Biblioteca de la peste | Letras Libres
artículo no publicado
Fuente: Paulus Fürst Excud / Wikimedia Commons.

Biblioteca de la peste

La pandemia del Covid-19 nos invita –tanto por el aislamiento como por la ocasión– a evocar las obras de la literatura universal más emblemáticas de epidemias y pestes. Esta será una antología en construcción sobre la condición humana en semejantes crisis.

27 de marzo de 2020

Richard Matheson, Soy leyenda (1954). Traducción de Jaime Bellavista. 

 

He estudiado el germen. Sé cómo se reproduce. El organismo lucha, pero al fin el germen siempre gana. He empleado antibióticos, pero no sirven de nada. Es inevitable. Las vacunas no inmunizan tampoco en los casos avanzados. No se puede luchar contra los gérmenes y a la vez elaborar anticuerpos. Es así, créame. Si no los mato, tarde o temprano morirán, y entonces vendrán a buscarme. No hay más alternativa.

[…]

Continuó por el bulevar Compton hasta dejar atrás la gasolinera y las otras calles muertas. No se veía a nadie. Pero Neville sabía dónde estaban. El fuego aún ardía. Cuando estuvo más cerca se puso los guantes y la máscara de gas y se quedó mirando la oscura columna de humo que oscilaba sobre la tierra. Todo el campo, desde junio de 1975, era un gran pozo. Detuvo el coche y bajó rápidamente de un salto, ansioso por terminar cuanto antes. Abrió la puerta trasera, tiró de uno de los cuerpos y lo arrastró hasta el borde del pozo. Allí lo levantó y le dio un empujón. El cuerpo bajó rodando hasta el fondo ceniciento y humeante. Regresó a la furgoneta jadeando, a pesar de la máscara de gas. Empujó el otro cuerpo al pozo y tiró el saco de ladrillos y piedras, y se alejó de allí a toda prisa. Cuando se hubo alejado un kilómetro, se sacó la máscara y los guantes y los echó atrás. Abrió la ventanilla y se puso a respirar a bocanadas el aire frío. Sacó un frasco de la guantera y tomó un largo trago de whisky. Luego encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo. En ocasiones, debía ir todos los días al pozo, durante varias semanas, y siempre se sentía enfermo.

[…]

Dobló la esquina a unos sesenta kilómetros por hora y antes de cruzar la próxima bocacalle ya corría a más de noventa. El coche saltaba hacia adelante. La pierna tensa de Neville apretaba el acelerador a fondo. Las manos eran de hielo en el volante. Por el bulevar vacío y muerto alcanzó los ciento veinte kilómetros por hora: un impresio- nante rugido quebraba aquella opresiva quietud. La hierba del cementerio había crecido tan aprisa que ya se doblaba sobre sí misma, crujiendo bajo los pesados zapatos de Neville. No se oía más sonido que el de sus pisadas y el desafortunado canto de los pájaros. En un tiempo creí que cantaban porque todo estaba bien en el mundo, reflexionó Neville. Me equivoqué. Cantan porque son débiles mentales. Había recorrido diez kilómetros antes de descubrir a dónde se dirigía. Era raro cómo se lo había ocultado. En principio sólo estaba enfermo y deprimido y necesitaba salir de la casa. No se había dado cuenta de que iba a visitar a Virginia.

[...]

Pero al fin una mañana, por casualidad, como si fuese un asunto sin importancia, puso su trigésima séptima muestra de sangre bajo las lentes, concentró la luz, ajustó los espejos, y luego el diafragma y el condensador. Cada segundo parecía aumentar el ritmo de sus latidos, pues, de algún modo, intuía que ésta vez sí. El momento llegó. Contuvo el aliento. Allí, moviéndose delicadamente en la platina, había un germen. Te nombro vampiríis. Las palabras se le ocurrieron mientras miraba por la lente ocular. Consultó un texto de bacteriología y descubrió que una bacteria cilindrica era un bacilo, una varita protoplasmática que se movía en la sangre por medio de unos hilitos, proyecciones de la membrana celular. Estos flagelos agitaban vigorosamente el líquido ambiente y movían el bacilo. Durante un rato permaneció mirando el microscopio, incapaz de pensar o seguir adelante. Fuera lo que fuese lo que estaba allí, en la platina, era el origen del vampiro. Todos los siglos de superstición se desvanecían en aquel instante. Los científicos tenían razón entonces; se trataba de bacterias. Le había tocado a él, Robert Neville, de treinta y seis años, superviviente, completar la encuesta y descubrir al asesino: un germen dentro del vampiro.

 

 

23 de marzo de 2020

Albert Camus, La peste (1947)

 

Al día siguiente de la conferencia, la fiebre dio un pequeño salto. Llegó a aparecer en los periódicos, pero bajo una forma benigna, puesto que se contentaron con hacer algunas alusiones. En todo caso, al otro día Rieux pudo leer pequeños carteles blancos que la prefectura había hecho pegar rápidamente en las esquinas más discretas de la ciudad. Era difícil tomar este anuncio como prueba de que las autoridades miraban la situación cara a cara. Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. El exordio anunciaba, en efecto, que unos cuantos casos de cierta fiebre maligna, de la que todavía no se podía decir si era contagiosa, habían hecho su aparición en la ciudad de Oran. Estos casos no eran aún bastante característicos para resultar realmente alarmantes y nadie dudaba que la población sabría conservar su sangre fría. Sin embargo, y con un propósito de prudencia que debía ser comprendido por todo el mundo, el prefecto tomaba algunas medidas preventivas. En consecuencia, el prefecto no dudaba un instante de la adhesión con que el vecindario colaboraría en su esfuerzo personal.

[...]

Había examinado al viejo y ahora se encontraba sentado en medio de aquel comedor miserable. Sí, tenía miedo. Sabía que en el barrio mismo, una docena de enfermos esperarían al día siguiente retorciéndose con los bubones. Sólo en dos o tres casos había observado alguna mejoría al sacarlos. Pero para la mayor parte el final era el hospital y él sabía lo que el hospital quería decir para los pobres. "No quiero que les sirva para sus experimentos", le había dicho la mujer de uno de sus enfermos. Pero no servía para experimentos, se moría y nada más. Las medidas tomadas eran insuficientes, eso estaba bien claro. En cuanto a las "salas especialmente equipadas", él sabía lo que eran dos pabellones de donde había desalojado apresuradamente a otros enfermos; habían puesto  burlete en las ventanas, los habían rodeado con un cordón sanitario. Si la epidemia no se detenía por sí misma, era seguro que no sería vencida por las medidas que la administración había imaginado.

 

 

21 de marzo de 2020

Mary Shelley, El último hombre (1826)

 

[…] un relato lleno de exageraciones monstruosas, aunque basado en ella, empezó a circular entre la tropa. Se alzó un murmullo: la ciudad era presa de la plaga. Un poderoso mal había sometido ya a sus habitantes. La Muerte se había convertido en Señora de Constantinopla.

He oído describir una pintura en la que todos los habitantes de la tierra aparecen dibujados de pie, temerosos, aguardando la llegada de la muerte. Los débiles y decrépitos escapan; los guerreros se retiran, aunque amenazantes incluso en su huida; los lobos, los leones y otros monstruos del desierto rugen al verla; mientras, la siniestra Irrealidad acecha desde lo alto moviendo su dardo espectral, asaltante solitario pero invencible.

[...]

—No seas necia —exclamó Raymond airadamente—. ¿Tú también te dejas invadir por el pánico, como mis valientes soldados? Dime, te lo ruego, qué tiene de inexplicable algo que no es sino un hecho natural. ¿Acaso no visita la peste todos los años la ciudad de Estambul? ¿Qué asombro puede causar que en esta ocasión, cuando, según se nos dice, se ha producido con una virulencia sin precedentes en Asia, haya ocasionado estragos redoblados en la ciudad? ¿Qué asombro puede causar que, en tiempos de asedio, escasez, calor extremo y sequía, se haya cebado especialmente en la población? Y menos asombro aún despierta que la guarnición, sin poder resistir más, se haya aprovechado de la negligencia de nuestra flota para huir prontamente de nuestro asedio y captura. ¡No es la peste! ¡Por Dios que no lo es! No es la plaga ni el peligro inminente lo que nos lleva a abstenernos de hacernos con una presa fácil, como las aves que, en tiempo de cosecha, se asustan ante la presencia de un espantapájaros. Es vil superstición. Y así, la meta de los valientes se convierte en vaivén de necios; la noble ambición de personas elevadas, en juguete de esas liebres domesticadas. ¡Pero Estambul será nuestra! Por mis empeños pasados, por la tortura y la cárcel que por ellos sufrí, por mis victorias, por mi espada, juro —por mi esperanza de fama, por mis antiguas renuncias que ahora esperan recompensa—, juro solemnemente que estas manos plantarán la cruz en esa mezquita.

 

 

19 de marzo de 2020

Eugenio Montejo, Güigüe 1918

 

Ésta es la tierra de los míos, que duermen, que no duermen,
largo valle de cañas frente a un lago,
con campanas cubiertas de siglos y polvo
que repiten de noche los gallos fantasmas.
Estoy a veinte años de mi vida,
no voy a nacer ahora que hay peste en el pueblo,
las carretas se cargan de cuerpos y parten;
son pocas las zanjas abiertas;
las campanas cansadas de doblar
bajan y cavan.
Puedo aguardar, voy a nacer muy lejos de este lago,
de sus miasmas;
mi padre partirá con los que queden,
lo esperaré más adelante.
Ahora soy esta luz que duerme, que no duerme;
atisbo por el hueco de los muros;
los caballos se atascan en fango y prosiguen;
miro la tinta que anota los nombres,
la caligrafía salvaje que imita los pastos.
La peste pasará. Los libros en el tiempo amarillo
seguirán tras las hojas de los árboles.
Palpo el temblor de llamas en las velas
cuando las procesiones recorren las calles.
No he de nacer aquí,
hay cruces de zábila en las puertas
que no quieren que nazca;
queda mucho dolor en las casas de barro.
Puedo aguardar, estoy a veinte años de mi vida,
soy el futuro que duerme, que no duerme;
la peste me privará de voces que son mías,
tendré que reinventar cada ademán, cada palabra.
Ahora soy esta luz al fondo de sus ojos;
ya naceré después, llevo escrita mi fecha;
estoy aquí con ellos hasta que se despidan,
sin que puedan mirarme me detengo:
quiero cerrarles suavemente los párpados.

 

De: Eugenio Montejo, el viaje total. Antología.
Prólogo de Francisco José Cruz.
Monte Ávila, Caracas, 1996.

 

 

17 de marzo de 2020

Daniel Defoe, Diario del año de la peste (1722)

 

"El espíritu de contradicción y pelea, de difamación y vituperación, que ya antes había sido el gran perturbador de la paz de la nación, no cesó al mismo tiempo que la infección y no fue, por cierto, el menor de nuestros infortunios. Se decía que los restos de las antiguas animosidades era lo que nos había hundido a todos en el desquicio y la sangre. Entonces el gobierno recomendó paz a las familias y a los individuos, en todo el país y en toda ocasión. Pero nada. Tras la peste de Londres, quien hubiera visto la situación en que acababan de hallarse los habitantes, y lo tiernos que se habían vuelto éstos entre sí, prometiéndose que en el futuro sólo caridad tendrían y no se dirigirían más reproches, ese alguien, digo, habría pensado que por fin reinaría entre todos otro espíritu. Pero no fue posible. Las rencillas subsistieron. La Iglesia y los presbiterianos eran incompatibles. Tan pronto como la peste se acabó, los ministros católicos echaron afuera a los disidentes que habían ocupado el púlpito por ausencia de los titulares. Ninguna otra cosa podían esperar los disidentes de los católicos que verlos caer sobre ellos y aplastarlos bajo sus leyes penales; mientras estuvieron enfermos, aceptaron sus prédicas, pero ahora, ya sanos, volvían a perseguirlos."

[...]

"Estamos en que, como he dicho, la peste se desató y los magistrados comenzaron a pensar seriamente en el estado de la población. Sobre qué hicieron por el bien de los habitantes y de las familias infectadas, dejaré que hablen los hechos mismos. Pero en lo que se refiere a la salud pública, conviene señalar aquí que, viendo la estupidez del populacho que corría hacia la locura detrás de curanderos, charlatanes, brujos y adivinos, el Lord Mayor, un caballero muy sobrio y religioso, designó médicos y cirujanos para aliviar a los pobres –quiero decir a los enfermos pobres–, y en especial ordenó al Colegio de Médicos la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad. La verdad es que esta fue una de las cosas más caritativas y juiciosas que se pudieron hacer en aquel tiempo, pues contribuyó a que la gente no se agrupara frente a las puertas de los dispensadores de recetas, y a que no tomara ciegamente y sin consideración pócimas que daban purga y muerte en lugar de vida."

[...]

"No se supondrá que menoscabo la autoridad o la capacidad de los médicos, cuando digo que la violencia de la enfermedad, al llegar a su clímax, fue como la del fuego del año siguiente. El fuego, que consumió todo lo que la peste no había podido tocar, desafió a todos los remedios: las bombas de incendio se rompieron, los cubos fueron desechados, y el poder del hombre se vio desbaratado y arrojado a su fin. Del mismo modo, la peste desafió toda medicina; hasta los médicos fueron atrapados por ella, con sus protectores sobre la boca; deambulaban prescribiendo a otros e indicándoles qué hacer, hasta que las señales los alcanzaban y caían muertos, destruidos por el enemigo contra el que batallaban en los cuerpos de otros. Tal fue el caso de varios médicos, entre los que se contaran algunos de los más eminentes, y el de varios de los cirujanos más hábiles. También perecieron muchos curanderos que cometieron la tontería de confiar en sus propias recetas, cuya ineficacia necesariamente deberían conocer; como a otros ladrones, conscientes de su culpabilidad, les hubiera convenido más huir de la justicia, sabiendo que solo podían esperar un castigo acorde con sus merecimientos."

Diario del año de la peste (A Journal of the Plague Year), de Daniel Defoe, se publicó por primera vez en marzo de 1722.

 

 

 

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