqueza (que describe un ascenso constante); 2. De la riqueza a la pobreza (caída constante), o Tragedia; 3. Hombre en el hoyo (caída y luego ascenso); 4. Ícaro (ascenso y luego caída); 5. Cenicienta (caída, ascenso y de nuevo caída); y 6. Edipo (ascenso, caída y ascenso otra vez). La investigación apunta que una de sus mayores inspiraciones fue la idea de Kurt Vonnegut según la cual existe “una notable similitud” entre el cuento de Cenicienta y la historia de origen del cristianismo en el Antiguo Testamento.

 

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Mi preferida, en cualquier caso, es una clasificación de los tipos de conflictos que funcionan como motor en las narraciones. No es exactamente lo mismo que situaciones o argumentos, pero se le parece. Esta taxonomía circula en la web; no encontré que se atribuya a ningún autor en particular. Los conflictos son los siguientes: 1. El ser humano contra sí mismo; 2. Un ser humano contra otro; 3. El ser humano contra el destino o contra Dios; 4. El ser humano contra la naturaleza; 5. El ser humano contra su entorno o la sociedad; 6. El ser humano contra lo desconocido, los extraterrestres o lo sobrenatural; y 7. El ser humano contra las máquinas o la tecnología. 

O, para reducirlo a su mínima expresión, como hace Penélope Córdova en su blog:

A quiere B, pero C se lo impide.

 He ahí el origen de la literatura.

Partir de esa base, y de la enseñanza del versículo 9 del primer capítulo del Eclesiastés, y de la convicción de que el argumento es mucho menos importante que cómo se lo cuenta, el tono del relato, el registro, la propia voz: a quienes en algún momento nos lanzamos a crear una narración, todo eso nos quita un buen peso de encima.